Èticas Colectivizadas
Ciertas preguntas, que se oyen con frecuencia, no son realmente cuestiones filosóficas sio confesiones psicológicas. Esto es cierto sobre todo en el terreno de la ética. Especialmente en las discusiones sobre ética deben revisarse las premisas personales (o recordarlas) y, más aun, hay que aprender a revisar las premisas del contrincante.
Por ejemplo, los objetivistas oyen muchas veces una pregunta como ésta: “¿Qué se hará por los pobres o los incapacitados en una sociedad libre?”
La premisa altruista-colectivista implícita en esa pregunta es que los hombres deben ser “protectores de sus hermanos” y que la mala fortuna de algunos es una hipoteca sobre los demás. El que hace la pregunta ignora o evade las premisas básicas de la ética objetivista e intenta torcer el curso de la conversación hacia su propio terreno colectivista. Obsérvese que no pregunta: “¿Se debería hacer algo?” sino: “¿Qué se hará?”, cual si la premisa colectivista hubiera sido aceptada tácitamente, y todo lo que quedase por discutir fuesen los medios para implementarla.
En cierta oportunidad, un estudiante preguntó a Bárbara Branden: “¿Qué pasará con los pobres en una sociedad objetivista?”, a lo cual ella contestó: “Si usted, personalmente, quiere ayudarlos, nadie se lo impedirá”.
Èsta es la esencia de toda cuestión, y un ejemplo perfecto de cómo rehusar aceptar las premisas del contrincante como base de la discusión
.Sólo en forma individual tienen los hombres el derecho de decidir cuándo desean ayudar a los demás, o si lo desean hacerlo: la sociedad, como sistema político organizado, no tiene derecho alguno en la cuestión.
En cuanto a cuándo y en qué condiciones es moralmente correcto que un individuo ayude a otros, remitiré al lector al discurso de Galt en La rebelión de Atlas. Lo que nos ocupa aquí es la premisa colectivista de considerar este asunto como algo político, como un problema o un deber de “la sociedad en su conjunto”
Dado que la naturaleza no garantiza al ser humano seguridad automática, éxito y supervivencia, sólo la presunción dictatorial y el canibalismo moral del código altruista-colectivista permiten a un hombre suponer (o fantasear) que él puede, de alguna manera, garantizar tal seguridad en favor de ciertos hombres a expensas de los demás.
Si un hombre especula sobre qué debería hacer la “sociedad” por los pobres, acepta la premisa colectivista de que la vida de los hombres pertenece a la sociedad y de que él, como miembro de ésta, tiene el derecho de disponer de ellos, fijar sus metas y planificar la “distribución” de sus logros.
Èsta es la confesión psicológica implícita en tales preguntas y en muchas similares.
En el mejor de los casos, pone de manifiesto el caos psico-epistemológico de un hombre: revela una falacia que podríamos llamar “la falacia de la abstracción congelada”, que consiste en sustituir cierto tema particular concreto por el tema general abstracto al cual pertenece. En este caso, sustituir por una ética específica (el altruismo) la abstracción general “ética”.
Así, un hombre puede rechazar la teoría del altruismo y aseverar que ha aceptado un código racional, pero al no poder integrar sus ideas cuntinúa, irreflexivamente, abordando las cuestiones éticas en los términos establecidos por el altruismo.
Con mayor frecuencia, sin embargo, esa confesión psicológica muestra un mal más hondo: pone en evidencia cuán profundamente erosiona el altruismo la capacidad de los hombres para entender el concepto de derechos o el valor de la vida de un individuo; revela una mente de la cual se ha eliminado la realidad de lo que es un ser humano.
La humildad y la presunción son siempre dos caras de la misma premisa, y comparten la tarea de llenar el espacio que dejó vacante la autoestima en una mentalidad colectivista. El hombre que está dispuesto a servir como medio para los fines de los demás considerará necesariamente a éstos como medio para sus fines.
Cuanto más neurótico sea, o cuanto más a conciencia practique el ltruismo(y estos dos aspectos de su psicología actuarán recíprocament para reforzarse uno al otro), tanto más tenderá a inventar esquemas “en favor de la humanidad”, o “de la sociedad”, o “del público”, o “de las generaciones futuras”, o de cualquier otra cosa, excepto a favor de los seres humanos reales.
De ahí la apabullante desaprensión con que los hombres proponen, discuten y aceptan proyectos “humanitarios” que habrán de ser impuestos por medios políticos, o sea, por la fuerza, sobre un número ilimitado de seres humanos. Si, de acuerdo con la caricatura colectivista, los ricos avaros se entregan al despilfarro y a los lujos materiales, de acuerdo con la premisa de “no reparar en el costo”, entonces el progreso social producido por mentalidades colectivizantes del presente consiste en planear políticas altruistas cuya puesta en práctica está basada en la premisa de que “no importa cuántas vidas cuesten”.
La característica distintiva de tales mentalidades es la propugnación de alguna meta pública grandiosa, sin tener en cuenta el contexto, los costos o los medios. Una meta semejante, considerada fuera de contexto, puede resultar deseable: debe der pública, porque los costos no serán ganados, sino expropiados; y una densa y asfixiante niebla debe ocultar la cuestión de los medios, porque los medios son vidas humanas.
La “atención médica gratuita” es un ejemplo de tales proyectos. “¿No es conveniente proveer a los ancianos de atención médica cuando la necesitan?”, alegan los que apoyan el proyecto. Si se lo considera fuera de contexto, la respuesta serí: Sí, es conveniente. ¿Quién tendría razón alguna para decir: “No lo es”? Y en este punto se interrumpen los procesos mentales de una mente colectivizada; el resto es confuso. Sólo queda a la vista el deseo, ¿eso es correcto, verdad? No es para mí, sino para los demás, para el público, para esas personas indefensas y enfermas. La niebla encubre hechos tales como la esclavización y, en consecuencia, el deterioro de la práctica médica, su reglamentación y desintegración, y el sacrificio de la integridad profesional, la libertad, las carreras, las ambiciones, los logros, la felicidad y la vida misma de los hombre que habrán de proveer las metas “convenientes” es decir, los médicos.
Después de siglos de civilización, la mayoría de los hombres, con excepción de los criminales, ha aprendido que la actitud mental descripta no es ni práctica ni moral en sus vidas privadas, y no puede ser aplicada para alcanzar sus metas personales. No habría controversia sobre las características morales de algún joven maleante que dijera: “¿No es deseable tener un yate, vivr en un penthouse y beber champán?”, y que se opusiera empecinadamente a considerar el hecho de que para alcanzar esa meta “deseable” ha asaltado un banco y sesinado dos guardias.
No hay diferencia moral entre estos dos ejemplos: la cantidad de beneficiarios no cambia la naturaleza de la acción: sólo aumenta la cantidad de las víctimas. De hecho, el maleante posee una leve ventaja moral: no tiene el poder de devastar a toda una nación, y sus víctimas no han sido desarmadas por medio de la ley.
La ética colectivista del altruismo ha mantenido apartada de la marcha de la civilización la visión que tienen los hombres de su existencia pública o política, y esta área ha sido conservada como un coto reservado, un santuario de vida salvaje, regido por las costumbres del primitivísmo prehistórico. Si los hombre han captado un tenue resplandor de respeto por los derechos individuales en sus tratos privados con otros hombres, ese resplandor se apaga apenas su interés se centra en cuestiones públicas; entonces aparece sobre la arena política un cavernícola que no puede entender razón alguna por la cual su tribu no tiene el derecho de aplastarle la cabeza a cualquier individuo si así lo desea.
La característica distintiva de esa mentalidad tribal es el punto de vista axiomático, casi “instintivo”, de considerar la vida humana como medio, como el combustible para poner en marcha cualquier proyecto público.
Los ejemplos de tales proyectos son unnumerables: “¿No es conveniente acabar con las villas de emergencia?” (sin tomar en consideración lo que ocurre con los que se encuentran en el siguiente nivel de ingresos);”¿No es deseable tener ciudades hermosas y planificadas, todas con un único estilo?” (sin pensar en el estilo de quién será impuesto a los que construyan allí su hogar); “¿No es conveniente tener un público educado?” (sin pensar en quién impartirá la educación qué se enseñará y qué ocurrirá con quienes no estén de acuerdo); “¿No es conveniente eximir a los artista, a los escritore, a los compositores, de la caarga de los problemas financieros, y dejarlos crear libremente?” (sin considerar preguntas tales como: Qué artistas, escritores y compositores? ¿Elegidos por quién? ¿A costa de quiénes? ¿A costa de los artistas, escritores y compositores que no tienen influencia política y cuyas entradas, sumamente precarias, serán confiscadas mediante impuestos para “eximir” a los otros, que forman una elite privilegiada?); “¿No es deseable la ciencia?” “¿No es deseable que el hombre conquiste el espacio?”
Y así llegamos a la esencia de la irrealidad, a esa irrealidad salvaje, ciega, espantosa y sangrienta que impulsa a un alma colectivizada.
En todas sus metas “deseables” existe una pregunta que no tiene respuesta y no puede tenerla: ¿Para quién? Porque los deseos y las metas presuponen beneficiarios. ¿Es deseable la ciencia? ¿Para quién? No para los esclavos ex-soviéticos que morían a causa de epidemias, suciedad, hambre, terror y cuadrillas de fusilamiento, mientras algunos jóvenes brillantes observan desde cápsulas espaciales las pocilgas humanas que son sus ciudades.
Tampoco para ese padre norteamericano que murió de un infarto producido por el exceso de trabajo mientras luchba para poder enviar a su hijo la universidad; ni para el joven que no puede cursar estudios universitarios por falta de medios; ni para la pareja muerta en un accidente de automóvil porque no pudieron comprarse un coche nuevo; ni para la madre que perdió a su hijo porque no pudo enviarlo al mejor hospital disponible; ni para ninguna de esas persona cuyo dinero, expropiado en forma de impuestos, financia nuestra ciencia subsidiada y los proyectos públicos de investigación.
La ciencia es un valor sólo porque expande, enriquece y protege la vida humana. No lo es fuera de ese contexto. Nada es un valor fuera de ese contexto. Y por “vida humana” se entiende la vida única, específica e irreemplazable de cada hombre considerado individualmente
El descubrimientos de conocimientos nuevos sólo tiene valor para los hombres cuando son libres para usar y gozar los beneficios de lo que han aprendido. Los descubrimientos nuevos son de valor potencial para todos los hombres, pero no al precio de sacrificar todos su valores reales. Un “progreso” que se extiende hacia el infinito y que no brinda beneficios a nadie es un monstruoso absurdo. Esto es lo que ocurre con la “conquista del espacio” que llevan a cabo algunos hombres, cuandose logra al costo de expropiar el trabajo de otros hombres a los que ni siquiera les quedan los medios suficientes para adquirir un par de zapatos.
El progreso puede provenir únicamente del excedente de lo que producen los hombres, es decir, del trabajo de aquellos cuya habilidad produce más que lo que necesitan para su consumo personal, de los que se hallan intelectual y financieramente capacitados para aventurarse en la búsqueda de lo nuevo. El capitalismo es el único sistema en el que tales hombres pueden funcionar libremente y donde el progreso es acompañado, no por privaciones forzadas, sino por un constante ascenso en el nivel general de prosperidad, consumo y goce de la vida.
Únicamente para la congelada irrealidad de un cerbro colectivizado las vidas son intercambiables, y sólo una mente así puede considerar que es “moral” o “deseable” sacrificar a generaciones de hombres en aras de presuntos beneficios que la ciencia pública, o la industria pública, o los conciertos públicos, traerán para los aún no nacidos.
La ex-Rusia soviética es el ejemplo más claro, pero no el único, de lo que logran las mentalidades colectivizadas. Dos generaciones de rusos han vivido, han trabajado duramente y han muerto en la miseria aguardando la abundancia prometida por sus dirigentes, quienes les pedían que tuvieran paciencia y los obligaban a ser austeros, mientras construían las “industrias” públicas y mataban esperanzas públicas en cuotas quinquenales. Primero, la gente moría de hambre esperando los generadores eléctricos y los tractores; todavía mueren de hambre mientras esperan la energía atómica y los viajes interespaciales.
Esa espera no tiene fin: los beneficiarios aún no nacidos de ese sacrificio en masa no nacerán jamás; los animales sacrificables meramente darán a luz nuevas hordas de animales sacrificables –tal como lo ha demostrado la historia de todas las tiranias-, mientras los ojos desenfocados de la mente colecti ¿vizada seguirán mirando fijamente, sin que nada logre disuadirlos, y seguirán hablando de una visión de servicio a la humanidad, intercambiando los cadáveres de ahora con los fantasmas del futuro, sin ver jamás a los hombres.
Tal es el estado de la realidad en el alma de todos los ingeuos que envidian los logros industriales mientras sueñan con los hermosos parques públicos que ellos podrían crear si sólo se les entregasen las vidas, los esfuerzos y los recursos de todos los demás.
Todos los proyectos públicos son mausoleos, no necesariamente en la forma pero sí, y siempre, en el costo.
La próxima vez que usted se encuentre con uno de esos soñadores “inspirados por el bien público”, que le espete con rencor que “ciertas metas muy deseables no pueden alcanzarse sin la participación de todos”, digales que, si no puede obtener la participación voluntaria de todos, será mejor que esa meta no se alcance, y que las vidas humanas no le pertenecen, ni tiene derecho a disponer de ellas.
Y, si lo desea, dele el siguiente ejemplo de los ideales que él apoya. Es posible para la medicina extirpar las córneas de un hombre inmediatemente después de su muerte y transplantarlas a los ojos de un hombre vivo que está ciego, devolviéndole así, en ciertos tipos de ceguera, la vista. Esto, de acuerdo con la ética colectivista, presenta un problema social: ¿Debemos esperar que un hombre muera para extirparle la córneas cuando hay otros que las necesitan? ¿Debemos considerar que los ojos de todos son propiedad pública y proyectar un “metodo de distribución justo”?
¿Estaría usted de acuerdo en que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así “igualar” a ambos? ¿No? Entonces, no continue bregando por cuestiones relacionadas con los “proyectos públicos” en una sociedad libre. Usted conoce la respuesta. El principio es el mismo.
viernes, 26 de diciembre de 2008
La moral gris
El CULTO DE LA MORAL GRIS
Uno de los síntomas más elocuentes de la quiebra moral de la cultura actual es una cierta actitud que está de moda en relación con las cuestiones morales y que se puede rsumir como; “No hay negros o blancos , sólo hay grises”.
Esto se aplica a personas, acciones, principios de conducta y a la moralidad en general. “Negro o blanco”, en este contexto, significa “bueno o malo”. (El uso invertido en la frase hecha antes citada es psicológicamente interesante).
En todos los aspectos en los que se quiera examinarlo, este concepto está lleno de contradicciones (la principal es la falacia del “concepto robado”). Si no hay “negros o blancos”, tampoco habrá grises, dado que el gris no es sino una mezcla de los dos.
Antes de poder identificar algo como “gris”, uno debe saber qué es negro y qué es blanco. En el terreno de la moral esto significa que primero es preciso identificar qué es bueno y qué es malo. Cuando un hombre ha averiguado que una alternativa es buena y la otra, mala, ya no tendrá justificación alguna para elegir una mezcla. No puede haber justificación para elegir parte alguna de aquello que se sabe que es malo. En la moralidad, lo “negro”, es, predominantemente, el resultado de intentar pretender que uno mismo es meramente “gris”.
Si un código moral (tal como el altruismo) es, de hecho, imposible de practicar, es el código lo que debe ser condenado como “negro” y no evaluar a sus víctimas como “grises”. Si un código moral prescribe contradicciones irreconciliables –de manera que, al elegir el bien respecto de una cuestión dada el hombre cae en el mal respecto de otra-, es el código el que debe ser rechazado como “negro”. Si un código moral es inaplicable a la realidad, si no ofrece guía alguna excepto órdenes y mandamientos arbitrarios, carentes de fundamento y ajenos a la naturaleza, que deben ser ceptados por fe y practicados en forma automática, como un dogma ciego, no es posible clasificar debidamente a quienes lo practican como “blancos”, “negros” o “grises”: un código moral que prohíbe y paraliza el juicio moral individual es una contradicción en sí mismo.
Si en una compleja cuestión moral un hombre se esfuerza por determinar qué es correcto, pero fracas o comete honestamente un error, no se le puede considerar “gris”; moralmente es “blanco”. Los errores de conocimiento no son violaciones de la moral; ningún código moral correcto puede reclamar infabilidad u omnisciencia.
Si para escapar a la responsabilidad de un juicio moral un hombre cierra los ojos y su mente, si evade los hechos en una cuestión dada y se esfuerza por no saber, no podrá considerárselo “gris”; desde el punto de vista moral es completamente “negro”.
Muchas formas de confusión, falta de certeza y descuido epismológico ayudan ocultar contradicciones y disfrazan el verdadero significado de la doctrina de la moralidad gris.
Algunas personas creen que no es más que una repetición de vacía cantinelas como: “Nadie es perfecto en este mundo”, es decir, que todo hombre es una mezcla de bien y mal, y, en consecuencia, moralmente “gris”. Dado que la mayoría de la gente responde a esta descripción, se la acepta como si fuera un hecho natural que no necesita consideración adicional. Olvidan que la moralidad sólo se aplica a cuestiones abiertas a la elección del hombre (o sea, a su libre albedrío) y, por ende, en esta cuestión no hay generalizaciones válidas.
Si el ser humano es “gris” por naturaleza, no se le pueden aplicar conceptos morales, incluyendo el “tono gris”, y no es posible la moral. Pero si el hombre tiene libre albedrío, el hecho de que diez hombres (o diez millones) hayan hecho la elección errada no implica que también el decimoprimero debe errar; no implica nada, ni prueba nada, en relación con un individuo dado.
Existen muchas razones por las cuales la mayoría de las personas son moralmente imperfectas, es decir, sostienen premisas y valores mezclados y contradictorios (una de ellas es la moralidad altruista), pero ésa es otra cuestión. Sin considerar las elecciones, el hecho de que la mayoría de la gente sea moralmente “gris” no invalida la necesidad moral que tiene el ser humano ni la necesidad de “blancura” moral; por el contrario, hace esta necesidad más imperiosa
No justifica el “convenio” epistemológico de desentenderse del problema al relegar a todos los hombres a una moral “gris”y, en consecuencia, negarse a reconocer o practicar la “blancura”. Tampoco sirve como una evasión de la rsponsabilidad de emitir un juicio moral: salvo que uno esté dispuesto a dejar de lado la moral y considerar que un pequeño oportunista y un asesino son moralmente equivalente, todavía debe juzgar y evaluar la enorme gama de “grises” que puede encontrarse en el carácter de un individuo (y la única manera de hacerlo es a través de un criterio claramente definido de lo que es “negro” y lo que es “blanco”).
Un concepto similar, y que involucra errores también similare, es el que sostienen algunas personas que creen que la doctrina de la moral gris es simplemente una forma distinta de decir:”Toda cuestión tiene dos caras”, proposición esta cuyo significado, tal como se lo acepta, es que nadie está nunca completamente en lo cierto o completamente errado.
Pero no es esto lo que la proposición significa o implica. Lo único que implica es que al juzgar una cuestión dada debe tomarse en cuenta, o escuchar, a las dos partes. Esto no quiere decir que las posiciones tomadas por ellas sean igualmente válidas ni que pueda haber una medida de justicia en ambas. Con mucha frecuencia la justicia estará de un lado y las presunciones injustificadas (o algo peor), del otro.
Naturalmente, existen cuestiones complejas donde ambas partes tienen razón en algún aspecto y están equivocadas en otro, y es aquí donde se justifica menos el “convenio” de declarar a ambos lados como “grises”. Èstas son las cuestiones en las que se requiere la más rigurosa precisión al emitir el juicio moral para identificar y evaluar los distintos aspectos involucrados, lo cual sólo puede hacerse desenredando los elementos de “blanco” y “negro” entrelazados.
El error básico en todas estas variadas confusiones es el mismo: consiste en olvidar que la moral trata únicamente de cuestiones sometidas a la elección humana, lo que quiere decir: olvidar la diferencia entre “incapaz” y “renuente”. Esto permite a la gente traducir la frase hecha: “No hay negros ni blancos” como: “Los hombres son incapaces de ser totalmentes buenos o totalmente malos”, lo cual se acepta con vaga resignación, sin cuestionar las contradicciones metafísicas implicadas.
Pero pocas personas lo aceptarían si a esa frase hecha se le diera el significado verdader que se intenta introducir subrepticiamente en sus cerebros: “Los hombres son renuentes a ser totalmente buenos o totalmente malos”.
Lo primero que se diría a quien defendiese tal proposición sería: “Hable por usted mismo, no por los demás”, y eso, realmente, es lo que el hombre hace consciente o inconscientemente, en forma intencionada o inadvertida, cuando declara: “No hay negros ni blancos”, pues lo que se expresa es una confesión psicológica y lo que significa es: “No estoy dispuesto a ser totalmente bueno y, por favor, no me considere totalmente malo”.
