viernes, 26 de diciembre de 2008

Transar

¿LA VIDA NO REQUIERE TRANSACCIONES?


Una transacción es un ajuste de reclamos conflictivos por medio de concesiones mutuas. Esto significa que las dos partes poseen algún valor que pueden ofrecerse recíprocamente. Y esto significa que ambas partes están de acuerdo con respecto a algún principio fundamental que sirve como base para su trato.
Sólo se puede llegar a una transacción en relación con los hechos concretos o los detalles, y a partir de un principio básico mutuamente aceptado. Por ejemplo, se puede negociar con un comprador el precio que uno desea recibir por su mercadería y acordar un importe intermedio entre lo que uno desea obtener y lo que él ofrece.
El principio básico mutuamente aceptado en este caso es el principio del comercio, es decir que el comprador debe pagar al vendedor por el producto que quiere adquirir. Ahora bien, si uno deseara que se le pagase pero el presunto comprador quisiera obtener gratis el producto dado, no sería posible ninguna transacción, acuerdo o debate, sino sólo la rendición total del uno o del otro.
No puede haber una transacción entre el dueño de una propiedad y un ladrón; ofrecer la ladrón una cuchara de un juego de cubiertos no equivaldría a un arreglo, sino a la rendición total, al reconocimiento de su derecho sobre la propiedad ajena. ¿Qué valor o concesión ofrece el malhechor a cambio?
Una vez que el principio de las concesiones unilaterales se acepte como la base de la relación entre ambas partes, sólo será cuestión de tiempo antes de que el ladrón se apodere del resto. Como un ejemplo de este proceso, obsérvese la actual política exterior de los Estados Unidos.
No puede haber transacción alguna sobre los principios básicos o cuestiones fundamentales. ¿Qué entendería usted como “transacción entre la vida y la muerte? ¿O entre la verdad y la mentira? ¿O entre la razón y la irracionalidad?
Hoy en día sin embargo, cuando la gente habla de “transacción” no entiende por ello una concesión mutua legítima o un intercambio, sino la traición de sus principios personales: la rendición unilateral ante cualquier reclamo irracional, carente de fundamento.
La raíz de esta doctrina es el subjetivismo ético, que considera que un deseo o un capricho es una base moral irreductible, que todo hombre tiene dercho a cualquier deseo que quiera hacer valer, que todos los deseos poseen la misma validez moral y que la única forma en la cual los hombres pueden convivir es cediendo ante todo y “llegando a transacciones” con cualquiera cada vez que sea necesario. No es difícil ver quién perderá con tal doctrina.
La inmoralidad de esta doctrina, y la razón por la cua el término “transacción” implica, en el uso general que se hace de él, un acto de traición moral, reside en hecho de que requiere que los hombres acepten la ética subjetivista como el principio básico que reemplaza a todos los principios de las relaciones humanas, y que lo sacrifiquen todo como una concesión a los mutuos caprichos.
Los que suelen formular la pregunta “¿La vida no requiere transacciones?” son aquellos que no logran diferenciar entre un principio básico y algún deseo concreto, específico. Aceptar un trabajo menos importante que el que uno pretendía no es una transacción. Acatar órdenes del empleador sobre cómo hacer la tarea para la cual uno ha sido empleado no es una transacción. No tener la torta después de haberla comido no es una transacción. La integridad no consiste en ser leal a los caprichos personales subjetivos, sino en la lealtad a los principios racionales. Una transacción (en el sentido inmoral del término) no consiste en abandonar la comodidad personal, sino en abandonar las covicciones personales. No consiste en hacer algo que a uno le disgusta, sino en hacer algo que uno considera incorrecto. Acompañar al marido o a la esposa a un concierto cuando uno no le da importancia a la música no es una transacción, pero sí lo es capitular ante sus demandas irracionales bde acatar las normas sociales, fingiendo observar la religión porque a los demás “les parece bien”, de ser generoso con parientes políticos que no lo merecen. Trabajar para un empleador que no está de acuerdo con nuestras ideas no es una tansacció; sí lo es fingir que se comparten laas suyas. Aceptar las sugerencias de un editor de efectuar cambios en un manuscrito cuando se ve la validez racional de sus sugerencias no es una transacción; efectuar tales cambios para complacerlo o para complacer “al público” en contra de los propios juicios y normas, sí lo es.
La excusa que se da siempre en tales casos es que la transacción es sólo temporaria y que se reconquistará la integridad personal en algún futuro no determinado. Pero no se puede corregir la irracionalidad de un marido o de una esposa aceptándola y propiciando su crecimiento. No se puede alcanzar la victoria de las propias ideas ayudando a propagar las opuestas.. No se puede ofrecer una obra maestra de la literatura, cuando uno se ha hecho “rico y famoso”, a un círculo de lectores cuya adhesión se obtuvo escribiendo basura. Si resultó difícil mantenerse leal a las propias convicciones al principio, una sucesión de traiciones –que ayudaron a aumentar el poder del mal que uno no tuvo el coraje de atacar- no hará que la tarea sea más fácil en el futuro; por el contrario, la hará virtualmente imposible. Es decir: No puede haber transacción alguna en relación con los principios morales. “En toda transacción entre alimento y veneno, sólo la muerte puede ganar. En toda transacción entre el bien y el mal, sólo el mal obtendrá ventajas”.
La próxima vez que sienta la tentación de preguntar: ¿La vida no requiere transascciones?, traduzca esa pregunta a su significado real: “¿requier la vida que renunciemos a lo que es verdadero y bueno en favor de lo que es falso y malvado?” La respuesta es que precisamente eso es lo que prohíbe la vida, si se desea obtener algo que no sea una sucesión de años de frustración y desilusión, que sólo conduzcan a la progresiva destrucción de nuestra individualidad.

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