Así como en epistemología el culto de la falta de certeza es una rebelión contra la razón, en la ética, el culto de la inmoralidad gris es una rebelión contra los valores morales. Ambos son una rebelión contra el absolutismo de la realidad.
Así como el culto de la incertidumbre no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la razón y, en consecuencia, se esfuerza por elevar la negación de la razón a una suerte de razonamiento superior, el culto de la inmoralidad gris no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la mora, y se esfuerza por elevar la negación de la moral a una forma de virtud superior.
Obsérvese la forma en que no se encuentra esa doctrina: raras las veces se presenta como un acto positivo, como una teoría ética o un tema de discución: se la oye sobre todo en forma negativa, como una objeción tajante o un reproche, expresada de manera que implique que uno es culpable de violar un absoluto tan evidente que no requiere discución. En tonos que van desde la sorpresa hasta el sarcasmo, el enojo, la indignación y el odio histérico, se nos enrostra la doctrina en forma acusadora: “Seguramente no pretenderá usted pensar en térmios de negro o blanco, ¿verdad?”
Llevada por la confusión, la impotencia y el miedo que produce toda cuestión que involucre la moral, la mayoria de la gente se apresura a responder, con cierto sentimiento de culpa: “No, claro que no”, sintener una idea clara de la naturaleza de la acusación. No se detienen a tratar de comprender que lo que en realidad se les está diciendo es: “Seguramente no será usted tan injusto como para discriminar entre el bien y el mal, “verdad”,o: “Seguramente no ser usted tan malvado como para dedicarse a buscar la verdad, ¿no?”, o: “Seguramente no será usted tan inmoral como para creer en la moral, ¿verdad?”
Los motivos de esta frase hecha son tan obvios –culpabilidad moral, miedo al juicio moral y una apelación para obtener un perdón total- que un solo vistazo a la realidad sería suficiente para demostrar cuán desagradable es la confesión que están haciendo. Pero la evasión de la realidad es tanto la condición previa como la meta del culto de la moral gris.
Desde el punto de vista filosófico, ese culto es una negación de la moralidad, pero psicológicamente no es ésa la meta de quienes adhieren a él. Lo que buscan no es la amoralidad, sino algo más profundamente irracional: una amoralidad no absoluta, fluida, elástica, “a mitad de camino”.
No proclaman que están “más allá del bien y del mal”; lo que tratan de preservar son las “ventajas” de ambos. No desafia a la moral ni representan una extravagante versión medieval de cultores del mal.
Lo que les da un sabor peculiarmente moderno es que no abogan por vender su alma al diablo; quieren venderla al menudeo, poco a poco, acualquier revendedor que quiera comprarla.
No contituyen una corriente filosófica de penssamiento; son un típico producto de la falta de una filosofía, de la bancarrota intelectual que ha producido el irracionalismo en la epistemología, un vacío moral en la ética y una economía mixta en política.
Una economía mixta es una guerra amoral de grupos de presión carentes de principios, de valores o de toda referencia con la justicia, una guerra cuya arma final es el poder de la fuerza bruta, pero cuya forma extrema es un juego de transacciones. El culto de la moral gris es un moralidad acomodaticia que hizo posible ese juego de transacciones: y los hombres se aferran ahora a ela en un desesperado intento de justificarlas.
Obsérvese que el aspecto dominante de esta posición no es una búsqueda de lo “blanco” sino el terror obsesivo a ser catalogado como “negro” (y con buenas razones)”. Obsérvese que abogan por una moralidad que sostenga la transacción como criterio de valor y que, en consecuencia, haga posible medir la virtud por la cantidad de valores que uno esté dispuesto a traicionar.
Las consecuencias y los “intereses creados” de esa doctrina pueden observarse por todas partes en nuestro alrededor.
Obsérvese, en política, el término extremismo se ha convertido en sinónimo de “maldad”, sin tener en cuenta el contenido de la cuestión (la maldad no reside en qué se defiende en forma “extremista”, sino en el hecho de ser “extremista”, es decir, coherente). Obsérvese el fenómeno de los llamados neutralistas en las Naciones Unidas: los “neutralistas” son algo peor meramente neutrales en el conflicto entre los Estados Unidos y la ex-Rusia Soviética, se han comprometido, como principio. a no reconocer diferencia alguna entre ambos lados, a no considerar los méritos de una cuestión y a buscar siempre una transacción, cualquiera que sea, en cualquier conflicto, como, por ejemplo, entre el país agresor y el país agredido.
Obsérvese, en literatura, el surgimiento de algo llamado el antihéroe, que se distingue por no tener nada que lo distinga, ni virtudes, ni valores, ni metas, ni carácter, ni entidad, y que sin embargo, ocupa, en obras teatrales y novelas, la posición que antes ocupaba el héroe, con el argumento centrado en sus acciones, aun cuando él no hace ni llega a nada. Obsérvese que el término “los buenos y los malos” se usa en forma despreciativa y, sobre todo en la televisión, obsérvese la rebelión contra los “finales felices”, la demanda de que a los “malos” se les den las mismas oportunidades y se les adjudique la misma cantidad de victorias.
Al igual que una economía mixta, los hombres de premisas mixtas pueden ser llamados “grises”, pero, en ambos casos, la mezcla no permanece “gris” por mucho tiempo. “Gris”, en este contexto, es meramente un preludio para “negro”. Podrá haber hombres “grises” pero no puede haber principios morales “grises”. La moral es un código de negro y blanco. Si (y cuando) los hombres intentan una transacción, es obvio cuál de las partes necesariamente perderá y cuál necesariamente ganará.
Tales son las razones por las cuales cuando auno le preguntan: “Seguramente no estará usted pensando en términos de negro o blanco, ¿verdad?”, la respuesta correcta (en esencia, si no en forma) deberá ser:” ¡Por supuesto, puede estar seguro de que esoy pensando precisamente en esos términos!”
Uno de los síntomas más elocuentes de la quiebra moral de la cultura actual es una cierta actitud que está de moda en relación con las cuestiones morales y que se puede rsumir como; “No hay negros o blancos , sólo hay grises”.
Esto se aplica a personas, acciones, principios de conducta y a la moralidad en general. “Negro o blanco”, en este contexto, significa “bueno o malo”. (El uso invertido en la frase hecha antes citada es psicológicamente interesante).
En todos los aspectos en los que se quiera examinarlo, este concepto está lleno de contradicciones (la principal es la falacia del “concepto robado”). Si no hay “negros o blancos”, tampoco habrá grises, dado que el gris no es sino una mezcla de los dos.
Antes de poder identificar algo como “gris”, uno debe saber qué es negro y qué es blanco. En el terreno de la moral esto significa que primero es preciso identificar qué es bueno y qué es malo. Cuando un hombre ha averiguado que una alternativa es buena y la otra, mala, ya no tendrá justificación alguna para elegir una mezcla. No puede haber justificación para elegir parte alguna de aquello que se sabe que es malo. En la moralidad, lo “negro”, es, predominantemente, el resultado de intentar pretender que uno mismo es meramente “gris”.
Si un código moral (tal como el altruismo) es, de hecho, imposible de practicar, es el código lo que debe ser condenado como “negro” y no evaluar a sus víctimas como “grises”. Si un código moral prescribe contradicciones irreconciliables –de manera que, al elegir el bien respecto de una cuestión dada el hombre cae en el mal respecto de otra-, es el código el que debe ser rechazado como “negro”. Si un código moral es inaplicable a la realidad, si no ofrece guía alguna excepto órdenes y mandamientos arbitrarios, carentes de fundamento y ajenos a la naturaleza, que deben ser ceptados por fe y practicados en forma automática, como un dogma ciego, no es posible clasificar debidamente a quienes lo practican como “blancos”, “negros” o “grises”: un código moral que prohíbe y paraliza el juicio moral individual es una contradicción en sí mismo.
Si en una compleja cuestión moral un hombre se esfuerza por determinar qué es correcto, pero fracas o comete honestamente un error, no se le puede considerar “gris”; moralmente es “blanco”. Los errores de conocimiento no son violaciones de la moral; ningún código moral correcto puede reclamar infabilidad u omnisciencia.
Si para escapar a la responsabilidad de un juicio moral un hombre cierra los ojos y su mente, si evade los hechos en una cuestión dada y se esfuerza por no saber, no podrá considerárselo “gris”; desde el punto de vista moral es completamente “negro”.
Muchas formas de confusión, falta de certeza y descuido epismológico ayudan ocultar contradicciones y disfrazan el verdadero significado de la doctrina de la moralidad gris.
Algunas personas creen que no es más que una repetición de vacía cantinelas como: “Nadie es perfecto en este mundo”, es decir, que todo hombre es una mezcla de bien y mal, y, en consecuencia, moralmente “gris”. Dado que la mayoría de la gente responde a esta descripción, se la acepta como si fuera un hecho natural que no necesita consideración adicional. Olvidan que la moralidad sólo se aplica a cuestiones abiertas a la elección del hombre (o sea, a su libre albedrío) y, por ende, en esta cuestión no hay generalizaciones válidas.
Si el ser humano es “gris” por naturaleza, no se le pueden aplicar conceptos morales, incluyendo el “tono gris”, y no es posible la moral. Pero si el hombre tiene libre albedrío, el hecho de que diez hombres (o diez millones) hayan hecho la elección errada no implica que también el decimoprimero debe errar; no implica nada, ni prueba nada, en relación con un individuo dado.
Existen muchas razones por las cuales la mayoría de las personas son moralmente imperfectas, es decir, sostienen premisas y valores mezclados y contradictorios (una de ellas es la moralidad altruista), pero ésa es otra cuestión. Sin considerar las elecciones, el hecho de que la mayoría de la gente sea moralmente “gris” no invalida la necesidad moral que tiene el ser humano ni la necesidad de “blancura” moral; por el contrario, hace esta necesidad más imperiosa
No justifica el “convenio” epistemológico de desentenderse del problema al relegar a todos los hombres a una moral “gris”y, en consecuencia, negarse a reconocer o practicar la “blancura”. Tampoco sirve como una evasión de la rsponsabilidad de emitir un juicio moral: salvo que uno esté dispuesto a dejar de lado la moral y considerar que un pequeño oportunista y un asesino son moralmente equivalente, todavía debe juzgar y evaluar la enorme gama de “grises” que puede encontrarse en el carácter de un individuo (y la única manera de hacerlo es a través de un criterio claramente definido de lo que es “negro” y lo que es “blanco”).
Un concepto similar, y que involucra errores también similare, es el que sostienen algunas personas que creen que la doctrina de la moral gris es simplemente una forma distinta de decir:”Toda cuestión tiene dos caras”, proposición esta cuyo significado, tal como se lo acepta, es que nadie está nunca completamente en lo cierto o completamente errado.
Pero no es esto lo que la proposición significa o implica. Lo único que implica es que al juzgar una cuestión dada debe tomarse en cuenta, o escuchar, a las dos partes. Esto no quiere decir que las posiciones tomadas por ellas sean igualmente válidas ni que pueda haber una medida de justicia en ambas. Con mucha frecuencia la justicia estará de un lado y las presunciones injustificadas (o algo peor), del otro.
Naturalmente, existen cuestiones complejas donde ambas partes tienen razón en algún aspecto y están equivocadas en otro, y es aquí donde se justifica menos el “convenio” de declarar a ambos lados como “grises”. Èstas son las cuestiones en las que se requiere la más rigurosa precisión al emitir el juicio moral para identificar y evaluar los distintos aspectos involucrados, lo cual sólo puede hacerse desenredando los elementos de “blanco” y “negro” entrelazados.
El error básico en todas estas variadas confusiones es el mismo: consiste en olvidar que la moral trata únicamente de cuestiones sometidas a la elección humana, lo que quiere decir: olvidar la diferencia entre “incapaz” y “renuente”. Esto permite a la gente traducir la frase hecha: “No hay negros ni blancos” como: “Los hombres son incapaces de ser totalmentes buenos o totalmente malos”, lo cual se acepta con vaga resignación, sin cuestionar las contradicciones metafísicas implicadas.
Pero pocas personas lo aceptarían si a esa frase hecha se le diera el significado verdader que se intenta introducir subrepticiamente en sus cerebros: “Los hombres son renuentes a ser totalmente buenos o totalmente malos”.
Lo primero que se diría a quien defendiese tal proposición sería: “Hable por usted mismo, no por los demás”, y eso, realmente, es lo que el hombre hace consciente o inconscientemente, en forma intencionada o inadvertida, cuando declara: “No hay negros ni blancos”, pues lo que se expresa es una confesión psicológica y lo que significa es: “No estoy dispuesto a ser totalmente bueno y, por favor, no me considere totalmente malo”.
Así como en epistemología el culto de la falta de certeza es una rebelión contra la razón, en la ética, el culto de la inmoralidad gris es una rebelión contra los valores morales. Ambos son una rebelión contra el absolutismo de la realidad.
Así como el culto de la incertidumbre no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la razón y, en consecuencia, se esfuerza por elevar la negación de la razón a una suerte de razonamiento superior, el culto de la inmoralidad gris no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la mora, y se esfuerza por elevar la negación de la moral a una forma de virtud superior.
Obsérvese la forma en que no se encuentra esa doctrina: raras las veces se presenta como un acto positivo, como una teoría ética o un tema de discución: se la oye sobre todo en forma negativa, como una objeción tajante o un reproche, expresada de manera que implique que uno es culpable de violar un absoluto tan evidente que no requiere discución. En tonos que van desde la sorpresa hasta el sarcasmo, el enojo, la indignación y el odio histérico, se nos enrostra la doctrina en forma acusadora: “Seguramente no pretenderá usted pensar en térmios de negro o blanco, ¿verdad?”
Llevada por la confusión, la impotencia y el miedo que produce toda cuestión que involucre la moral, la mayoria de la gente se apresura a responder, con cierto sentimiento de culpa: “No, claro que no”, sintener una idea clara de la naturaleza de la acusación. No se detienen a tratar de comprender que lo que en realidad se les está diciendo es: “Seguramente no será usted tan injusto como para discriminar entre el bien y el mal, “verdad”,o: “Seguramente no ser usted tan malvado como para dedicarse a buscar la verdad, ¿no?”, o: “Seguramente no será usted tan inmoral como para creer en la moral, ¿verdad?”
Los motivos de esta frase hecha son tan obvios –culpabilidad moral, miedo al juicio moral y una apelación para obtener un perdón total- que un solo vistazo a la realidad sería suficiente para demostrar cuán desagradable es la confesión que están haciendo. Pero la evasión de la realidad es tanto la condición previa como la meta del culto de la moral gris.
Desde el punto de vista filosófico, ese culto es una negación de la moralidad, pero psicológicamente no es ésa la meta de quienes adhieren a él. Lo que buscan no es la amoralidad, sino algo más profundamente irracional: una amoralidad no absoluta, fluida, elástica, “a mitad de camino”.
No proclaman que están “más allá del bien y del mal”; lo que tratan de preservar son las “ventajas” de ambos. No desafia a la moral ni representan una extravagante versión medieval de cultores del mal.
Lo que les da un sabor peculiarmente moderno es que no abogan por vender su alma al diablo; quieren venderla al menudeo, poco a poco, acualquier revendedor que quiera comprarla.
No contituyen una corriente filosófica de penssamiento; son un típico producto de la falta de una filosofía, de la bancarrota intelectual que ha producido el irracionalismo en la epistemología, un vacío moral en la ética y una economía mixta en política.
Una economía mixta es una guerra amoral de grupos de presión carentes de principios, de valores o de toda referencia con la justicia, una guerra cuya arma final es el poder de la fuerza bruta, pero cuya forma extrema es un juego de transacciones. El culto de la moral gris es un moralidad acomodaticia que hizo posible ese juego de transacciones: y los hombres se aferran ahora a ela en un desesperado intento de justificarlas.
Obsérvese que el aspecto dominante de esta posición no es una búsqueda de lo “blanco” sino el terror obsesivo a ser catalogado como “negro” (y con buenas razones)”. Obsérvese que abogan por una moralidad que sostenga la transacción como criterio de valor y que, en consecuencia, haga posible medir la virtud por la cantidad de valores que uno esté dispuesto a traicionar.
Las consecuencias y los “intereses creados” de esa doctrina pueden observarse por todas partes en nuestro alrededor.
Obsérvese, en política, el término extremismo se ha convertido en sinónimo de “maldad”, sin tener en cuenta el contenido de la cuestión (la maldad no reside en qué se defiende en forma “extremista”, sino en el hecho de ser “extremista”, es decir, coherente). Obsérvese el fenómeno de los llamados neutralistas en las Naciones Unidas: los “neutralistas” son algo peor meramente neutrales en el conflicto entre los Estados Unidos y la ex-Rusia Soviética, se han comprometido, como principio. a no reconocer diferencia alguna entre ambos lados, a no considerar los méritos de una cuestión y a buscar siempre una transacción, cualquiera que sea, en cualquier conflicto, como, por ejemplo, entre el país agresor y el país agredido.
Obsérvese, en literatura, el surgimiento de algo llamado el antihéroe, que se distingue por no tener nada que lo distinga, ni virtudes, ni valores, ni metas, ni carácter, ni entidad, y que sin embargo, ocupa, en obras teatrales y novelas, la posición que antes ocupaba el héroe, con el argumento centrado en sus acciones, aun cuando él no hace ni llega a nada. Obsérvese que el término “los buenos y los malos” se usa en forma despreciativa y, sobre todo en la televisión, obsérvese la rebelión contra los “finales felices”, la demanda de que a los “malos” se les den las mismas oportunidades y se les adjudique la misma cantidad de victorias.
Al igual que una economía mixta, los hombres de premisas mixtas pueden ser llamados “grises”, pero, en ambos casos, la mezcla no permanece “gris” por mucho tiempo. “Gris”, en este contexto, es meramente un preludio para “negro”. Podrá haber hombres “grises” pero no puede haber principios morales “grises”. La moral es un código de negro y blanco. Si (y cuando) los hombres intentan una transacción, es obvio cuál de las partes necesariamente perderá y cuál necesariamente ganará.
Tales son las razones por las cuales cuando auno le preguntan: “Seguramente no estará usted pensando en términos de negro o blanco, ¿verdad?”, la respuesta correcta (en esencia, si no en forma) deberá ser:” ¡Por supuesto, puede estar seguro de que esoy pensando precisamente en esos términos!”
Transar
¿LA VIDA NO REQUIERE TRANSACCIONES?
Una transacción es un ajuste de reclamos conflictivos por medio de concesiones mutuas. Esto significa que las dos partes poseen algún valor que pueden ofrecerse recíprocamente. Y esto significa que ambas partes están de acuerdo con respecto a algún principio fundamental que sirve como base para su trato.
Sólo se puede llegar a una transacción en relación con los hechos concretos o los detalles, y a partir de un principio básico mutuamente aceptado. Por ejemplo, se puede negociar con un comprador el precio que uno desea recibir por su mercadería y acordar un importe intermedio entre lo que uno desea obtener y lo que él ofrece.
El principio básico mutuamente aceptado en este caso es el principio del comercio, es decir que el comprador debe pagar al vendedor por el producto que quiere adquirir. Ahora bien, si uno deseara que se le pagase pero el presunto comprador quisiera obtener gratis el producto dado, no sería posible ninguna transacción, acuerdo o debate, sino sólo la rendición total del uno o del otro.
No puede haber una transacción entre el dueño de una propiedad y un ladrón; ofrecer la ladrón una cuchara de un juego de cubiertos no equivaldría a un arreglo, sino a la rendición total, al reconocimiento de su derecho sobre la propiedad ajena. ¿Qué valor o concesión ofrece el malhechor a cambio?
Una vez que el principio de las concesiones unilaterales se acepte como la base de la relación entre ambas partes, sólo será cuestión de tiempo antes de que el ladrón se apodere del resto. Como un ejemplo de este proceso, obsérvese la actual política exterior de los Estados Unidos.
No puede haber transacción alguna sobre los principios básicos o cuestiones fundamentales. ¿Qué entendería usted como “transacción entre la vida y la muerte? ¿O entre la verdad y la mentira? ¿O entre la razón y la irracionalidad?
Hoy en día sin embargo, cuando la gente habla de “transacción” no entiende por ello una concesión mutua legítima o un intercambio, sino la traición de sus principios personales: la rendición unilateral ante cualquier reclamo irracional, carente de fundamento.
La raíz de esta doctrina es el subjetivismo ético, que considera que un deseo o un capricho es una base moral irreductible, que todo hombre tiene dercho a cualquier deseo que quiera hacer valer, que todos los deseos poseen la misma validez moral y que la única forma en la cual los hombres pueden convivir es cediendo ante todo y “llegando a transacciones” con cualquiera cada vez que sea necesario. No es difícil ver quién perderá con tal doctrina.
La inmoralidad de esta doctrina, y la razón por la cua el término “transacción” implica, en el uso general que se hace de él, un acto de traición moral, reside en hecho de que requiere que los hombres acepten la ética subjetivista como el principio básico que reemplaza a todos los principios de las relaciones humanas, y que lo sacrifiquen todo como una concesión a los mutuos caprichos.
Los que suelen formular la pregunta “¿La vida no requiere transacciones?” son aquellos que no logran diferenciar entre un principio básico y algún deseo concreto, específico. Aceptar un trabajo menos importante que el que uno pretendía no es una transacción. Acatar órdenes del empleador sobre cómo hacer la tarea para la cual uno ha sido empleado no es una transacción. No tener la torta después de haberla comido no es una transacción. La integridad no consiste en ser leal a los caprichos personales subjetivos, sino en la lealtad a los principios racionales. Una transacción (en el sentido inmoral del término) no consiste en abandonar la comodidad personal, sino en abandonar las covicciones personales. No consiste en hacer algo que a uno le disgusta, sino en hacer algo que uno considera incorrecto. Acompañar al marido o a la esposa a un concierto cuando uno no le da importancia a la música no es una transacción, pero sí lo es capitular ante sus demandas irracionales bde acatar las normas sociales, fingiendo observar la religión porque a los demás “les parece bien”, de ser generoso con parientes políticos que no lo merecen. Trabajar para un empleador que no está de acuerdo con nuestras ideas no es una tansacció; sí lo es fingir que se comparten laas suyas. Aceptar las sugerencias de un editor de efectuar cambios en un manuscrito cuando se ve la validez racional de sus sugerencias no es una transacción; efectuar tales cambios para complacerlo o para complacer “al público” en contra de los propios juicios y normas, sí lo es.
La excusa que se da siempre en tales casos es que la transacción es sólo temporaria y que se reconquistará la integridad personal en algún futuro no determinado. Pero no se puede corregir la irracionalidad de un marido o de una esposa aceptándola y propiciando su crecimiento. No se puede alcanzar la victoria de las propias ideas ayudando a propagar las opuestas.. No se puede ofrecer una obra maestra de la literatura, cuando uno se ha hecho “rico y famoso”, a un círculo de lectores cuya adhesión se obtuvo escribiendo basura. Si resultó difícil mantenerse leal a las propias convicciones al principio, una sucesión de traiciones –que ayudaron a aumentar el poder del mal que uno no tuvo el coraje de atacar- no hará que la tarea sea más fácil en el futuro; por el contrario, la hará virtualmente imposible. Es decir: No puede haber transacción alguna en relación con los principios morales. “En toda transacción entre alimento y veneno, sólo la muerte puede ganar. En toda transacción entre el bien y el mal, sólo el mal obtendrá ventajas”.
La próxima vez que sienta la tentación de preguntar: ¿La vida no requiere transascciones?, traduzca esa pregunta a su significado real: “¿requier la vida que renunciemos a lo que es verdadero y bueno en favor de lo que es falso y malvado?” La respuesta es que precisamente eso es lo que prohíbe la vida, si se desea obtener algo que no sea una sucesión de años de frustración y desilusión, que sólo conduzcan a la progresiva destrucción de nuestra individualidad.
Una transacción es un ajuste de reclamos conflictivos por medio de concesiones mutuas. Esto significa que las dos partes poseen algún valor que pueden ofrecerse recíprocamente. Y esto significa que ambas partes están de acuerdo con respecto a algún principio fundamental que sirve como base para su trato.
Sólo se puede llegar a una transacción en relación con los hechos concretos o los detalles, y a partir de un principio básico mutuamente aceptado. Por ejemplo, se puede negociar con un comprador el precio que uno desea recibir por su mercadería y acordar un importe intermedio entre lo que uno desea obtener y lo que él ofrece.
El principio básico mutuamente aceptado en este caso es el principio del comercio, es decir que el comprador debe pagar al vendedor por el producto que quiere adquirir. Ahora bien, si uno deseara que se le pagase pero el presunto comprador quisiera obtener gratis el producto dado, no sería posible ninguna transacción, acuerdo o debate, sino sólo la rendición total del uno o del otro.
No puede haber una transacción entre el dueño de una propiedad y un ladrón; ofrecer la ladrón una cuchara de un juego de cubiertos no equivaldría a un arreglo, sino a la rendición total, al reconocimiento de su derecho sobre la propiedad ajena. ¿Qué valor o concesión ofrece el malhechor a cambio?
Una vez que el principio de las concesiones unilaterales se acepte como la base de la relación entre ambas partes, sólo será cuestión de tiempo antes de que el ladrón se apodere del resto. Como un ejemplo de este proceso, obsérvese la actual política exterior de los Estados Unidos.
No puede haber transacción alguna sobre los principios básicos o cuestiones fundamentales. ¿Qué entendería usted como “transacción entre la vida y la muerte? ¿O entre la verdad y la mentira? ¿O entre la razón y la irracionalidad?
Hoy en día sin embargo, cuando la gente habla de “transacción” no entiende por ello una concesión mutua legítima o un intercambio, sino la traición de sus principios personales: la rendición unilateral ante cualquier reclamo irracional, carente de fundamento.
La raíz de esta doctrina es el subjetivismo ético, que considera que un deseo o un capricho es una base moral irreductible, que todo hombre tiene dercho a cualquier deseo que quiera hacer valer, que todos los deseos poseen la misma validez moral y que la única forma en la cual los hombres pueden convivir es cediendo ante todo y “llegando a transacciones” con cualquiera cada vez que sea necesario. No es difícil ver quién perderá con tal doctrina.
La inmoralidad de esta doctrina, y la razón por la cua el término “transacción” implica, en el uso general que se hace de él, un acto de traición moral, reside en hecho de que requiere que los hombres acepten la ética subjetivista como el principio básico que reemplaza a todos los principios de las relaciones humanas, y que lo sacrifiquen todo como una concesión a los mutuos caprichos.
Los que suelen formular la pregunta “¿La vida no requiere transacciones?” son aquellos que no logran diferenciar entre un principio básico y algún deseo concreto, específico. Aceptar un trabajo menos importante que el que uno pretendía no es una transacción. Acatar órdenes del empleador sobre cómo hacer la tarea para la cual uno ha sido empleado no es una transacción. No tener la torta después de haberla comido no es una transacción. La integridad no consiste en ser leal a los caprichos personales subjetivos, sino en la lealtad a los principios racionales. Una transacción (en el sentido inmoral del término) no consiste en abandonar la comodidad personal, sino en abandonar las covicciones personales. No consiste en hacer algo que a uno le disgusta, sino en hacer algo que uno considera incorrecto. Acompañar al marido o a la esposa a un concierto cuando uno no le da importancia a la música no es una transacción, pero sí lo es capitular ante sus demandas irracionales bde acatar las normas sociales, fingiendo observar la religión porque a los demás “les parece bien”, de ser generoso con parientes políticos que no lo merecen. Trabajar para un empleador que no está de acuerdo con nuestras ideas no es una tansacció; sí lo es fingir que se comparten laas suyas. Aceptar las sugerencias de un editor de efectuar cambios en un manuscrito cuando se ve la validez racional de sus sugerencias no es una transacción; efectuar tales cambios para complacerlo o para complacer “al público” en contra de los propios juicios y normas, sí lo es.
La excusa que se da siempre en tales casos es que la transacción es sólo temporaria y que se reconquistará la integridad personal en algún futuro no determinado. Pero no se puede corregir la irracionalidad de un marido o de una esposa aceptándola y propiciando su crecimiento. No se puede alcanzar la victoria de las propias ideas ayudando a propagar las opuestas.. No se puede ofrecer una obra maestra de la literatura, cuando uno se ha hecho “rico y famoso”, a un círculo de lectores cuya adhesión se obtuvo escribiendo basura. Si resultó difícil mantenerse leal a las propias convicciones al principio, una sucesión de traiciones –que ayudaron a aumentar el poder del mal que uno no tuvo el coraje de atacar- no hará que la tarea sea más fácil en el futuro; por el contrario, la hará virtualmente imposible. Es decir: No puede haber transacción alguna en relación con los principios morales. “En toda transacción entre alimento y veneno, sólo la muerte puede ganar. En toda transacción entre el bien y el mal, sólo el mal obtendrá ventajas”.
La próxima vez que sienta la tentación de preguntar: ¿La vida no requiere transascciones?, traduzca esa pregunta a su significado real: “¿requier la vida que renunciemos a lo que es verdadero y bueno en favor de lo que es falso y malvado?” La respuesta es que precisamente eso es lo que prohíbe la vida, si se desea obtener algo que no sea una sucesión de años de frustración y desilusión, que sólo conduzcan a la progresiva destrucción de nuestra individualidad.
El placer
La Psicología del Placer.
El placer, para el ser humano, no es un lujo sino una necesidad psicológica profunda.
El placer (en el más amplio sentido del término) es una concomitancia metafísica de la vida, la recompensa y la consecuencia de una acción exitosa, así como el dolor es signo del fracaso, de la destrucción, de la muerte.
Mediante el estado de gozo el hombre experimente el valor de la vida, la sensación de que ésta merece ser vivida y de que vales la pena esforzarse por conservarla. Para vivir, el hombre debe actuar con el fin de alcanzar los valores necesarios. El placer y el disfrute son, por lo tanto, una recompensa emocional para la acción exitosa y un incentivo para continuar actuando. Más aún, a causa del significado metafísico que el placer tiene para el hombre, ese estado de gozo le brinda una prueba directa de su propia eficacia, de que es competente para tratar con los hechos de la realidad, para alcanzar sus valores, para vivir. La dicha contiene implícitamente la convicción: “Tengo control sobre mi existencia”, y la desdicha contiene una sensación de frustración equivalente a: “Estoy indefenso”. Así como el placer implica emocionalmente una sensación de eficacia, el dolor implica emocionalmente una sensación de impotencia. Por consiguiente, al permitir que el hombre experimente en su propia persona la sensación de que la vida es un valor, y de que él es un valor, el placer sirve como propulsor emocional de la existencia.
El mecanismo “placer-dolor” en el cuerpo del hombre actúa como un barómetro de salud o enfermedad; del mismo modo, el mecanismo de “placer-dolor” de su conciencia trabaja de acuerdo con el principio, indicándole qué es favorable y qué es desfavorable para él, qué beneficia su vida y qué la daña. Pero el hombre es un ser de conciencia volitiva, no posee ideas innatas ni un conocimiento automático o infalible de aquello de lo cual depende su supervivencia.
Debe elegir los valores que han de guiar sus acciones y fijar sus metas. Su mecanismo emocional operará de acuerdo con el tipo de valores que elija. Éstos son los que determinan cuándo sentirá que algo está en favor o en su contra, y qué es lo que buscará para obtener placer.
Si un hombre comete un error al elegir sus valores, su mecanismo emocional no lo corregirá; ese mecanismo no tiene voluntad propia. Si, de acuerdo con sus valores, desea cosas que, de hecho y en realidad, lo llevan a su destrucción, su mecanismo emocional no lo salvará sino que, por el contrario, lo impulsará hacia la destrucción; habrá ajustado el mecanismo para funcionar en dirección opuesta, en contra de sí mismo y de los hechos de la realidad, en contra de su propia vida. El mecanismo emocional del hombre es como una computadora; tiene el poder de programarla, pero no el de cambiar su naturaleza; por lo tanto, si la ajusta de acuerdoo con un programa equivocado, no podrá escapar al hecho de que los deseos más autodestructivos tengan para él igual intensidad y urgencia emocional que los actos que salvarían su propia vida. Naturalmente, tiene el poder de cambiar la programación, pero sólo si cambia sus valores.
Lo valores básicos de un hombre reflejan la visión consciente o subconsciente que tiene de sí mismo y de la existencia. Son la expresión de: a) el grado y la naturaleza de su autoestima, o su falta de ella, y b) hasta qué punto considera al Universo abierto o cerrado a su conocimiento y a su acción, es decir, hasta dónde tiene una imagen benévola o malévola de la existencia. Por ende, lo que un hombre busca para obtener placer o disfrute es, desde el punto de vista psicológico, profundamente revelador: es indicativo de su carácter y de su alma. (Por “alma”, entiendo la conciencia de un hombre y los valores básicos que lo motivan).
Existen, en líneas generales, cinco áreas (interconectadas) que permiten al hombre experimentar el disfrute de la vida; el trabajo productivo, las relaciones humanas, la recreación, el arte y el sexo.
El trabajo productivo es el área más importante: a través de su trabajo el hombre gana el sentido básico de control sobre la existencia, el sentido de eficacia, que es el fundamento necesario para obtener la capacidad de disfrutar los demás valores. Aquel cuya vida carece de dirección o propósito, que no tiene meta creativa, se sentirá indefenso y sin control, se considerará inadecuado e incapacitado para la existencia, y el que se siente incapacitado para la existencia tampoco estará capacitado para gozar de ella.
Una de las características que identifican al hombre que se estima a sí mismo, que considera al Universo abierto a sus esfuerzos, es el profundo placer que experimenta en el trabajo productivo de su mente; su alegría de vivir es alimentada por una incesante preocupación por crecer en conocimiento y habilidad, por pensar, alcanzar, avanzar, enfrentar nuevos desafíos y superarlos, por ganar el orgullo de una eficacia en continua expansión.
El hombre que disfruta dedicándose sólo a lo rutinario y a lo familiar, que se inclina a trabajar en una semi-obnubilación, que encuentra la felicidad al liberarse de todo desafío, de toda necesidad de lucha o esfuerzo, revela un tipo de alma distinta: la del hombre que carece profundamente de autoestima, a quien el Universo le parece inescrutable y vagamente amenazador, cuyo principal impulso motivador es un anhelo de seguridad, no la seguridad obtenida a través de la eficacia sino la de un mundo donde la eficacia no constituya una exigencia.
Debemos considerar además al hombre que encuentra inconcebible que se pueda disfrutar del trabajo, de cualquier forma de trabajo, que considera el esfuerzo de ganarse la vida como un mal necesario, que sueña únicamente con los placeres que comienzan al final del dia laborable: el de ahogar su mente en el alcohol, televisión, billares, mujeres, el placer de no ser consciente; este hombre revela un tipo de alma diferente: la de alguien que apenas tiene un vestigio de autoestima, que nunca esperó que el Universo fuese comprensible y que acepta el miedo letárgico que siente por ese Universo como lo dado y lo natural, cuya única forma de alivio y cuya sola noción de la alegría proceden de los breves chispazos de placer producidos por sensaciones que no demanden esfuerzo alguno.
Hay aun otro tipo de alma, la de aquel que encuentra placer no en el logro, sino en la destrucción, cuya acción no está dirigida a la obtención de la eficacia, sino a la dominación de quienes la alcanzaron: es la de un hombre que carece de manera tan abyecta de todo valor personal, y cuyo terror a la existencia es tan absoluto, que su única forma de autosatisfacción reside en desatar sus resentimientos y sus odios contra quienes no comparten su estado, contra aquellos que son capaces de vivir, como si, al destruir a quienes tienen confianza en sí mismos, a los moralmente fuertes y sanos, pudiese convertir su impotencia en eficacia.
Un hombre racional, que tiene confianza en sí mismo, está motivado por su amor a los valores y su deseo de alcanzarlos. Un neurótico está motivado por el miedo y por el deseo de huir de ellos. Esta diferencia en las motivaciones se refleja no sólo en las cosas que cada clase de hombre buscará para hallar placer, sino también en la naturaleza del placer que experimentará. Por ejemplo, la calidad emocional del placer experimentado por los cuatro tipos de hombres descriptos no es la misma. La calidad de todo placer depende de los procesos mentales que lo motivan y acompañan, y de la naturaleza de los valores involucrados. El placer de usar adecuadamente la propia conciencia y el “placer” de ser incosciente no son similares, así como tampoco lo son el placer de obtener valores reales, de alcanzae un auténtico sentido de eficiencia, y el “placer” de disminuir temporariamente la sensación personal de miedo e ineficiencia.
El hombre que posee autoestima experimenta la alegría pura, auténtica, de usar adecuadamente sus facultades y de lograr verdaderos valores en la realidad, un placer del cual los otros tres hombres no tienen la mínima noción, así como el hombre que se autoestima no puede tener noción, de ese estado turbio y confuso que ellos llaman “placer”.
Este mismo principio se aplica a todas las formas de gozo. Por consiguiente, en el terreno de las relaciones humanas se experimenta una forma distinta de placer, se tiene una motivación diferente y se revela un carácter distinto: el del hombre que busca para regocijarse la compañia de seres humanos inteligentes, íntegros, que se estiman a sí mismos y que comparten sus criterios exigentes; el del que sólo consigue alegrarse con aquellos que no se rigen por criterio alguno y con los cuales, en consecuencia, se siente libre de ser él mismo; el del hombre que únicamente halla la alegría junto a personas que desprecia, y con quienes puede compararse favorablemente; o el del hombre cuya alegría sólo se manifiesta en compañia de aquellos a quienes puede engañar y manipular, y que le propocionan el más bajo sustituto neurótico para lograr un sentido de genuina eficacia: una sensación de poder.
Para el hombre racional, psicológicamente sano, por ejemplo, una fiesta. Un hombre racional disfruta de una fiesta como recompensa emocional por sus realizaciones, y sólo puede realmente gozar de ella si de hecho involucra actividades placenteras, tales como encontrarse con aquellos a los que aprecia, conocer a personas que encuentra interesantes, participar en conversaciones en las que se digan y oigan cosas que valga la pena decir u oir.
Pero un neurótico puede “disfrutar” de una fiesta por razones que nada tengan que ver con las activiades que se realizan en ella; puede odiar, o despreciar, o temer a todos los presentes, puede comportarse como un necio y sentirse, secretamente, avergonzado de ello, pero pretenderá que esto le proporciona placer porque siente que la gente esrá emitiendo vibraciones de aprobación o porque otras personas parecen estar alegres, o porque esa fiesta lo ayuda a huir, por el tiempo que dure la velada, del terror a encontrarse a solas consigo mismo.
El “placer” de la embriaguez es, obviamente, el placer de huir de la responsabilidad de ser consciente, como las reuniones sociales que se celebran con el único propósito de exteriorizar un caos histérico, donde los invitados van de un lado a otro sumidos en un sopor alcohólico, parloteando ruidosamente, sin sentido, y gozando la ilusión de un Universo donde no se esté obligado a tener un propósito, ni ajustarse a la lógica, la realidad y la conciencia.
Obsérvese, en este contexto, a los beatniks modernos, por ejemplo, su manera de bailar. Lo que se ve no son sonrisas de auténtico goce, sino ojos fijos y vacios, movimientos espasmódicos y desarticulados de lo que parecen ser cuerpos descentralizados, todos haciendo un gran esfuerzo, con una especie de histeria total, insípidos, preocupados por proyectar un aire de falta de propósito, de sinsentido y de lo irracional. Éste es el placer de la inconsciencia.
O considérese el tipo de “placer” más tranquilo que llena la vida de muchas personas: picnics familiares, reuniones de té o tertulias de café, kermeses de caridad y beneficiencia, vacaciones rutinarias, todas ellas ocaciones de tranquilo aburrimiento para los involucrados, donde el tedio es el valor. El tedio, para esta gente, significa seguridad, lo conocido, lo usual, la rutina, la ausencia de lo nuevo, lo excitante, lo no familiar, lo demandante.
¿Qué es un placer demandante? Un placer que exige el uso de nuestra mente; no en el sentido de resolver problemas, sino en el sentido de ejercitar la discriminación, el juicio y la agudeza mental.
Uno de los principales placeres de la vida se ofrece al hombre a través de las obras de arte. El arte, en su más elevado nivel potencial, como proyección de las cosas “tal como podrían y deberían ser” puede proporcionar un invalorable combustible emocional. También aquí, el tipo de obra de arte que nos atrae depende de nuestros valores y nuestras premisas más profundos.
Un hombre puede buscar en el arte la proyección de lo heroico, inteligente, eficaz o dramático, aquello que tiene un propósito, lo estilizado, ingenioso o desafiante, busca así el placer de la admiración, la obra de arte que refleja los grandes valores de la existencia. O puede buscar la satisfacción al leer revistas de chismografía o libros mediocres, aquello que nada demanda de él ni en pensamientos ni en criterios de valor; puede experimentar un placer reconfortante con proyecciones de lo conocido y lo familiar, buscando sentirse un poco menos “extraño y atemorizado en un mundo que (él) no construyó”. O bien su alma ouede vibrar afirmativamente con proyecciones de horror y degradación humana, puede sentirse gratificado con el pensamiento de que él no es tan malo como el enano drogadicto o la lisiada lesbiana sobre los cuales está leyendo; puede disfrutar de un arte que le diga que el hombre es malvado, que la realidad es incognoscible, que la existencia es insoportable, que nadie puede hacer nada para remediarlo, que su secreto terror es normal.
El arte proyecta un enfoque implícito de la existencia. Nuestro propio enfoque de la existencia es el que determina qué tipo de arte ha de atraernos. El alma del hombre cuya obra teatral favorita es Cyrano de Bergerac es radicalmente diferente del alma de de aquél cuya obra de teatro preferida es Esperando a Godot.
De los diversos placeres que el hombre puede ofrecerse a sí mismo, el más grande es el orgullo, el placer que obtiene de sus propios logros y de la creación de su propia personalidad y los logros de otro ser humano es el de la admiración. La máxima expresión de la más intensa unión de estas dos respuestas –el orgullo y la admiración- es el amor romántico, cuya celebración es el sexo.
Es sobre todo en esta esfera, en las respuestas romántico-sexuales de un hombre, donde se revela elocuentemente el concepto que tiene de sí mismo y de las existencia. Un hombre se enamora y desea sexualmente a aquella persona que refleja sus propios y más profundos valores.
Hay dos aspectos cruciales en los cuales las respuestas romántico-sexuales de un hombre son psicológicamente reveladoras: en la elección de su compañera y en el significado que tiene para él el acto sexual.
Un hombre que se estima a sí mismo, que se ama y ama la vida, siente una intensa necesidad de hallar a seres humanos a quienes pueda admirar, de encotrar un igual espiritual a quien amar. La cualidad que más lo atrae es la de la autoestima, la estima personal y un claro serntido del valor de la existencia. Para un hombre así el sexo es un acto de celebración, y su significado es un tributo a él mismo y a la mujer que eligió, la forma final de experimentar concretamente, y en su propia persona, el valor y la alegria de estar vivo.
La necesidad de un experiencia como ésta es inherente a la naturaleza humana, pero si un hombre carece de la autoestima para ganarla, intentará fingirla y elegirá (subconscientemente) a su pareja por la capacidad que ella tenga para ayudarlo en su farsa, para darle la ilusión de un valor personal que no posee y de una felicidad que no siente.
Así, si un hombre es atraído por una mujer inteligente, que tiene fortaleza moral y confianza en sí misma, si es atraído por una heroína, revelará un tipo de alma; en cambio, si es atraído por una mujer irreflexiva e irresponsable, cuya debolidad moral le permite sentirse masculino, revelará otro tipo de alma; y si quien lo atrae es una pusilámine, cuya carencia de juicio y normas le permite, por comparación, sentirse libre de reproches, revelará otro tipo de alma. El mismo principio, por supuesto, se aplíca a las elecciones romántico-sexuales de una mujer.
El acto sexual tiene un significado diferente para la persona cuyo deseo es alimentado por el orgullo y la admiración, para quien el placer compartido con la persona amada es un fin en sí mismo, y para aquella que busca en el sexo una prueba de masculinidad (o fominidad), el alivio a su desesperanza, una defensa contra su ansiedad o un escape del aburrimiento.
Paradójicamente, son los llamados “perseguidores del placer”, los hombres que aparentemente viven sólo para gozar la sensación del momensto, que se preocupan únicamente por “pasarla bien”, aquellos psicológicamente incapaces de disfrutar del placer “como un fin en sí mismo”.
El neurótico buscador de placeres imagina que, efectuado el ceremonial de una celebración, logrará engañarse a sí mismo y crear la percepción de que que realmente tiene algo que celebrar
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre que carece de autoestima, y el verdadero castigo por su negligente fracaso moral y psicológico, reside en el hecho de que todos sus placeres son placeres por evasión, con los cuales pretende huir de dos perseguidores a los que ha traicionado y de los cuales no hay huida posible, la realidad y su propia mente.
Dado que la función del placer es la de proporcionarle al hombre un sentido de su propia eficacia, el neurótico se encuentra atrapado en un conflicto mortal: por su naturaleza humana, se ve impulsado a sentir una deseperad necesidad de placer, como confirmación y expresión de su control sobre la realidad, aunque únicamente halla placer al huir de la realidad. Èsta es la razón por la cual sua placeres no funcionan y le proporcionan, en lugar de un sentimiento de orgullo, realización e inspiración, una sensación de culpa, frusración, desesperanza y vergüenza. El efecto que produce el placer en un hombre que siente estima por sí mismo equivale a un premio y una reafirmación.
El efecto que produce el palcer en un hombre que carece de autoestima es el de una amenaza, la maenaza de la ansiedad, la sacudida de los precarios fundamentos de su falso valor personal, la agudización de un permanente miedo a que la estructura se desplome y deba enfrentarse cara a cara con una realidad dura, absoluta, desconocida e inclemente.
Una de las quejas más comunes de los pacientes que buscan ayuda psicoterapéutica es la de que nada pueda brindarles placer. Que la auténtica alegría parece estarles vedada. Èste es el inevitable callejón si salida de una filosofía de vida basada en el placer por evasión.
Preservar una clara capacidad para el disfrute de la vida es un logro moral y psicológico inusual. Contrariamente a la creencia popular, es la pregorrativa, no de la irresponsabilidad o la irreflexión, sino de una devoción irrenunciable al acto de percibir la realidad y de una escrupulosa integridad intelectual. Es la recompensa de la autoestima.
El placer, para el ser humano, no es un lujo sino una necesidad psicológica profunda.
El placer (en el más amplio sentido del término) es una concomitancia metafísica de la vida, la recompensa y la consecuencia de una acción exitosa, así como el dolor es signo del fracaso, de la destrucción, de la muerte.
Mediante el estado de gozo el hombre experimente el valor de la vida, la sensación de que ésta merece ser vivida y de que vales la pena esforzarse por conservarla. Para vivir, el hombre debe actuar con el fin de alcanzar los valores necesarios. El placer y el disfrute son, por lo tanto, una recompensa emocional para la acción exitosa y un incentivo para continuar actuando. Más aún, a causa del significado metafísico que el placer tiene para el hombre, ese estado de gozo le brinda una prueba directa de su propia eficacia, de que es competente para tratar con los hechos de la realidad, para alcanzar sus valores, para vivir. La dicha contiene implícitamente la convicción: “Tengo control sobre mi existencia”, y la desdicha contiene una sensación de frustración equivalente a: “Estoy indefenso”. Así como el placer implica emocionalmente una sensación de eficacia, el dolor implica emocionalmente una sensación de impotencia. Por consiguiente, al permitir que el hombre experimente en su propia persona la sensación de que la vida es un valor, y de que él es un valor, el placer sirve como propulsor emocional de la existencia.
El mecanismo “placer-dolor” en el cuerpo del hombre actúa como un barómetro de salud o enfermedad; del mismo modo, el mecanismo de “placer-dolor” de su conciencia trabaja de acuerdo con el principio, indicándole qué es favorable y qué es desfavorable para él, qué beneficia su vida y qué la daña. Pero el hombre es un ser de conciencia volitiva, no posee ideas innatas ni un conocimiento automático o infalible de aquello de lo cual depende su supervivencia.
Debe elegir los valores que han de guiar sus acciones y fijar sus metas. Su mecanismo emocional operará de acuerdo con el tipo de valores que elija. Éstos son los que determinan cuándo sentirá que algo está en favor o en su contra, y qué es lo que buscará para obtener placer.
Si un hombre comete un error al elegir sus valores, su mecanismo emocional no lo corregirá; ese mecanismo no tiene voluntad propia. Si, de acuerdo con sus valores, desea cosas que, de hecho y en realidad, lo llevan a su destrucción, su mecanismo emocional no lo salvará sino que, por el contrario, lo impulsará hacia la destrucción; habrá ajustado el mecanismo para funcionar en dirección opuesta, en contra de sí mismo y de los hechos de la realidad, en contra de su propia vida. El mecanismo emocional del hombre es como una computadora; tiene el poder de programarla, pero no el de cambiar su naturaleza; por lo tanto, si la ajusta de acuerdoo con un programa equivocado, no podrá escapar al hecho de que los deseos más autodestructivos tengan para él igual intensidad y urgencia emocional que los actos que salvarían su propia vida. Naturalmente, tiene el poder de cambiar la programación, pero sólo si cambia sus valores.
Lo valores básicos de un hombre reflejan la visión consciente o subconsciente que tiene de sí mismo y de la existencia. Son la expresión de: a) el grado y la naturaleza de su autoestima, o su falta de ella, y b) hasta qué punto considera al Universo abierto o cerrado a su conocimiento y a su acción, es decir, hasta dónde tiene una imagen benévola o malévola de la existencia. Por ende, lo que un hombre busca para obtener placer o disfrute es, desde el punto de vista psicológico, profundamente revelador: es indicativo de su carácter y de su alma. (Por “alma”, entiendo la conciencia de un hombre y los valores básicos que lo motivan).
Existen, en líneas generales, cinco áreas (interconectadas) que permiten al hombre experimentar el disfrute de la vida; el trabajo productivo, las relaciones humanas, la recreación, el arte y el sexo.
El trabajo productivo es el área más importante: a través de su trabajo el hombre gana el sentido básico de control sobre la existencia, el sentido de eficacia, que es el fundamento necesario para obtener la capacidad de disfrutar los demás valores. Aquel cuya vida carece de dirección o propósito, que no tiene meta creativa, se sentirá indefenso y sin control, se considerará inadecuado e incapacitado para la existencia, y el que se siente incapacitado para la existencia tampoco estará capacitado para gozar de ella.
Una de las características que identifican al hombre que se estima a sí mismo, que considera al Universo abierto a sus esfuerzos, es el profundo placer que experimenta en el trabajo productivo de su mente; su alegría de vivir es alimentada por una incesante preocupación por crecer en conocimiento y habilidad, por pensar, alcanzar, avanzar, enfrentar nuevos desafíos y superarlos, por ganar el orgullo de una eficacia en continua expansión.
El hombre que disfruta dedicándose sólo a lo rutinario y a lo familiar, que se inclina a trabajar en una semi-obnubilación, que encuentra la felicidad al liberarse de todo desafío, de toda necesidad de lucha o esfuerzo, revela un tipo de alma distinta: la del hombre que carece profundamente de autoestima, a quien el Universo le parece inescrutable y vagamente amenazador, cuyo principal impulso motivador es un anhelo de seguridad, no la seguridad obtenida a través de la eficacia sino la de un mundo donde la eficacia no constituya una exigencia.
Debemos considerar además al hombre que encuentra inconcebible que se pueda disfrutar del trabajo, de cualquier forma de trabajo, que considera el esfuerzo de ganarse la vida como un mal necesario, que sueña únicamente con los placeres que comienzan al final del dia laborable: el de ahogar su mente en el alcohol, televisión, billares, mujeres, el placer de no ser consciente; este hombre revela un tipo de alma diferente: la de alguien que apenas tiene un vestigio de autoestima, que nunca esperó que el Universo fuese comprensible y que acepta el miedo letárgico que siente por ese Universo como lo dado y lo natural, cuya única forma de alivio y cuya sola noción de la alegría proceden de los breves chispazos de placer producidos por sensaciones que no demanden esfuerzo alguno.
Hay aun otro tipo de alma, la de aquel que encuentra placer no en el logro, sino en la destrucción, cuya acción no está dirigida a la obtención de la eficacia, sino a la dominación de quienes la alcanzaron: es la de un hombre que carece de manera tan abyecta de todo valor personal, y cuyo terror a la existencia es tan absoluto, que su única forma de autosatisfacción reside en desatar sus resentimientos y sus odios contra quienes no comparten su estado, contra aquellos que son capaces de vivir, como si, al destruir a quienes tienen confianza en sí mismos, a los moralmente fuertes y sanos, pudiese convertir su impotencia en eficacia.
Un hombre racional, que tiene confianza en sí mismo, está motivado por su amor a los valores y su deseo de alcanzarlos. Un neurótico está motivado por el miedo y por el deseo de huir de ellos. Esta diferencia en las motivaciones se refleja no sólo en las cosas que cada clase de hombre buscará para hallar placer, sino también en la naturaleza del placer que experimentará. Por ejemplo, la calidad emocional del placer experimentado por los cuatro tipos de hombres descriptos no es la misma. La calidad de todo placer depende de los procesos mentales que lo motivan y acompañan, y de la naturaleza de los valores involucrados. El placer de usar adecuadamente la propia conciencia y el “placer” de ser incosciente no son similares, así como tampoco lo son el placer de obtener valores reales, de alcanzae un auténtico sentido de eficiencia, y el “placer” de disminuir temporariamente la sensación personal de miedo e ineficiencia.
El hombre que posee autoestima experimenta la alegría pura, auténtica, de usar adecuadamente sus facultades y de lograr verdaderos valores en la realidad, un placer del cual los otros tres hombres no tienen la mínima noción, así como el hombre que se autoestima no puede tener noción, de ese estado turbio y confuso que ellos llaman “placer”.
Este mismo principio se aplica a todas las formas de gozo. Por consiguiente, en el terreno de las relaciones humanas se experimenta una forma distinta de placer, se tiene una motivación diferente y se revela un carácter distinto: el del hombre que busca para regocijarse la compañia de seres humanos inteligentes, íntegros, que se estiman a sí mismos y que comparten sus criterios exigentes; el del que sólo consigue alegrarse con aquellos que no se rigen por criterio alguno y con los cuales, en consecuencia, se siente libre de ser él mismo; el del hombre que únicamente halla la alegría junto a personas que desprecia, y con quienes puede compararse favorablemente; o el del hombre cuya alegría sólo se manifiesta en compañia de aquellos a quienes puede engañar y manipular, y que le propocionan el más bajo sustituto neurótico para lograr un sentido de genuina eficacia: una sensación de poder.
Para el hombre racional, psicológicamente sano, por ejemplo, una fiesta. Un hombre racional disfruta de una fiesta como recompensa emocional por sus realizaciones, y sólo puede realmente gozar de ella si de hecho involucra actividades placenteras, tales como encontrarse con aquellos a los que aprecia, conocer a personas que encuentra interesantes, participar en conversaciones en las que se digan y oigan cosas que valga la pena decir u oir.
Pero un neurótico puede “disfrutar” de una fiesta por razones que nada tengan que ver con las activiades que se realizan en ella; puede odiar, o despreciar, o temer a todos los presentes, puede comportarse como un necio y sentirse, secretamente, avergonzado de ello, pero pretenderá que esto le proporciona placer porque siente que la gente esrá emitiendo vibraciones de aprobación o porque otras personas parecen estar alegres, o porque esa fiesta lo ayuda a huir, por el tiempo que dure la velada, del terror a encontrarse a solas consigo mismo.
El “placer” de la embriaguez es, obviamente, el placer de huir de la responsabilidad de ser consciente, como las reuniones sociales que se celebran con el único propósito de exteriorizar un caos histérico, donde los invitados van de un lado a otro sumidos en un sopor alcohólico, parloteando ruidosamente, sin sentido, y gozando la ilusión de un Universo donde no se esté obligado a tener un propósito, ni ajustarse a la lógica, la realidad y la conciencia.
Obsérvese, en este contexto, a los beatniks modernos, por ejemplo, su manera de bailar. Lo que se ve no son sonrisas de auténtico goce, sino ojos fijos y vacios, movimientos espasmódicos y desarticulados de lo que parecen ser cuerpos descentralizados, todos haciendo un gran esfuerzo, con una especie de histeria total, insípidos, preocupados por proyectar un aire de falta de propósito, de sinsentido y de lo irracional. Éste es el placer de la inconsciencia.
O considérese el tipo de “placer” más tranquilo que llena la vida de muchas personas: picnics familiares, reuniones de té o tertulias de café, kermeses de caridad y beneficiencia, vacaciones rutinarias, todas ellas ocaciones de tranquilo aburrimiento para los involucrados, donde el tedio es el valor. El tedio, para esta gente, significa seguridad, lo conocido, lo usual, la rutina, la ausencia de lo nuevo, lo excitante, lo no familiar, lo demandante.
¿Qué es un placer demandante? Un placer que exige el uso de nuestra mente; no en el sentido de resolver problemas, sino en el sentido de ejercitar la discriminación, el juicio y la agudeza mental.
Uno de los principales placeres de la vida se ofrece al hombre a través de las obras de arte. El arte, en su más elevado nivel potencial, como proyección de las cosas “tal como podrían y deberían ser” puede proporcionar un invalorable combustible emocional. También aquí, el tipo de obra de arte que nos atrae depende de nuestros valores y nuestras premisas más profundos.
Un hombre puede buscar en el arte la proyección de lo heroico, inteligente, eficaz o dramático, aquello que tiene un propósito, lo estilizado, ingenioso o desafiante, busca así el placer de la admiración, la obra de arte que refleja los grandes valores de la existencia. O puede buscar la satisfacción al leer revistas de chismografía o libros mediocres, aquello que nada demanda de él ni en pensamientos ni en criterios de valor; puede experimentar un placer reconfortante con proyecciones de lo conocido y lo familiar, buscando sentirse un poco menos “extraño y atemorizado en un mundo que (él) no construyó”. O bien su alma ouede vibrar afirmativamente con proyecciones de horror y degradación humana, puede sentirse gratificado con el pensamiento de que él no es tan malo como el enano drogadicto o la lisiada lesbiana sobre los cuales está leyendo; puede disfrutar de un arte que le diga que el hombre es malvado, que la realidad es incognoscible, que la existencia es insoportable, que nadie puede hacer nada para remediarlo, que su secreto terror es normal.
El arte proyecta un enfoque implícito de la existencia. Nuestro propio enfoque de la existencia es el que determina qué tipo de arte ha de atraernos. El alma del hombre cuya obra teatral favorita es Cyrano de Bergerac es radicalmente diferente del alma de de aquél cuya obra de teatro preferida es Esperando a Godot.
De los diversos placeres que el hombre puede ofrecerse a sí mismo, el más grande es el orgullo, el placer que obtiene de sus propios logros y de la creación de su propia personalidad y los logros de otro ser humano es el de la admiración. La máxima expresión de la más intensa unión de estas dos respuestas –el orgullo y la admiración- es el amor romántico, cuya celebración es el sexo.
Es sobre todo en esta esfera, en las respuestas romántico-sexuales de un hombre, donde se revela elocuentemente el concepto que tiene de sí mismo y de las existencia. Un hombre se enamora y desea sexualmente a aquella persona que refleja sus propios y más profundos valores.
Hay dos aspectos cruciales en los cuales las respuestas romántico-sexuales de un hombre son psicológicamente reveladoras: en la elección de su compañera y en el significado que tiene para él el acto sexual.
Un hombre que se estima a sí mismo, que se ama y ama la vida, siente una intensa necesidad de hallar a seres humanos a quienes pueda admirar, de encotrar un igual espiritual a quien amar. La cualidad que más lo atrae es la de la autoestima, la estima personal y un claro serntido del valor de la existencia. Para un hombre así el sexo es un acto de celebración, y su significado es un tributo a él mismo y a la mujer que eligió, la forma final de experimentar concretamente, y en su propia persona, el valor y la alegria de estar vivo.
La necesidad de un experiencia como ésta es inherente a la naturaleza humana, pero si un hombre carece de la autoestima para ganarla, intentará fingirla y elegirá (subconscientemente) a su pareja por la capacidad que ella tenga para ayudarlo en su farsa, para darle la ilusión de un valor personal que no posee y de una felicidad que no siente.
Así, si un hombre es atraído por una mujer inteligente, que tiene fortaleza moral y confianza en sí misma, si es atraído por una heroína, revelará un tipo de alma; en cambio, si es atraído por una mujer irreflexiva e irresponsable, cuya debolidad moral le permite sentirse masculino, revelará otro tipo de alma; y si quien lo atrae es una pusilámine, cuya carencia de juicio y normas le permite, por comparación, sentirse libre de reproches, revelará otro tipo de alma. El mismo principio, por supuesto, se aplíca a las elecciones romántico-sexuales de una mujer.
El acto sexual tiene un significado diferente para la persona cuyo deseo es alimentado por el orgullo y la admiración, para quien el placer compartido con la persona amada es un fin en sí mismo, y para aquella que busca en el sexo una prueba de masculinidad (o fominidad), el alivio a su desesperanza, una defensa contra su ansiedad o un escape del aburrimiento.
Paradójicamente, son los llamados “perseguidores del placer”, los hombres que aparentemente viven sólo para gozar la sensación del momensto, que se preocupan únicamente por “pasarla bien”, aquellos psicológicamente incapaces de disfrutar del placer “como un fin en sí mismo”.
El neurótico buscador de placeres imagina que, efectuado el ceremonial de una celebración, logrará engañarse a sí mismo y crear la percepción de que que realmente tiene algo que celebrar
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre que carece de autoestima, y el verdadero castigo por su negligente fracaso moral y psicológico, reside en el hecho de que todos sus placeres son placeres por evasión, con los cuales pretende huir de dos perseguidores a los que ha traicionado y de los cuales no hay huida posible, la realidad y su propia mente.
Dado que la función del placer es la de proporcionarle al hombre un sentido de su propia eficacia, el neurótico se encuentra atrapado en un conflicto mortal: por su naturaleza humana, se ve impulsado a sentir una deseperad necesidad de placer, como confirmación y expresión de su control sobre la realidad, aunque únicamente halla placer al huir de la realidad. Èsta es la razón por la cual sua placeres no funcionan y le proporcionan, en lugar de un sentimiento de orgullo, realización e inspiración, una sensación de culpa, frusración, desesperanza y vergüenza. El efecto que produce el placer en un hombre que siente estima por sí mismo equivale a un premio y una reafirmación.
El efecto que produce el palcer en un hombre que carece de autoestima es el de una amenaza, la maenaza de la ansiedad, la sacudida de los precarios fundamentos de su falso valor personal, la agudización de un permanente miedo a que la estructura se desplome y deba enfrentarse cara a cara con una realidad dura, absoluta, desconocida e inclemente.
Una de las quejas más comunes de los pacientes que buscan ayuda psicoterapéutica es la de que nada pueda brindarles placer. Que la auténtica alegría parece estarles vedada. Èste es el inevitable callejón si salida de una filosofía de vida basada en el placer por evasión.
Preservar una clara capacidad para el disfrute de la vida es un logro moral y psicológico inusual. Contrariamente a la creencia popular, es la pregorrativa, no de la irresponsabilidad o la irreflexión, sino de una devoción irrenunciable al acto de percibir la realidad y de una escrupulosa integridad intelectual. Es la recompensa de la autoestima.
No somos todos egoistas?
¿No somos todos egoístas?
Con frecuencia se formula alguna de las variantes de esta pregunta como objeción a quienes proponen una ética del interés personal racional. Por ejemplo, a veces se reclama: “Toda persona hace lo que en realidad quiere hacer, si no , no lo haría”. O, “Nadie se sacrifica jamás realmente. Dado que toda acción que persigue un propósito es motivada por algún valor o meta objetiva que el que actúa desea siempre en forma egoísta, se tenga conciencia de ello o no”.
Para desentrañar la confusión intelectual contenida en este punto de vista, debemos considerar qué factores de la realidad originan una cuestión tal como el interés personal versus el autosacrificio, o el egoísmo versus el altruismo, y qué es lo que el concepto de “egoísmo” conlleva e implica.
La cuestión del egoísmo versus el autosacrificio se origina en un contexto ético. La ética es un código de valores para guiar las elecciones y acciones del hombre, las elecciones y acciones que determinan el propósito y el curso de su vida. Al elegir sus acciones y metas, el hombre enfrenta constantemente alternativas. La elección requiere una norma de valor, un propósito al que deben servir sus acciones o hacia el cual deben estar encaminadas. “΄Valor’ presupone una respuesta a la pregunta: ¿Valor para quién y para qué?” (Véase la Rebelión de Atlas.) ¿Cuál ha de ser la meta o el propósito de las acciones de un hombre? ¿Quién debe ser el beneficiario de éstas? Su principal propósito moral tiene que ser el logro de su propia vida y felicidad, ¿o acaso debería serlo servir los deseos y necesidades de otros?
El choque entre el egoísmo y el altruismo reside en las respuestas conflictivas a estas preguntas. El egoísmo sostiene que el hombre es un fin en sí mismo; según el altruismo, es un medio para los fines de otros. El egoísmo postula que, moralmente, el beneficiario de una acción deberá ser la persona que la efectúa; el altruismo afirma que, moralmente, el beneficiario de una acción debe ser alguien distinto de la persona que la realiza.
Ser egoísta es estar motivado por la preocupación de lo que le interesa a uno mismo. Esto requiere que uno considere qué constituye su interés personal y cómo lograrlo; qué valores y metas perseguir, qué principios y políticas adoptar. Si un hombre no estuviera preocupado por esta cuestión, podría decirse, objetivamente, que no se preocupa por su propio interés, ni desea tomarlo en cuenta, ya que uno no puede preocuparse ni desear aquello de lo que no tiene conocimiento.
El egoísmo implica: a) una jerarquía de valores fijada por los criterios del interés personal de cada uno, y b) la negativa a sacrificar un valor más elevado en favor de un valor menor o de algo sin valor.
Un hombre genuinamente egoísta sabe que sólo la razón puede determinar qué es lo que está, de hecho, en favor de su interés personal, que la persecución de contradicciones o el intento de actuar a despecho de los hechos de la realidad es autodestructivo, y que la autodestrucción no es beneficiosa para su interés personal. “Pensar favorece el interés personal del hombre; dejar su conciencia en suspenso no lo hace. Elegir sus metas en el contexto total de su conocimiento, sus valores y su vida, ayuda a su interés personal; actuar de acuerdo con el impulso del momento, sin preocuparse por el contexto de largo alcance, no lo hace. Vivir como un ser productivo beneficia su interés personal; existir como un parásito, no lo hace. Tratar de llevar una vida conveniente por su naturaleza, favorece su interés personal; tratar de vivir como un animal , no lo hace.”
Dado que el hombre auténticamente egoísta elige sus metas guiado por la razón –y dado que los intereses de los hombres racionales no chocan entre sí- otros hombres se beneficiarán a menudo con sus acciones. Pero el beneficio de otros hombres no es su propósito o meta primordial; sí lo son su propio beneficio y la meta consciente que dirige sus acciones.
Para aclarar totalmente este principio, consideremos un ejemplo extremo de una acción que, de hecho, es egoísta pero que, convencionalmente, podría denominarse de autosacrificio: la disposición de un hombre a morir para salvar la vida de la mujer que ama. ¿De qué manera sería el hombre el beneficiario de su acción?
La respuesta se da en La Rebelion de Atlas, en la escena donde Galt, sabiendo que está apunto de ser arrestado, le dice a Dagny: “En caso de que sospechen, aunque sea ligeramente, lo que somos el uno para el otro, te pondrán en el potro de torturas. Sí, me refiero a la tortura física, ante mis ojos, en menos de una semana. Yo no voy a esperar tanto. A la primera mención de una amenaza hacia ti me mataré y los obligaré a detenerse. No tengo que decirte, continuó, que si hago esto, no es un acto de autosacrificio. No quiero vivir según sus condiciones, no quiero obedecerlos y no quiero verte soportar un crimen premeditado. Después no existirán valores a los que pudiera aspirar. Y no me gusta vivir sin valores”. Si un hombre ama a una mujer tanto que no desea sobrevivir a su muerte, si la vida ya no puede ofrecerle nada más a ese precio, entonces su muerte para salvarla no es un sacrificio.
El mismo principio se aplica a un hombre atrapado en una dictadura, quien conscientemente
arriesga su vida para alcanzar su libertad.
Llamar a este acto “autosacrificio” sería asumir que él lo prefirió a vivir como un esclavo. El egoísmo de un hombre que está dispuesto a morír, si es necesario, luchando por su libertad, reside en el hecho de que no está dispuesto a seguir viviendo en un mundo donde ya no tiene la capacidad de decidir de acuerdo con su propio juicio, es decir, un mundo donde las condiciones de existencia humana ya no son posibles para él.
El egoísmo o la falta de egoísmo de una acción debe determinarse en forma objetiva, no por los sentimientos de la persona que actúa. Así los sentimientos no sirven como herramientas del conocimiento, tampoco son un un criterio válido en cuestiones de ética.
Obviamente, para actuar uno debe ser movido por algún móvil personal; tiene que “querer”, de alguna manera, llevar a cabo la acción. La cuestión del egoísmo o de falta de egoísmo de una acción no depende de si uno desea o no realizarla, sino de por qué desea hacerlo. ¿Cuál es el criterio por el que eligió esa acción? ¿Qué objetivo se quiso alcanzar?
Si un hombre proclamase que siente que beneficiaría mejor a los demás al asaltralos y asesinarlos, los otros hombres no estarían dispuestos a reconocer que sus acciones serían altruistas. Sobre la base de la misma lógica y por las mismas razones, no pueden clasificarse como egoístas las acciones de un hombre que sigue un curso de ciega autodestrucción porque siente que tiene algo que ganar al actuar así.
Es un acto de autosacrificio si, motivada únicamente por un sentido de caridad, compasión, deber o altruismo, una persona renuncia a un valor, deseo o meta en favor del placer, deseos o necesidades de otra persona a la que valora menos que aquello a lo que renuncia. El hecho de que una persona pueda sentir que “desea” hacerlo no convierte a esa acción en egoísta, ni establece objetivamente que ella es la beneficiaria de tal acción.
Supongamos, por ejemplo, que un joven elige una carrera que desea seguir de acuerdo con criterios racionales, pero que luego renuncia a ella para satisfacer a su madre, que prefiere que elija otra carrera, una que será más prestigiosa ante sus amistades. El joven accede al deseo de su madre porque ha aceptedo que ése es su deber moral: cree que su deber como hijo consiste en colocar la felicidad de su madre por encima de la suya, aun cuando sepa que la demanda de ella es irracional y que se está condenando a sí mismo a una vida de miseria y frustraciones. Es absurdo que los defensores de la doctrina de que “todos somos egoístas” aseguren que, dado que el muchacho está motivado por el deseo de ser “virtuoso” o de evitar un sentimiento de culpa, su decisión no implica autosacrificio alguno y su acción es verdaderamente egoísta. Lo que se evade aquí es la pregunta de por qué el joven siente y desea como lo hace. Las emociones y los deseos no son emociones primarias, irreductibles y carentes de causa; son el producto de las premisas que uno ha aceptado. El joven “desea” renunciar a su carrera únicamente porque ha aceptado la ética del altruismo: cree que es inmoral actuar en favor de su propio interés. Ése es el principio que dirige sus acciones.
Los defensores de la doctrina según la cual “todos somos egoístas” no niegan que, bajo la presión de la ética altruista, los hombres, a sabiendas, pueden actuar conscientemente contra su felicidad a largo plazo. Sólo aseveran que en un sentido superior, indefinible, tales hombres siguen actuando “en forma egoísta”. Una definición de “egoísmo” que incluye o permite la posibilidad de actuar con plena conciencia contra la propia felicidad a largo plazo es una contradicción en sí misma.
Sólo el legado del misticismo permite a los hombres imaginar que hablan con sentido cuando dicen que uno puede buscar la propia felicidad al renunciar a ella. La falacia básica en el argumento según el cual “todos somos egoístas” consiste en una equivocación extremadamente tosca. Es una perogrullada psicológica, una tautología, decir que todo comportamiento bien dirigido tiene un motivo. Pero equiparar el “comportamiento motivado” con el “comportamiento egoísta” es borrar la distinción existente entre un factor elemental de la psicología humana y el fenómeno de la elección ética. Es evadir el problema central de la ética, a saber,: ¿Qué motiva al hombre?
Un egoísmo genuino, es decir, una auténtica preocupación por descubrir qué es lo que favorece el interés personal, la aceptación de la responsabilidad de lograrlo, la negativa a traicionar jamás esa meta actuando por ciegos caprichos, impulsos o sentimientos momentáneos, una lealtad sin compromisos con los juicios, convicciones y valores propios, representa un profundo logro moral. Aquellos que aseguran que “todos somos egoístas” suelen presentar esa declaración como una expresión de cinismo y desprecio. Pero la verdad es que esa declaración le hace a la humanidad un cumplido que no merece.
Con frecuencia se formula alguna de las variantes de esta pregunta como objeción a quienes proponen una ética del interés personal racional. Por ejemplo, a veces se reclama: “Toda persona hace lo que en realidad quiere hacer, si no , no lo haría”. O, “Nadie se sacrifica jamás realmente. Dado que toda acción que persigue un propósito es motivada por algún valor o meta objetiva que el que actúa desea siempre en forma egoísta, se tenga conciencia de ello o no”.
Para desentrañar la confusión intelectual contenida en este punto de vista, debemos considerar qué factores de la realidad originan una cuestión tal como el interés personal versus el autosacrificio, o el egoísmo versus el altruismo, y qué es lo que el concepto de “egoísmo” conlleva e implica.
La cuestión del egoísmo versus el autosacrificio se origina en un contexto ético. La ética es un código de valores para guiar las elecciones y acciones del hombre, las elecciones y acciones que determinan el propósito y el curso de su vida. Al elegir sus acciones y metas, el hombre enfrenta constantemente alternativas. La elección requiere una norma de valor, un propósito al que deben servir sus acciones o hacia el cual deben estar encaminadas. “΄Valor’ presupone una respuesta a la pregunta: ¿Valor para quién y para qué?” (Véase la Rebelión de Atlas.) ¿Cuál ha de ser la meta o el propósito de las acciones de un hombre? ¿Quién debe ser el beneficiario de éstas? Su principal propósito moral tiene que ser el logro de su propia vida y felicidad, ¿o acaso debería serlo servir los deseos y necesidades de otros?
El choque entre el egoísmo y el altruismo reside en las respuestas conflictivas a estas preguntas. El egoísmo sostiene que el hombre es un fin en sí mismo; según el altruismo, es un medio para los fines de otros. El egoísmo postula que, moralmente, el beneficiario de una acción deberá ser la persona que la efectúa; el altruismo afirma que, moralmente, el beneficiario de una acción debe ser alguien distinto de la persona que la realiza.
Ser egoísta es estar motivado por la preocupación de lo que le interesa a uno mismo. Esto requiere que uno considere qué constituye su interés personal y cómo lograrlo; qué valores y metas perseguir, qué principios y políticas adoptar. Si un hombre no estuviera preocupado por esta cuestión, podría decirse, objetivamente, que no se preocupa por su propio interés, ni desea tomarlo en cuenta, ya que uno no puede preocuparse ni desear aquello de lo que no tiene conocimiento.
El egoísmo implica: a) una jerarquía de valores fijada por los criterios del interés personal de cada uno, y b) la negativa a sacrificar un valor más elevado en favor de un valor menor o de algo sin valor.
Un hombre genuinamente egoísta sabe que sólo la razón puede determinar qué es lo que está, de hecho, en favor de su interés personal, que la persecución de contradicciones o el intento de actuar a despecho de los hechos de la realidad es autodestructivo, y que la autodestrucción no es beneficiosa para su interés personal. “Pensar favorece el interés personal del hombre; dejar su conciencia en suspenso no lo hace. Elegir sus metas en el contexto total de su conocimiento, sus valores y su vida, ayuda a su interés personal; actuar de acuerdo con el impulso del momento, sin preocuparse por el contexto de largo alcance, no lo hace. Vivir como un ser productivo beneficia su interés personal; existir como un parásito, no lo hace. Tratar de llevar una vida conveniente por su naturaleza, favorece su interés personal; tratar de vivir como un animal , no lo hace.”
Dado que el hombre auténticamente egoísta elige sus metas guiado por la razón –y dado que los intereses de los hombres racionales no chocan entre sí- otros hombres se beneficiarán a menudo con sus acciones. Pero el beneficio de otros hombres no es su propósito o meta primordial; sí lo son su propio beneficio y la meta consciente que dirige sus acciones.
Para aclarar totalmente este principio, consideremos un ejemplo extremo de una acción que, de hecho, es egoísta pero que, convencionalmente, podría denominarse de autosacrificio: la disposición de un hombre a morir para salvar la vida de la mujer que ama. ¿De qué manera sería el hombre el beneficiario de su acción?
La respuesta se da en La Rebelion de Atlas, en la escena donde Galt, sabiendo que está apunto de ser arrestado, le dice a Dagny: “En caso de que sospechen, aunque sea ligeramente, lo que somos el uno para el otro, te pondrán en el potro de torturas. Sí, me refiero a la tortura física, ante mis ojos, en menos de una semana. Yo no voy a esperar tanto. A la primera mención de una amenaza hacia ti me mataré y los obligaré a detenerse. No tengo que decirte, continuó, que si hago esto, no es un acto de autosacrificio. No quiero vivir según sus condiciones, no quiero obedecerlos y no quiero verte soportar un crimen premeditado. Después no existirán valores a los que pudiera aspirar. Y no me gusta vivir sin valores”. Si un hombre ama a una mujer tanto que no desea sobrevivir a su muerte, si la vida ya no puede ofrecerle nada más a ese precio, entonces su muerte para salvarla no es un sacrificio.
El mismo principio se aplica a un hombre atrapado en una dictadura, quien conscientemente
arriesga su vida para alcanzar su libertad.
Llamar a este acto “autosacrificio” sería asumir que él lo prefirió a vivir como un esclavo. El egoísmo de un hombre que está dispuesto a morír, si es necesario, luchando por su libertad, reside en el hecho de que no está dispuesto a seguir viviendo en un mundo donde ya no tiene la capacidad de decidir de acuerdo con su propio juicio, es decir, un mundo donde las condiciones de existencia humana ya no son posibles para él.
El egoísmo o la falta de egoísmo de una acción debe determinarse en forma objetiva, no por los sentimientos de la persona que actúa. Así los sentimientos no sirven como herramientas del conocimiento, tampoco son un un criterio válido en cuestiones de ética.
Obviamente, para actuar uno debe ser movido por algún móvil personal; tiene que “querer”, de alguna manera, llevar a cabo la acción. La cuestión del egoísmo o de falta de egoísmo de una acción no depende de si uno desea o no realizarla, sino de por qué desea hacerlo. ¿Cuál es el criterio por el que eligió esa acción? ¿Qué objetivo se quiso alcanzar?
Si un hombre proclamase que siente que beneficiaría mejor a los demás al asaltralos y asesinarlos, los otros hombres no estarían dispuestos a reconocer que sus acciones serían altruistas. Sobre la base de la misma lógica y por las mismas razones, no pueden clasificarse como egoístas las acciones de un hombre que sigue un curso de ciega autodestrucción porque siente que tiene algo que ganar al actuar así.
Es un acto de autosacrificio si, motivada únicamente por un sentido de caridad, compasión, deber o altruismo, una persona renuncia a un valor, deseo o meta en favor del placer, deseos o necesidades de otra persona a la que valora menos que aquello a lo que renuncia. El hecho de que una persona pueda sentir que “desea” hacerlo no convierte a esa acción en egoísta, ni establece objetivamente que ella es la beneficiaria de tal acción.
Supongamos, por ejemplo, que un joven elige una carrera que desea seguir de acuerdo con criterios racionales, pero que luego renuncia a ella para satisfacer a su madre, que prefiere que elija otra carrera, una que será más prestigiosa ante sus amistades. El joven accede al deseo de su madre porque ha aceptedo que ése es su deber moral: cree que su deber como hijo consiste en colocar la felicidad de su madre por encima de la suya, aun cuando sepa que la demanda de ella es irracional y que se está condenando a sí mismo a una vida de miseria y frustraciones. Es absurdo que los defensores de la doctrina de que “todos somos egoístas” aseguren que, dado que el muchacho está motivado por el deseo de ser “virtuoso” o de evitar un sentimiento de culpa, su decisión no implica autosacrificio alguno y su acción es verdaderamente egoísta. Lo que se evade aquí es la pregunta de por qué el joven siente y desea como lo hace. Las emociones y los deseos no son emociones primarias, irreductibles y carentes de causa; son el producto de las premisas que uno ha aceptado. El joven “desea” renunciar a su carrera únicamente porque ha aceptado la ética del altruismo: cree que es inmoral actuar en favor de su propio interés. Ése es el principio que dirige sus acciones.
Los defensores de la doctrina según la cual “todos somos egoístas” no niegan que, bajo la presión de la ética altruista, los hombres, a sabiendas, pueden actuar conscientemente contra su felicidad a largo plazo. Sólo aseveran que en un sentido superior, indefinible, tales hombres siguen actuando “en forma egoísta”. Una definición de “egoísmo” que incluye o permite la posibilidad de actuar con plena conciencia contra la propia felicidad a largo plazo es una contradicción en sí misma.
Sólo el legado del misticismo permite a los hombres imaginar que hablan con sentido cuando dicen que uno puede buscar la propia felicidad al renunciar a ella. La falacia básica en el argumento según el cual “todos somos egoístas” consiste en una equivocación extremadamente tosca. Es una perogrullada psicológica, una tautología, decir que todo comportamiento bien dirigido tiene un motivo. Pero equiparar el “comportamiento motivado” con el “comportamiento egoísta” es borrar la distinción existente entre un factor elemental de la psicología humana y el fenómeno de la elección ética. Es evadir el problema central de la ética, a saber,: ¿Qué motiva al hombre?
Un egoísmo genuino, es decir, una auténtica preocupación por descubrir qué es lo que favorece el interés personal, la aceptación de la responsabilidad de lograrlo, la negativa a traicionar jamás esa meta actuando por ciegos caprichos, impulsos o sentimientos momentáneos, una lealtad sin compromisos con los juicios, convicciones y valores propios, representa un profundo logro moral. Aquellos que aseguran que “todos somos egoístas” suelen presentar esa declaración como una expresión de cinismo y desprecio. Pero la verdad es que esa declaración le hace a la humanidad un cumplido que no merece.
Cuatro consideraciones interrelacionadas
Algunos estudiantes del objetivismo consideran difícil entender el principio objetivista de que “no existen conflictos de intereses entre los hombres racionales”. Una pregunta clásica es la siguiente: “Supongamos que dos hombres se presentan para obtener el mismo empleo. Sólo uno de ellos puede ocupar el puesto. ¿No es esto un ejemplo de un conflicto de intereses, y no se beneficiará uno de ellos a expensas del sacrificio del otro?”.
Hay cuatro consideraciones interrelacionadas, involucradas en la visión de todo hombre racional en lo que respecta a sus intereses, que son ignoradas o evadidas en la pregunta anterior y en todas las instancias similares. Las designaré como: a) la realidad; b) el contexto; c) la responsabilidad, y d) el esfuerzo.
a) La realidad. El término “intereses” es una abstracción que abarca todo el campo de la ética e incluye las cuestiones de los valores del hombre, sus deseos, sus metas y el logro de éstas en la realidad. Los “intereses” de un hombre dependen del tipo de metas que elige tratar de alcanzar, su elección de metas depende de sus deseos, sus deseos dependen de sus valores y, para un hombre racional, sus valores dependen de los juicios de su mente.
Los deseos (o sentimientos, o emociones, o anhelos, o caprichos) no son herramientas de la cognición; no constituyen un criterio de valor válido, ni tampoco un criterio válido de los intereses humanos. El mero hecho de que un hombre desee algo no constituye prueba de que el objeto de su deseo sea bueno, ni de que lograrlo sea realmente conveniente para su interés.
Afirmar que los intereses de una persona son sacrificados cada vez que uno de sus deseos se ve frustrado es tener una visión subjetivista de los valores e intereses del ser humano. Significa que creer es correcto, moral y posible para el hombre alcanzar sus metas haciendo caso omiso de si contradicen o no los hechos de realidad, lo cual equivale a sostener un punto de vista irracional o místico de la existencia. Y esto significa que no merece una consideración ulterior.
Al elegir sus metas (lo valores específicos que busca obtener y/o mantener), lo que guía a un hombre racional son sus pensamientos (a través del proceso de raciocinio), y no sus sentimientos o deseos. No considera a los deseos como factores primarios, irreductibles, como lo que está dado, lo que se halla irremediablemente destinado a perseguir. No considera que el “porque yo lo quiero” o “porque así lo siento” sea causa y validación suficiente de sus acciones. Elige y/o identifica a sus deseos a través de un proceso de razonamiento, y no actúa para realizar un deseo hasta que, y a menos que, se considere racionalmente capacitado para validadrlo dentro del pleno contexto de su conocimiento, y de sus otros valores y metas. No actúa hasta que está capacitado para decir: “Yo lo quiero porque es lo correcto”.
La Ley de la Identidad (A es A) es la suprema consideración que puede efectuar un hombre racional en el proceso de determiner sus intereses. Sabe que lo contradictorio es lo imposible, que una contradicción no puede lograrse en el contexto de la realidad y que el intento de lograrla solo puede llevar al desastre y a la destrucción. En concecuencia, no se permite sostener valores contradictorios, perseguir metas contradictorias o imaginar que la prosecución de una contradicción puede ser conveniente para su interés.
Sólo un “irracionalista” (o un místico , o un subjetivista, categoría esta en la que sitúo a todos aquellos que consideran que a la fe, a los sentimientos o a los deseos como el criterio de valoración del hombre) vive en un perpetuo conflicto de “intereses”. Sus pretendidos intereses no solamente están en conflicto con los otros hombres, sino que también lo están entre sí.
A nadie le resulta difícil apartar de toda consideración filosófica el problema del hombre que se queja de que la vida lo ha atrapado en un conflicto irreconciliable, porque no puede no puede comer la torta y tenerla al mismo tiempo. Ese problema no adquiere validez intelectual cuando se lo amplia hasta involucrar a algo más que una torta: el extenderlo a todo el Universo, como en las doctrinas del existencialismo, o únicamente a unos pocos caprichos y evasiones fortuitas, como ocurre en la consideración que la mayoria de las personas hace de sus intereses.
Cuando alguien llega al grado de afirmar que los intereses de los hombres están en conflicto con la realidad, el concepto “intereses” deja de tener significado, y el problema de esa persona deja de ser filosófico para tornarse psicológico.
b) El contexto. Así como un hombre racional no sustenta convicción alguna fuera de contexto, es decir, sin relacionarla con el resto de sus conocimientos resolviendo toda posible contradicción, tampos sostiene ni persigue deseo alguno que esté fuera de contexto.
Desechar el contexto es una de las principales herramientas psicológicas de evasión. En lo que respecta a los deseos personales, hay dos formas básicas de deschar el contexto: las cuestiones de alcance y las de medios.
Un hombre racional considera sus intereses en términos de toda una vida, y selecciona sus metas en concecuencia. Esto no significa que debe ser omnisciente, infalible o clarividente. Significa que no vive su vida por trechos ni anda errante como un vagabundo, empujado por la necesidad del momento dado como separado del contexto del resto de su vida, y que no permite conflicto o contradicciones entre sus intereses a largo plazo. No se convierte en su propio destructor, al perseguir hoy un deseo que mañana echará por tierra todos sus valores.
Un hombre racional no se complace en vanos anhelos dirigidos a fines divorciados de los medios de que dispone. No se aferra a un deseo sin conocer (o aprender) y sin considerar los medios por los cuales podrá alcanzarlo. Dado que saber que la naturaleza no otorga al hombre la satisfacción automática de sus deseos, que sus metas y sus valores deben ser logrados por su propio esfuerzo, que las vidas y los esfuerzos de otros hombres no son de su propiedad ni están a su disposición para servir a sus deseos, un hombre racional no desea cosas ni persigue metas que no puede obtener, directa o indirectamente, a través de su propio esfuerzo.
A partir de un entendimientos correcto de este “indirectamente”, es donde comienza la crucial cuestión social.
El hecho de vivir en sociedad, en lugar de hacerlo en una isla desierta, no libera al hombre de la responsabilidad de mantener su propia vida. La única diferencia reside en que lo hace intercambiando (comerciando) sus productos o servicios por los productos y servicios de otros. Y, en este proceso de intercambio comercial, un hombre racional no busca ni desea más, ni tampoco menos, que lo que puede ganar con su propio esfuerzo. ¿Quién determina sus ganancias? El mercado libre, es decir : la elección y el juicio voluntarios de los hombres que están dispuestos a intercambiar con él sus propios esfuerzos.
Cuando un hombre comercia con otros cuenta, explícita o implícitamente, con su racionalidad, es decir, con su habilidad para identificar el valor de su trabajo. (Un comercio basado en cualquier otra premisa es una estafa o un fraude). En concecuencia, cuando un hombre racional persigue una meta en una sociedad libre, no se pone a merced de los caprichos, favores o prejuicios de los demás; no depende de nada excepto de su propio esfuerzo: directamente, al efectuar un trabajo con valor objetivo; indirectamente, a través de la evaluación objetiva de su trabajo por parte de los demás.
En este sentido, un hombre racional jamás desea algo o persigue una meta, que no pueda alcanzar a través de su propio esfuerzo. Intercambia un valor por otro. Nunca busca ni desea lo que no ha ganado. Si trata de lograr un objetivo que requiere la cooperación de muchas personas, jamás contará con otra cosa que no sea su capacidad para persuadirlas y lograr su acuerdo voluntario.
Obviamente, un hombre racional jamás distorsiona ni corrompe sus propios criterios y su juicio para apelar a la irracionalidad, la estupidez o la deshonestidad de otros. Sabe que ese curso de acción es suicida. Sabe que la única posibilidad práctica de alcanzar cualquier grado de éxito, o cualquier cosa que se pueda humanamente desear, reside en tratar con quienes son racionales, sean muchos o pocos. Si. En cualquier circunstancia dada, es posible obtener alguna victoria, solo la razón podrá alcanzarla. Y en una sociedad libre, e independiente de cuán arduo pueda ser el esfuerzo, es la razón la que gana en última instancia.
Puesto que nunca desecha el contexto de las cuestiones que trata, el hombre racional acepta el hecho de que el esfuerzo que debe realizar es en su propio interés porque sabe que la libertad es de su interés. Sabe que la lucha por obtener sus valores incluye la posibilidad de la derrota, y también que no hay alternativa ni garantía automática de éxito por el esfuerzo humano, sea que trate con la naturaleza o con otros hombres. En concecuencia, no juzga sus intereses por una derrota en particular, ni por el alcance de un momento dado. Vive y juzga a largo plazo, y asume la plena responsabilidad de saber qué condiciones son necesarias para alcanzar sus metas.
c) La responsabilidad. Ésta es la forma particular de responsabilidad intelectual que la mayor parte de las personas evade. Esa evasión es la causa principal de sus frustaciones y fracasos.
La mayoría de las personas tiene deseos descontextualizados, como si fueran metas sueltas suspendidas sobre un nebuloso vacío. Sólo se elevan mentalmente lo suficiente para decir: “Yo deseo”, y allí se detienen, esperando, cual si el resto dependiese de algún poder desconocido. Lo que evaden es la responsabilidad de juzgar al mundo social. Toman al mundo como dado. La esencia más profunda de su actitud es “Éste es un mundo que yo no hice”, y solo buscan adecuarse sin críticas a los incomprensibles requerimientos de los incognoscibles otros que hicieron el mundo, quienesquiera que fuesen. Pero la humildad y la vanidad son las dos caras de la misma moneda psicológica. En la disposición a ponerse ciegamente a merced de los demás se halla implícito el privilegio de hacer ciegas demandas a sus amos.
Este tipo de “humildad metafísica” se revela de infinitas maneras. Por ejemplo, el hombre que desea ser rico, pero jamás se detiene a pensar para poder descubrir, los medios, acciones y condiciones que se requieren para alcanzar la riqueza. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo, y nadie le dio nunca una oportunidad.
También podemos citar como ejemplo a la joven que desea ser amada pero no piensa jamás en descubrir qué es el amor, qué valores requiere, o si ella posee alguna virtud por la cual merezca que se le ame. ¿Quién es ella para juzgar? Siente que el amor es un beneficio inexplicable, de manera que se limita a anhelarlo, sintiendo que alguien le ha robado la parte que le correspondía en la distribución de los beneficios.
Existen padres que sufren, en forma profunda y genuina, porque su hijo no los ama y que, simultáneamente, ignoran, se oponen o intentan destruir todo lo que conocen sobre las convicciones, valores e ilusiones de aquél, sin pensar jamás en la conexión entre estos dos hechos y sin hacer esfuerzo alguno para comprenderlo. El mundo que no hicieron, y al que no se atreven a desafiar, les ha dicho que los hijos aman a sus padres de forma automática.
Otro ejemplo es el del hombre desea obtener un trabajo, pero ni siquiera piensa en descubrir las aptitudes que ese trabajo exige o cuál esl el modo de hacerlo bien. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo. Alguien le debe una forma de ganarse la vida. ¿Cómo? De alguna manera.
Un arquitecto europeo a quien conocí me comentó cierta vez acerca de su viaje a Puerto Rico. Describió, con gran indignación hacia el mundo en general, las miserables condiciones de vida de los puertorriqueños. Luego se explayó sobre las maravillas que la construcción moderna podría hacer por ellos, con los cuales había soñado despierto, incluyendo heladeras eléctricas y cuartos de baño azulejados. Yo le pregunté: “¿Quién pagará por todo eso?” Contestó, con voz ronca, levemente ofendido: “Oh, no soy yo quien tiene que preocuparse pore so. La mision de un arquitecto se limita a proyectar lo que deberá hacerse. Deje que otro se preocupe por el problema del dinero”.
Ésa es la psicología en la que se han originado todas las “reformas sociales”, los “Estados benefactores”, los “nobles experimentos” y la destrucción del mundo.
Al abandonar la responsabilidad sobre los propios intereses y la propia vida, se abandona la responsabilidad de tener que considerar los intereses y las vidas de otros, de aquellos otros que, en cierta forma, proveerán la satisfacción de nuestros propios deseos.
Todo aquel que permita que un “de alguna manera” forme parte de su perspectiva para el logro de sus deseos es culpable de esa “humildad metafísica” que, psicológicamente, es la premisa de un parásito. Como lo señalara Nathaniel Branden en una de sus conferencias, “de alguna manera” siempre significa “alguien”.
d) El esfuerzo. Dado que un hombre racional sabe que el ser humano debe alcanzar sus metas mediante su propio esfuerzo, sabe también que ni la riqueza, ni los empleos, ni valor humano alguno existen en una cantidad dada, limitada y estática, esperando ser repartidos. Sabe que todos los beneficios deben producirse, que la ganancia de un hombre no significa la pérdida para algún otro, que el logro de cada ser humano no se consigue a costa de aquellos que no lo obtuvieron.
En concecuencia, jamás imagina que posee algún tipo de derecho unilateral e inmerecido sobre hombre alguno, y nunca dejará sus intereses a merced de nadie o de ningún factor concreto.
Podrá necesitar clientes, pero no un cliente en particular; podrá necesitar compradores, pero no un comprador en particular; podrá necesitar un empleo, pero no un empleo en particular. Si encuentra competencia, la enfrentará o elegirá otro tipo de trabajo. No hay ocupación tan poco importante que su desempeño mejor y más hábil pase inadvertido o deje de ser apreciado; no en una sociedad libre. Pregúntese a cualquier gerente de empresa.
Únicamente los representantes pasivos, los parasitarios integrantes de la escuela de la “metefísica de la humildad”, consideran a todo competidor como una amenaza, porque el pensamiento de ganarse una posición debido a su mérito personal no forma parte de su enfoque de la vida. Se consideran a sí mismos como mediocridades intercambiables que nada tienen que ofrecer y que luchan, en un Universo “estático”, por obtener favores de alguien sin causa que los justifique.
Un hombre racional sabe que no vive según la “suerte”, la “oportunidad” o los favores, que no existe algo como “por una sola vez” o una única oportunidad, y que eso está garantizado precisamente por la existencia de la competencia. No considera ninguna meta o valor específico y concreto como irreemplazable. Sabe que las únicas personas irreemplazables son aquellas a quien ama.
También sabe que no existen conflictos de intereses entre hombres racionales, aun en lo que respecta al amor. Al igual que cualquier otro valor, el amor no es una cantidad estática disponible que puede ser dividida, sino una respuesta ilimitada y existente que debe ser ganada.
El amor por un amigo no amenaza el amor que podamos sentir por otro, y tampoco lo hace el amor hacia cada uno de los varios miembros de una familia, siempre que se lo hayan ganado. La forma más exclusiva, el amor romántico, no es una cuestión de competencia. Si dos hombres aman a la misma mujer, lo que ésta sienta por uno de ellos no está determinado por lo que siente por el otro, el sentimiento hacia uno no le es quitado al sentimiento que tiene por el otro. Si elige a uno de ellos, el “perdedor”nunca podría haber obtenido lo que “gano” el vencedor.
Únicamente entre las personas irracionales, a las que solo motiva la emoción, y cuyo amor se encuentra divorciado de toda norma de valoración, pueden existir rivalidades, conflictos accidentals y elecciones ciegas. Pero entonces, quienquiera que gane no gana mucho. Entre aquellos que son motivados solo por la emoción, ni el amor ni niguna otra emoción puede tener significado alguno.
Tales son, en esencia, las cuatro principales consideraciones en el enfoque que un hombre racional tiene de sus intereses.
Ahora retornemos a la cuestión planteada originalmente sobre los dos hombres que pretenden al mismo empleo y observemos de qué modo ignora estas cuatro consideraciones o se opone a ellas.
a) La realidad. El mero hecho de que dos hombres deseen el mismo puesto no prueba que alguno de ellos
esté capacitado para él o que lo merezca, ni que sus intereses se vean perjudicados si no lo obtiene.
b) El contexto. Ambos hombres deben saber que si desean un puesto, lo único que posibilita su meta es la existencia de una empresa comercial capacitada para proveer empleos; que esa empresa requiere que haya más de un aspirante para cualquier puesto disponible; que si existiese un solo postulante, no obtendría el puesto, ya que la empresa no sería competente para funcionar; y que la competencia que existe entre los dos para obtener el empleo es positiva para ambos, aun cuando uno de ellos pierda en ese encuentro en particular.
c) La responsabilidad. Ningún hombre tiene el derecho moral de declarar que él no quiere considerar todos esos factores, que lo único que desea es ese empleo. No tiene título valedero para desear, “interes” alguno, sin saber a qué está obligado para ocupar ese puesto y hacer que su deseo esté respaldado por una posibilidad cierta.
d) El esfuerzo. Quienquiera que obtenga el empleo, se lo ha ganado (asumiendo que la elección efectuada por el empleador sea racional). Este beneficio se debe a su propio mérito y no al “sacrificio” del otro, que nunca tuvo derecho alguno al puesto en cuestión. El hecho de no darle a un hombre lo que nunca le perteneció difícilmente puede describirse como “sacrificio de sus intereses. Todo lo discutido aquí se aplica únicamente a la relación entre hombres racionales, y sólo a una sociedad libre. En este tipo de sociedad no es necesario tratar con quienes son irracionales. Se tiene la libertad de evitarlos.
“En una sociedad carente de libertad no existe, para nadie, la posibilidad de perseguir interés alguno; nada es posible en ella, si se exceptúa una gradual y general destrucción”.
Hay cuatro consideraciones interrelacionadas, involucradas en la visión de todo hombre racional en lo que respecta a sus intereses, que son ignoradas o evadidas en la pregunta anterior y en todas las instancias similares. Las designaré como: a) la realidad; b) el contexto; c) la responsabilidad, y d) el esfuerzo.
a) La realidad. El término “intereses” es una abstracción que abarca todo el campo de la ética e incluye las cuestiones de los valores del hombre, sus deseos, sus metas y el logro de éstas en la realidad. Los “intereses” de un hombre dependen del tipo de metas que elige tratar de alcanzar, su elección de metas depende de sus deseos, sus deseos dependen de sus valores y, para un hombre racional, sus valores dependen de los juicios de su mente.
Los deseos (o sentimientos, o emociones, o anhelos, o caprichos) no son herramientas de la cognición; no constituyen un criterio de valor válido, ni tampoco un criterio válido de los intereses humanos. El mero hecho de que un hombre desee algo no constituye prueba de que el objeto de su deseo sea bueno, ni de que lograrlo sea realmente conveniente para su interés.
Afirmar que los intereses de una persona son sacrificados cada vez que uno de sus deseos se ve frustrado es tener una visión subjetivista de los valores e intereses del ser humano. Significa que creer es correcto, moral y posible para el hombre alcanzar sus metas haciendo caso omiso de si contradicen o no los hechos de realidad, lo cual equivale a sostener un punto de vista irracional o místico de la existencia. Y esto significa que no merece una consideración ulterior.
Al elegir sus metas (lo valores específicos que busca obtener y/o mantener), lo que guía a un hombre racional son sus pensamientos (a través del proceso de raciocinio), y no sus sentimientos o deseos. No considera a los deseos como factores primarios, irreductibles, como lo que está dado, lo que se halla irremediablemente destinado a perseguir. No considera que el “porque yo lo quiero” o “porque así lo siento” sea causa y validación suficiente de sus acciones. Elige y/o identifica a sus deseos a través de un proceso de razonamiento, y no actúa para realizar un deseo hasta que, y a menos que, se considere racionalmente capacitado para validadrlo dentro del pleno contexto de su conocimiento, y de sus otros valores y metas. No actúa hasta que está capacitado para decir: “Yo lo quiero porque es lo correcto”.
La Ley de la Identidad (A es A) es la suprema consideración que puede efectuar un hombre racional en el proceso de determiner sus intereses. Sabe que lo contradictorio es lo imposible, que una contradicción no puede lograrse en el contexto de la realidad y que el intento de lograrla solo puede llevar al desastre y a la destrucción. En concecuencia, no se permite sostener valores contradictorios, perseguir metas contradictorias o imaginar que la prosecución de una contradicción puede ser conveniente para su interés.
Sólo un “irracionalista” (o un místico , o un subjetivista, categoría esta en la que sitúo a todos aquellos que consideran que a la fe, a los sentimientos o a los deseos como el criterio de valoración del hombre) vive en un perpetuo conflicto de “intereses”. Sus pretendidos intereses no solamente están en conflicto con los otros hombres, sino que también lo están entre sí.
A nadie le resulta difícil apartar de toda consideración filosófica el problema del hombre que se queja de que la vida lo ha atrapado en un conflicto irreconciliable, porque no puede no puede comer la torta y tenerla al mismo tiempo. Ese problema no adquiere validez intelectual cuando se lo amplia hasta involucrar a algo más que una torta: el extenderlo a todo el Universo, como en las doctrinas del existencialismo, o únicamente a unos pocos caprichos y evasiones fortuitas, como ocurre en la consideración que la mayoria de las personas hace de sus intereses.
Cuando alguien llega al grado de afirmar que los intereses de los hombres están en conflicto con la realidad, el concepto “intereses” deja de tener significado, y el problema de esa persona deja de ser filosófico para tornarse psicológico.
b) El contexto. Así como un hombre racional no sustenta convicción alguna fuera de contexto, es decir, sin relacionarla con el resto de sus conocimientos resolviendo toda posible contradicción, tampos sostiene ni persigue deseo alguno que esté fuera de contexto.
Desechar el contexto es una de las principales herramientas psicológicas de evasión. En lo que respecta a los deseos personales, hay dos formas básicas de deschar el contexto: las cuestiones de alcance y las de medios.
Un hombre racional considera sus intereses en términos de toda una vida, y selecciona sus metas en concecuencia. Esto no significa que debe ser omnisciente, infalible o clarividente. Significa que no vive su vida por trechos ni anda errante como un vagabundo, empujado por la necesidad del momento dado como separado del contexto del resto de su vida, y que no permite conflicto o contradicciones entre sus intereses a largo plazo. No se convierte en su propio destructor, al perseguir hoy un deseo que mañana echará por tierra todos sus valores.
Un hombre racional no se complace en vanos anhelos dirigidos a fines divorciados de los medios de que dispone. No se aferra a un deseo sin conocer (o aprender) y sin considerar los medios por los cuales podrá alcanzarlo. Dado que saber que la naturaleza no otorga al hombre la satisfacción automática de sus deseos, que sus metas y sus valores deben ser logrados por su propio esfuerzo, que las vidas y los esfuerzos de otros hombres no son de su propiedad ni están a su disposición para servir a sus deseos, un hombre racional no desea cosas ni persigue metas que no puede obtener, directa o indirectamente, a través de su propio esfuerzo.
A partir de un entendimientos correcto de este “indirectamente”, es donde comienza la crucial cuestión social.
El hecho de vivir en sociedad, en lugar de hacerlo en una isla desierta, no libera al hombre de la responsabilidad de mantener su propia vida. La única diferencia reside en que lo hace intercambiando (comerciando) sus productos o servicios por los productos y servicios de otros. Y, en este proceso de intercambio comercial, un hombre racional no busca ni desea más, ni tampoco menos, que lo que puede ganar con su propio esfuerzo. ¿Quién determina sus ganancias? El mercado libre, es decir : la elección y el juicio voluntarios de los hombres que están dispuestos a intercambiar con él sus propios esfuerzos.
Cuando un hombre comercia con otros cuenta, explícita o implícitamente, con su racionalidad, es decir, con su habilidad para identificar el valor de su trabajo. (Un comercio basado en cualquier otra premisa es una estafa o un fraude). En concecuencia, cuando un hombre racional persigue una meta en una sociedad libre, no se pone a merced de los caprichos, favores o prejuicios de los demás; no depende de nada excepto de su propio esfuerzo: directamente, al efectuar un trabajo con valor objetivo; indirectamente, a través de la evaluación objetiva de su trabajo por parte de los demás.
En este sentido, un hombre racional jamás desea algo o persigue una meta, que no pueda alcanzar a través de su propio esfuerzo. Intercambia un valor por otro. Nunca busca ni desea lo que no ha ganado. Si trata de lograr un objetivo que requiere la cooperación de muchas personas, jamás contará con otra cosa que no sea su capacidad para persuadirlas y lograr su acuerdo voluntario.
Obviamente, un hombre racional jamás distorsiona ni corrompe sus propios criterios y su juicio para apelar a la irracionalidad, la estupidez o la deshonestidad de otros. Sabe que ese curso de acción es suicida. Sabe que la única posibilidad práctica de alcanzar cualquier grado de éxito, o cualquier cosa que se pueda humanamente desear, reside en tratar con quienes son racionales, sean muchos o pocos. Si. En cualquier circunstancia dada, es posible obtener alguna victoria, solo la razón podrá alcanzarla. Y en una sociedad libre, e independiente de cuán arduo pueda ser el esfuerzo, es la razón la que gana en última instancia.
Puesto que nunca desecha el contexto de las cuestiones que trata, el hombre racional acepta el hecho de que el esfuerzo que debe realizar es en su propio interés porque sabe que la libertad es de su interés. Sabe que la lucha por obtener sus valores incluye la posibilidad de la derrota, y también que no hay alternativa ni garantía automática de éxito por el esfuerzo humano, sea que trate con la naturaleza o con otros hombres. En concecuencia, no juzga sus intereses por una derrota en particular, ni por el alcance de un momento dado. Vive y juzga a largo plazo, y asume la plena responsabilidad de saber qué condiciones son necesarias para alcanzar sus metas.
c) La responsabilidad. Ésta es la forma particular de responsabilidad intelectual que la mayor parte de las personas evade. Esa evasión es la causa principal de sus frustaciones y fracasos.
La mayoría de las personas tiene deseos descontextualizados, como si fueran metas sueltas suspendidas sobre un nebuloso vacío. Sólo se elevan mentalmente lo suficiente para decir: “Yo deseo”, y allí se detienen, esperando, cual si el resto dependiese de algún poder desconocido. Lo que evaden es la responsabilidad de juzgar al mundo social. Toman al mundo como dado. La esencia más profunda de su actitud es “Éste es un mundo que yo no hice”, y solo buscan adecuarse sin críticas a los incomprensibles requerimientos de los incognoscibles otros que hicieron el mundo, quienesquiera que fuesen. Pero la humildad y la vanidad son las dos caras de la misma moneda psicológica. En la disposición a ponerse ciegamente a merced de los demás se halla implícito el privilegio de hacer ciegas demandas a sus amos.
Este tipo de “humildad metafísica” se revela de infinitas maneras. Por ejemplo, el hombre que desea ser rico, pero jamás se detiene a pensar para poder descubrir, los medios, acciones y condiciones que se requieren para alcanzar la riqueza. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo, y nadie le dio nunca una oportunidad.
También podemos citar como ejemplo a la joven que desea ser amada pero no piensa jamás en descubrir qué es el amor, qué valores requiere, o si ella posee alguna virtud por la cual merezca que se le ame. ¿Quién es ella para juzgar? Siente que el amor es un beneficio inexplicable, de manera que se limita a anhelarlo, sintiendo que alguien le ha robado la parte que le correspondía en la distribución de los beneficios.
Existen padres que sufren, en forma profunda y genuina, porque su hijo no los ama y que, simultáneamente, ignoran, se oponen o intentan destruir todo lo que conocen sobre las convicciones, valores e ilusiones de aquél, sin pensar jamás en la conexión entre estos dos hechos y sin hacer esfuerzo alguno para comprenderlo. El mundo que no hicieron, y al que no se atreven a desafiar, les ha dicho que los hijos aman a sus padres de forma automática.
Otro ejemplo es el del hombre desea obtener un trabajo, pero ni siquiera piensa en descubrir las aptitudes que ese trabajo exige o cuál esl el modo de hacerlo bien. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo. Alguien le debe una forma de ganarse la vida. ¿Cómo? De alguna manera.
Un arquitecto europeo a quien conocí me comentó cierta vez acerca de su viaje a Puerto Rico. Describió, con gran indignación hacia el mundo en general, las miserables condiciones de vida de los puertorriqueños. Luego se explayó sobre las maravillas que la construcción moderna podría hacer por ellos, con los cuales había soñado despierto, incluyendo heladeras eléctricas y cuartos de baño azulejados. Yo le pregunté: “¿Quién pagará por todo eso?” Contestó, con voz ronca, levemente ofendido: “Oh, no soy yo quien tiene que preocuparse pore so. La mision de un arquitecto se limita a proyectar lo que deberá hacerse. Deje que otro se preocupe por el problema del dinero”.
Ésa es la psicología en la que se han originado todas las “reformas sociales”, los “Estados benefactores”, los “nobles experimentos” y la destrucción del mundo.
Al abandonar la responsabilidad sobre los propios intereses y la propia vida, se abandona la responsabilidad de tener que considerar los intereses y las vidas de otros, de aquellos otros que, en cierta forma, proveerán la satisfacción de nuestros propios deseos.
Todo aquel que permita que un “de alguna manera” forme parte de su perspectiva para el logro de sus deseos es culpable de esa “humildad metafísica” que, psicológicamente, es la premisa de un parásito. Como lo señalara Nathaniel Branden en una de sus conferencias, “de alguna manera” siempre significa “alguien”.
d) El esfuerzo. Dado que un hombre racional sabe que el ser humano debe alcanzar sus metas mediante su propio esfuerzo, sabe también que ni la riqueza, ni los empleos, ni valor humano alguno existen en una cantidad dada, limitada y estática, esperando ser repartidos. Sabe que todos los beneficios deben producirse, que la ganancia de un hombre no significa la pérdida para algún otro, que el logro de cada ser humano no se consigue a costa de aquellos que no lo obtuvieron.
En concecuencia, jamás imagina que posee algún tipo de derecho unilateral e inmerecido sobre hombre alguno, y nunca dejará sus intereses a merced de nadie o de ningún factor concreto.
Podrá necesitar clientes, pero no un cliente en particular; podrá necesitar compradores, pero no un comprador en particular; podrá necesitar un empleo, pero no un empleo en particular. Si encuentra competencia, la enfrentará o elegirá otro tipo de trabajo. No hay ocupación tan poco importante que su desempeño mejor y más hábil pase inadvertido o deje de ser apreciado; no en una sociedad libre. Pregúntese a cualquier gerente de empresa.
Únicamente los representantes pasivos, los parasitarios integrantes de la escuela de la “metefísica de la humildad”, consideran a todo competidor como una amenaza, porque el pensamiento de ganarse una posición debido a su mérito personal no forma parte de su enfoque de la vida. Se consideran a sí mismos como mediocridades intercambiables que nada tienen que ofrecer y que luchan, en un Universo “estático”, por obtener favores de alguien sin causa que los justifique.
Un hombre racional sabe que no vive según la “suerte”, la “oportunidad” o los favores, que no existe algo como “por una sola vez” o una única oportunidad, y que eso está garantizado precisamente por la existencia de la competencia. No considera ninguna meta o valor específico y concreto como irreemplazable. Sabe que las únicas personas irreemplazables son aquellas a quien ama.
También sabe que no existen conflictos de intereses entre hombres racionales, aun en lo que respecta al amor. Al igual que cualquier otro valor, el amor no es una cantidad estática disponible que puede ser dividida, sino una respuesta ilimitada y existente que debe ser ganada.
El amor por un amigo no amenaza el amor que podamos sentir por otro, y tampoco lo hace el amor hacia cada uno de los varios miembros de una familia, siempre que se lo hayan ganado. La forma más exclusiva, el amor romántico, no es una cuestión de competencia. Si dos hombres aman a la misma mujer, lo que ésta sienta por uno de ellos no está determinado por lo que siente por el otro, el sentimiento hacia uno no le es quitado al sentimiento que tiene por el otro. Si elige a uno de ellos, el “perdedor”nunca podría haber obtenido lo que “gano” el vencedor.
Únicamente entre las personas irracionales, a las que solo motiva la emoción, y cuyo amor se encuentra divorciado de toda norma de valoración, pueden existir rivalidades, conflictos accidentals y elecciones ciegas. Pero entonces, quienquiera que gane no gana mucho. Entre aquellos que son motivados solo por la emoción, ni el amor ni niguna otra emoción puede tener significado alguno.
Tales son, en esencia, las cuatro principales consideraciones en el enfoque que un hombre racional tiene de sus intereses.
Ahora retornemos a la cuestión planteada originalmente sobre los dos hombres que pretenden al mismo empleo y observemos de qué modo ignora estas cuatro consideraciones o se opone a ellas.
a) La realidad. El mero hecho de que dos hombres deseen el mismo puesto no prueba que alguno de ellos
esté capacitado para él o que lo merezca, ni que sus intereses se vean perjudicados si no lo obtiene.
b) El contexto. Ambos hombres deben saber que si desean un puesto, lo único que posibilita su meta es la existencia de una empresa comercial capacitada para proveer empleos; que esa empresa requiere que haya más de un aspirante para cualquier puesto disponible; que si existiese un solo postulante, no obtendría el puesto, ya que la empresa no sería competente para funcionar; y que la competencia que existe entre los dos para obtener el empleo es positiva para ambos, aun cuando uno de ellos pierda en ese encuentro en particular.
c) La responsabilidad. Ningún hombre tiene el derecho moral de declarar que él no quiere considerar todos esos factores, que lo único que desea es ese empleo. No tiene título valedero para desear, “interes” alguno, sin saber a qué está obligado para ocupar ese puesto y hacer que su deseo esté respaldado por una posibilidad cierta.
d) El esfuerzo. Quienquiera que obtenga el empleo, se lo ha ganado (asumiendo que la elección efectuada por el empleador sea racional). Este beneficio se debe a su propio mérito y no al “sacrificio” del otro, que nunca tuvo derecho alguno al puesto en cuestión. El hecho de no darle a un hombre lo que nunca le perteneció difícilmente puede describirse como “sacrificio de sus intereses. Todo lo discutido aquí se aplica únicamente a la relación entre hombres racionales, y sólo a una sociedad libre. En este tipo de sociedad no es necesario tratar con quienes son irracionales. Se tiene la libertad de evitarlos.
“En una sociedad carente de libertad no existe, para nadie, la posibilidad de perseguir interés alguno; nada es posible en ella, si se exceptúa una gradual y general destrucción”.
jueves, 25 de diciembre de 2008
El misticismo y autosacrificio.
El criterio de la salud mental, el funcionamiento mental biológicamente adecuado, es el mísmo que se aplíca a la salud física: la supervivencia del hombre y su bienestar. Una mente será sana mientras su método de funcionamiento sea tal que proporcione al hombre el control sobre la realidad que el mantenimiento y la protección de su vida requieren.
La señal distintiva de este control es la autoestima, consecuencia, expresión y recompensa de una mente comprometida con la razón, es decir, que responde y confía exclusivamente en la razón. La razón, la facultad que identifica e integra el material provísto por los sentidos, es la herramienta de la supervivencia básica del hombre. El compromiso con la razón es el compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, con la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, con el principio de que las acciones personales deben ser coherentes con las convicciones, de que uno nunca debe intentar falsear la realidad ni situar consideración alguna por encima de ella, de que jamás debe permitirse contradicciones, ni intentar subvertir o sabotear las funciones correctas de la conciencia: percepción, obtención de conocimientos y control de las acciones.
Una conciencia no obstruida, integrada, pensante, es una conciencia sana. Una conciencia bloqueada, que se evade, que está desgarrada entre conflictos, segmentada y enfrentada consigo misma, una conciencia desintegrada por el miedo o inmovilizada por la depresión,, disociada de la realidad, es una conciencia enferma.
Para ser capaz de manejar los hechos de la realidad, para procurar y lograr los valores que requiere su vida, el hombre necesita su autoestima: necesita tener confianza en su eficacia y en su valor.
La ansiedad y el sentimiento de culpa, antítesis de la autoestima y signos inconfundibles de una mente enferma, son desintegradores del pensamiento, distorsionadores de los valores y factores paralizantes de la acción.
Cuando un hombre se estima a sí mismo elige sus valores y fijas sus metas, cuando diseña sus propósitos a largo plazo, que darán unidad y guía a sus acciones, está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cuál transitará su vida. Un puente que esta sostenido por la convicción de que su mente tiene la capacidad requerida para pensar, juzgar, y valorar, y que él es digno de disfrutar esos valores.
Este sentido de control sobre la realidad no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales. No depende de determinados éxitos o fracasos en particular. Refleja la relación fundamental que se tiene con la realidad, la convicción de que se poseen la eficacia y el valor fundamentales. Refleja la certeza de que, en esencia y en principio, se es apto para la realidad. La autoestima es una estimación metafísica.
Este es el estado psicológico que la moralidad tradicional torna imposible, en la medida en que el hombre la acepte. Ni el misticismo ni el credo del autosacrificio son compatibles con una mente sana ni con la autoestima. Estas doctrinas son existencial y psicológicamente destructivas.
1. Para el mantenimiento de su vida y el logro de su
autoestima, el hombre necesita el ejercicio pleno de su razón; no obstante, se le enseña que la moralidad requiere la fe y descansa en ella. La fe es la entrega de la conciencia personal a creencias de las cuales no hay evidencia sensorial ni prueba racional.
Cuando el hombre rechaza la razón como su criterio de juicio, el único criterio al que puede recurrir son sus sentimientos. Un místico es un hombre que trata a sus sentimientos como herramientas de cognición. La fe es la equiparación de los sentimientos con el conocimiento.
Para practicar la “virtud” de la fe, un hombre debe estar dispuesto a abandonar su objetividad y su capacidad de juicio: a vivir con lo ininteligíble, con aquello que no se puede conceptualizar ni integrar con el resto de sus conocimientos; debe inducir una ilusion de raciocinio parecido a un estado de trance.
Debe estar dispuesto a reprimir su facultad de crítica, conciderándola una culpa, a ahogar toda pregunta que surja como protesta; debe sofocar todo resurgimiento de la razón que busque, convulsivamente, asumir la función que le corresponde como protector de su vida y de la integridad de su conocimiento.
Recuérdese que la totalidad del conocimiento humano, y todos sus conceptos, tienen una estructura jerárquica. El fundamento y el punto de partida del pensamiento son las percepciones sensoriales: sobre esa base forma el hombre sus primeros conceptos para, a partir de allí, continuar construyendo el edifício de sus conocimientos a través de la identificación e integración de nuevos conceptos, en una escala cada vez más amplia y más extensa.
Para que el pensamiento sea válido, este proceso debe guiarse por la lógica, “el arte de la identificación sin contradicciónes”. Todo nuevo concepto que forme el hombre debe integrarse sin contradicción a la estructura jerárquica de su conocimiento. Introducir en la conciencia cualquier idea que no pueda integrarse así, una idea no derivada de la realidad ni validada por un proceso sujeto a la razón, no sometida a examen o juicio racional y, peor aun: una idea que choque con el resto de nuestros conceptos y nuestra comprensión de la realidad, es sabotear la funcion integradora de la conciencia, socavar el resto de nuestras conviccciones y eliminar nuestra capacidad de estar seguros de cosa alguna. Éste es el sentido de la declaración de John Galt en la Rebelion de Atlas cuando dice que “el pretendido atajo hacia el conocimiento, la fe, es solo una simplificación de una invención mística equivalente al deseo de aniquilar la existencia, y, como concecuencia, aniquilar la conciencia”.
No hay mayor autoengaño que el de imaginar que se puede someter a la razón aquello que pertenece a la razón, y a la fe aquello que pertenece a la fe. La fe no puede ser circunscripta ni delimitada; ceder la conciencia un solo milímetro es rendirla en su totalidad. La razón es un absoluto para la mente o no lo es, y en ese caso, cuando la razón está ausente, tampoco hay lugar donde trazar el límite, ni principio de acuerdo con el cual trazarlo, ni barrera que la fe no puedad cruzar, ni parte alguna de la vida personal que la fe no pueda invadir. Una persona es racional hasta, y a menos que, sus sentimientos decreten otra cosa. La fe es una enfermedad maligna que ningún sistema puede tolerar impunemente, y el que sucumbe a ella requerirá su ayuda precisamente en aquellas cuestiones en las que más necesita de la razón. Cuando el hombre abandona la razón y se entrega a la fe, cuando rechaza el absolutismo de la realidad, está destruyendo las bases de su propia conciencia, y su mente se convierte en un órgano en el que ya no se puede confiar. Su mente se convierte en lo que los místicos dicen que es una herramienta de distorsión.
2. La necesidad de autoestima del hombre implica la
necesidad de poseer un sentido de control sobre la realidad. Sin embargo, ningún control es posible en un Universo que, debido a las concesiones que ha hecho el mismo hombre, incluye lo sobrenatural, lo milagroso y lo carente de causa, un Universo donde se está a la merced de fantasmas y demonios, donde se debe tratar no con lo desconocido, sino con lo incognoscible. No hay control posible si el hombre propone y un fantasma dispone; no hay control posible si el Universo es una casa embrujada.
3. La vida del hombre y su autoestima requieren que el
objetivo y la preocupación de su conciencia sean la realidad y esta Tierra, pero se le enseña que la moral consiste en despreciar esta Tierra y el mundo asequible a la percepción sensorial, para contemplar, en su lugar, una realidad “diferente” y “superior”, un reino inaccesible a la razón e incommunicable en el lenguaje común, al que se puede acceder por la revelación, por procesos dialécticos especiales, por ese estado de de lucidez intelectual que el budismo Zen considera como la “Anti-mente”, o como la muerte.
Hay sólo una realidad: aquella que la razón puede conocer. Si el hombre elige no percibirla, no habrá nada que pueda percibir; si no es consciente de este mundo, no sera consciente en absoluto.
El único resultado de la proyección mística de “otra” realidad es que incapacita psicológicamente al hombre para ésta. No fue mediante la contemplación de lo transcendental, lo inefable, lo indefinible, lo inexistente, como el hombre se elevó desde las cavernas y transformó el mundo material para que la existencia humana fuese posible sobre la tierra.
Si es una virtud renunciar a la mente, y un pecado usarla; si es una virtud aproximarse al estado mental de un esquizofrénico, y un pecado estar enfocado intelectualmente; si es una virtud despreciar esta Tierra, y un pecado trabajar y actuar; si es una virtud despreciar la vida, y un pecado sostenerla y disfrutarla, entonces no se puede tener ni autestima, ni control, ni eficacia; nada es posible más que el sentimiento de culpa y el terror de un hombre degradado atrapado en un Universo de pesadilla, un Universo creado por algún metafísico sádico que lanzó al hombre a un laberinto donde la puerta marcada con la leyenda “virtud” lleva a la autodestrucción, y aquella en la que se lee “eficacia” conduce a la propia condenación.
4. Su vida y autoestima requieren que el hombre se
enorgullezca de su capacidad de pensar, de su capacidad de vivir; sin embargo, se le enseña que la moral sostiene que el orgullo, y específicamente el orgullo intelectual, es el más grave de los pecados. Se le enseña que la virtud comienza con la humildad, con el reconocimiento de la incapacidad, la pequeñez, la impotencia de nuestra mente.
¿Es el hombre omnisapiente?, preguntan los místicos. ¿Es
infalible? Y si no lo es, ¿cómo se atreve a desafiar la palabra de Dios, o de los representantes de Dios, y erigirse en juez de cualquier cosa?
El orgullo intelectal no es una pretension de omnisapiencia o infabilidad, como los místicos quieren implicar en forma absurda, sino todo lo contrario. Justamente porque el hombre debe luchar para obtener sus conocimientos, y dado que la búsqueda del conocimiento requiere un esfuerzo, los que asumen esa responsabilidad sienten orgullo por aquello que adquieren.
A veces coloquialmente, se interpreta que el orgullo significa pretension sobre logros que en realidad uno no ha alcanzado. Pero el fanfarron, el jactancioso, el hombre que pretende tener virtudes que no posee, no es orgulloso; meramente ha elegido la manera más humillante de revelar su humildad
El orgullo es la respuesta a la capacidad personal de alcanzar valores, el placer que se obtiene de la propia eficacia. Y es eso lo que los místicos consideran malvado.
Pero si el estado moral adecuado para el hombre es la duda, la inseguridad, el miedo, y no la confianza, la seguridad en sí mismo y la autuoestima; si su meta ha de ser el sentimiento de culpa en lugar del orgullo, entonces su ideal moral es una mente enferma y los neuróticos y psicópatas son los máximos exponentes de la moral, mientras que los que piensan y los que logran sus objetivos son los pecadores, aquellos demasiado corruptos y arrogantes para encontrar la virtud y el bienestar psicológico en la creencia de que son inadecuados para existir.
La humildad es, necesariamente, la virtud básica de una moralidad mística, la única posible para quienes han renunciado a la mente. El orgullo debe ser ganado, es la recompensa del esfuerzo y al logro. Pero para alcanzar la virtud de la humildad sólo es necesario abstenerse de pensar; no se requiere otra cosa, y uno no tardará en sentirse humilde.
5. Su vida y autoestima requieren que el hombre sea leal a
sus valores, a su mente y juicio, a su vida. Lo que se le enseña, en cambio, es que la esencia de la moralidad consiste en el autosacrificio; el sacrificio de la propia mente a una autoridad superior y el sacrificio de los valores personales a quienquiera que se sienta el derecho de reclamarlos.
No es necesario en este contexto, analizar las casi inconta
bles maldades implícitas en el autosacrificio. Su irracionalidad y destructividad han sido suficientemente expuestas en La rebelion de Atlas. Sin embargo, hay dos aspectos de la cuestión que están especialmente relacionados con el tema de la salud mental.
El primero es el hecho de que el sacrificio de sí mismo significa, y solo puede significar, el sacrificio de la mente. Tengamos presente que un sacrificio significa la renuncia de un valor superior en favor de un valor inferior o de algo sin valor. Si se entrega lo que no se valora para obtener aquello que si se valora, o si se entrega un valor menor para obtener un valor mayor, eso no es un sacrificio sino un beneficio.
Recordemos , además, que todos los valores del hombre existen dentro de un orden jerárquico; valora algunas cosas más que otras y, en la medida en que sea un ser racional, el orden jerárquico de sus valores sera racional; es decir, valorará las cosas y su bienestar. Aquello que es adverso a su vida y su bienestar, que se opone a su naturaleza y a sus necesidades como ser humano, sera considerado carente de valor.
Inversamente, la estructura distorsionada de los valores es una de las características de las enfermedades mentales; el neurótico no valora las cosas de acuerdo con su mérito objetivo en relación con su naturaleza humana y sus necesidades; con frecuencia valora aquellas que lo llevarán a su autodestrucción. Juzgado de acuerdo con criterios objetivos, vive en un proceso crónico de autosacrificio.
Pero si el sacrificio es una virtud, no es el neurótico sino el hombre racional el que tiene que ser “curado”. Debe aprender a violentar su propio juicio racional, a revertir el orden de su jerarquía de valores, a renunciar a aquello que su mente considera lo bueno, a invalidar su propia conciencia.
¿Todo lo que los místicos demandan del ser humano es que éste sacrifique su felicidad? Sacrificar la felicidad personal es sacrificar los deseos personales, sacrificar los deseos personales es sacrificar los valores personales; sacrificar los valores personales es sacrificar el juicio personal; sacrificar el juicio personal es sacrificar la propia mente, y nada menos que eso es lo que pretende y demanda el credo del autosacrificio.
La raiz del egoísmo (o sea, el interés personal) es el derecho, y la necesidad, que tiene el hombre de acuerdo con su propio juicio. Si su juicio ha de ser objeto de sacrificio, ¿qué clase de eficacia, control, ausencia de conflictos o serenidad de espiritu le sera posible al hombre?
El segundo aspecto que importa en este contexto involucra no solo al credo del autosacrificio, sino a la totalidad de los dogmas de la moralidad tradicional.
Una moralidad irracional, una moralidad que se opone a la naturaleza humana, a los hechos de la realidad y a los requerimientos de la supervivencia del hombre, necesariamente lo fuerza a aceptar la creencia de que existe un choque inevitable entre lo moral y lo práctico, que hay que elegir entre ser virtuoso o ser feliz, idealista o exitoso, pero que no se puede ser las dos cosas a la vez. Esta visión establece un conflicto desastroso al nivel más íntimo del ser humano, una dicotomía letal que lo hace trizas; lo obliga a elegir entre capacitarse para vivir o ser digno de vivir. Empero, su autoestima y salud mental exigen que alcance ambas metas.
Si el hombre sostiene que el bien es su vida sobre la Tierra, si juzga sus valores de acuerdo con el criterio de aquello que es adecuado para la existencia de un ser racional, entonces no existe choque alguno entre los requerimientos de su supervivencia y la moral, entre capacitarse para vivir o hacerse digno de vivir; logra lo segundo al alcanzar lo primero. Pero se produce un conflicto si el hombre considera que el bien reside en renunciar a esta Tierra, renunciar a la vida, a la mente, a la felicidad, al yo. Bajo una moralidad que se opone a la vida, el hombre se hace digno de vivir hasta donde se obliga a hacerse inconpetente para vivir, y hasta donde se oblige a ser capaz de vivir, se hace indigno de ello.
La respuesta que dan muchos defensores de la moralidad tradicional es: “Bueno, pero la gente no tiene qué llegar a los extremos”, con lo cual quieren significar: “No esperamos que las personas sean totalmente morales. Aceptamos que tengan de contrabando algún interés personal en sus vidas. Después de todo, reconocemos que la gente tiene que vivir”.
La defensa de este código moral reside, por consiguiente, en que pocos estarán dispuestos a adoptar la actitud suicida de intentar parcticarlos consistentemente. La hipocresía ha de ser, pues, la que proteja al hombre contra las convicciones morales que dice profesar. ¿Qué efecto tiene esto sobre su autoestima?
¿Y qué sucede con las víctimas que no son lo suficientemente hipócritas?
¿Qué ocurrirá con el niño que se refugia, atrrorizado, en un Universo autista porque no logra captar las afirmaciones disparatadas de sus padres, que le dicen que él es culpable por naturaleza, que su cuerpo es impuro, que pensar es pecaminoso, que es blasfemo hacer preguntas, que es depravado dudar, y que debe obedecer las órdenes de un fantasma sobrenatural pues, si no lo hace, arderá eternamente en el infierno?
¿Qué le sucederá a la hija que se consume debido a un sentimiento de culpa producido por el pecado de no querer dedicar su vida a cuidar de su padre enfermo, que no le ha dado otro motivo que no fueras el sentir odio hacia él?
¿O al adolescente que se refugia en la homosexualidad porque le han enseñado que el sexo es malvado y que las mujeres deben ser idolatradas pero no deseadas?
¿O al hombre de negocios que sufre ataques de ansiedad porque tras años de sentirse obligado a ser ahorrativo y laborioso, cometió finalmente el pecado de tener éxito, y se le dice ahora que un camello pasará por el ojo de una aguja antes de que un hombre rico entre al reino de los cielos?
¿O al neurótico que, en irremediable desesperanza, abandona el intento de resolver sus problemas porque siempre ha oído predicar que esta Tierra es un reino de miserias, futilidad y destrucción, donde la felicidad o el logro son imposibles para el hombre?
Quienes defienden estas doctrinas tienen una grave responsabilidad moral, aunque existe un grupo cuya responsabilidad es quizás aun mayor: los psicólogos y psiquiatras, que ven los despojos humanos producidos por estas doctrinas y callan. No protestan y declaran que las cuestiones filosóficas y morales no les atañen, que la ciencia no puede emitir juicios de valor. Se desentienden de sus obligaciones profesionales aseverando que un código de moral racional es imposible y, con su silencio, convalidan el asesinato espiritual.
Los resultados psicológicos del altruismo pueden observarse en el hechos de que muchas personas plantean la cuestión de la ética con preguntas tales como: “¿Debería arriesgarse la propia vida para ayudar a un hombre que está: a) ahogándose, b) atrapado por el fuego, c) arrojándose delante de un tren en marcha, d) suspendido con sus últimas fuerzas sobre un abismo?”
Considérense las implicancias de tal enfoque. Si un hombre acepta la moral del altruismo, sufrirá las siguientes concecuencias (en proporción a su grado de aceptación de esa ética):
1. Falta de autoestima, puesto que su primera preocupación, en el terreno de los valores, no es como habrá de vivir su vida sino como habrá de sacrificarla.
2. Ausencia de respeto por los demás, dado que considera a la humanidad como una caterva de mendigos condenados que claman por ayuda.
3. Una visión de la vida semejante a una pesadilla, ya que cree que los hombres están atrapados en un “Universo malévolo”, donde los desastres son la preocupación constante y primordial de sus vidas.
4. Y, de hecho, una letárgica indiferencia hacia la ética, una amoralidad cínica y sin esperanzas, porque sus preguntas involucran situaciones en las que probablemente no se encontrará nunca, que no tienen relación alguna con los problemas propios de su existencia y que, por consiguiente, lo dejan sin principios morales aplicables a su vida habitual.
Al plantear el tema de la ayuda a los demás como la cuestión central y primordial de la ética, el altruismo ha destruido el concepto de toda auténtica caridad o buena voluntad entre los hombres. Los ha adoctrinado con la idea de que valorar a otro ser humano per se es un acto de desinterés, implicando así que una persona no puede tener interés personal en los demás; que valorar a otro significa sacrificarse uno mismo; que todo amor, respeto o admiración que un hombre pueda sentir por otros no es ni puede ser una fuente de alegría personal, sino que constituye una amenaza para su propia existencia, una promesa de autosacrificio firmada a favor de sus seres queridos.
Los hombres que aceptan esta dicotomía pero eligen estar en el lado opuesto, los productos finales de la deshumanizante influencia del altruismo, son los psicópatas que no desafían la premisa básica del altruismo pero proclaman su rebelion contra el sacrificio personal afirmando que son totalmente indiferentes a todo ser viviente, que no levantarían un dedo para ayudar a un hombre o a un perro atropellado por un conductor irresponsable, que huye después del accidente (y que por lo general pertenece a la misma clase que ellos).
La mayoría de los hombres no acepta ni practica ninguna de las dos fases de la viciosamente falsa dicotomía del altruismo, pero la concecuencia es un absoluto caos intelectual con respecto a la relación correcta entre las personas y a cuestiones tales como la naturaleza, propósito o alcance de la ayuda que puede darles a los demás. Hoy en día, muchos hombres razonables y bienintencionados no saben cómo identificar o conceptualizar los principios morales que motivan su amor, afecto o buena voluntad, y no pueden encontrar guía alguna en el terreno de la ética, dominado por los trillados tópicos del altruismo
Sobre la cuestión de por qué el hombre no es un animal sacrificable, y por qué no tiene el deber moral de ayudar a los demás, remito a ustedes a mi obra La rebelion de Atlas. En este análisis nos ocuparemos de los principios por los cuales se identifican y evaluan las instancias que involucran ayuda al prójimo sin que ellos implique el autosacrificio.
El “sacrificio” es la entrega de un valor superior en beneficio de un valos menor, o de algo carente de valor. Así el altruismo mide la virtud de un hombre según el grado de su disposición a capitular, a renunciar o traicionar sus valores (dado que ayudar a un desconocido, o a un enemigo, se considera más virtuoso, más noble y menos egoísta que ayudar a un ser querido). Una conducta basada en pricipios racionaleses exactamente la opuesta: la persona actúa siempre de acuerdo con la jerarquía de sus valores y jamás sacrifice un valor superior en beneficio de uno inferior. Esto se aplica a todas las elecciones, incluyendo los actos personales en relación con otras personas. Requiere que uno posea una jerarquía definida de valores racionales (valores elegidos y validados de acuerdo con un criterio racional). Si no existe tal jerarquía, no son posibles ni una conducta racional, ni juicios razonados de valor, ni elecciones morales.
El amor y la amistad son valores profundamente personales y egoístas; el amor es una expresion y una afirmación de la autoestima, una respuesta a los propios valores en la persona del otro. La sola existencia de la persona a la que se ama procura una alegría profundamente personal y egoísta. Es la felicidad personal y egoísta la que uno busca, gana y obtiene del amor.
Un amor “caritativo”, “desinteresado”, es una contradicción en termino; significa que uno es indeferente a lo que valora.
Preocuparse por el bienestar de los seres queridos es una parte racional de los egoístas intereses personales. Si un hombre que ama apasionadamente a su esposa gasta una fortuna para curarla de una peligrosa enfermedad, sería absurdo aseverar que se “sacrifica” en beneficio de ella y no se sí mismo, y que no hay diferencia alguna para él, en forma personal y egoísta, en que ella viva o muera
Ninguna acción que un hombre realice en beneficio de quienes ama es un sacrificio si dentro de su jerarquía de valores, y en el contexto total de las elecciones que puede ahcer, logra aquello que tiene mayor importancia personal (y racional) para él. En el ejemplo anterior, la supervivencia de su esposa es de mayor valor para ese hombre que cualquier otra cosa que pudiera comprar con su dinero; tiene importancia maxima para su felicidad personal y, en concecuencia, su acción no es un sacrificio.
Pero supongamos que, tal como lo indicaría la ética del altruismo, la dejara morir para poder gastar su dinero en salvar la vida otras diez mujeres, ninguna de las cuales significa nada para él. Eso sí sería un sacrificio. Aquí se puede apreciar la diferencia entre el objetivísmo y el altruismo con extrema claridad: si el; sacrificio debe ser el principio moral de la acción, entonces ese esposo debería sacrificar a su mujer en beneficio de esas otras diez mujeres. ¿Qué diferencia a su mujer de las otras diez? Nada que no sea el valor que ella representa para el hombre que debe hacer la elección, nada excepto el hecho de que su felicidad requiere que ella sobreviva.
La ética objetivista le diría: tu más elevado propósito moral es la obtención de tu propia felicidad: tu dinero es tuyo, úsalo para salvar a tu esposa; ese es tu derecho moral, y tu elección moral y racional.
Considere el alma del moralista altruista que le dijera a ese hombre lo contrario (y pregúntese luego si es la benevolencia lo que motiva al altruismo).
El metodo correcto para juzgar si uno debería ayudar a otra persona, y cuando, es referirse al interés personal y a la propia jerarquía de valores: el tiempo, el dinero o el esfuerzo que se entregue, o el riesgo que se corra, deberá ser proporcional al valor de esa persona en relación con la propia felicidad.
Ilustremos esto con el ejemplo favorito de los altruistas: la cuestión de salvar a una persona que se está ahogando. Si esa persona es un deconocido, sólo es moralmente correcto salvarlo si el peligro personal que se corre es mínimo; si el peligro es grande, sería inmoral intentarlo; solo la carencia de autoestima permitiría valorar la propia vida menos que la de cualquier desconocido. (Y en el caso contrario, si el que se ahoga es uno mismo, no debe esperarse que un desconocido arriesgue su vida en favor de uno, ya que nuestra vida no puede ser tan valiosa para él como la suya).
Si la persona que habría que salvar no es un desconocido, entonces el riesgo que uno debe estar dispuesto a correr será tanto más grande cuanto mayor sea el valor que esa persona tenga para uno. Si se trata del hombre o de la mujer que se ama, entonces podemos estar dispuestos a dar hasta nuestra propia vida para salvarlo, por la razón egoísta de que la vida sin esa persona podría ser insoportable.
Por el contrario, supongamos que un hombre sabe nadar y puede salvar a su mujer, que se está ahogando, pero cede a un miedo irracional e injustificado y deja que se ahogue, para consumir luego su vida en soledad y miseria; a este hombre no se le debe calificar como “egoísta”; se le condenará moralmente por haberse traicionado a sí mismo y a sus propios valores, es decir, por su incapacidad de luchar por la conservación de un valor crucial para su felicidad.
Recuerde que los valores son aquello por lo cual uno actúa, para obtener y/o conserver la propia felicidad, felicidad que debe lograrse por el propio esfuerzo. Dado que la felicidad personal es el propósito moral de la vida del hombre, quien fracasa en alanzarla a causa de su propia desidia, de su incapacidad de luchar por ella, es moralmente culpable.
La virtud involucrada en ayudar a quienes se ama no es ni “falta de egoísmo” ni “sacrificio”, sino integridad. La integridad es la lealtad hacia las convicciones y valores personales, la decision dde actuar de acuerdo con esos valores, de expresarlos, sostenerls y traducirlos a la realidad práctica. Si un hombre profesa amor a una mujer pero sus acciones son indiferentes, hostiles o dañinas para ella, es su falta de integridad lo que lo hace inmoral.
El mismo principio se aplica a las relaciones entre amigos. Si un amigo tiene problemas, se debe actuar para ayudarlo por todos los medios que sean apropiados y que no impliquen sacrificarse. Por ejemplo, si un amigo pasa hambre no es un sacrificio sino un acto de integridad darle dinero para que compre comida en lugar de adquirir algún objeto intrascencendente para uno, ya que su bienestar es importante en la escala de nuestros valores personales. Pero si el objeto nos interesa más que su sufrimiento, no tenemos derecho a pretender que sentimos verdadera amistad por él
La implementación práctica de la amistad, el afecto y el amor consiste en incorporar el bienestar (el bienestar racional) de la persona involucrada en la propia jerarquía de valores, y luego actuar de acuerdo con ello.
Pero ésta es una recompensa que los hombres deben ganarse por medio de sus virtudes y que no se les puede dar a meros conocidos o desconocidos.
¿Qué es, entonces, lo que se puede entregar apropiadamente a los desconocidos? El respeto y la buena voluntad que se deben en general a todo ser humano en nombre del valor potencial que representa, hasta tanto y en la medida en que lo merezca. Un hombre racional no olvida que la vida es la fuente de todos los valores y, como tal, un vínculo común entre los seres vivientes (en oposición a la materia inanimada), que otros hombres son potencialmente capaces de lograr las mismas virtudes que él. Esto no significa que considere a las otras vidas humanas intercambiables con la suya.
Reconoce el hecho de que su vida es no sólo la fuente de todos sus valores, sino de su capacidad para valorar. Por lo tanto, el valor que concede a los demás es únicamente una consecuencia, una extension, una proyección secundaria del valor primario, que es él mismo.
“El respeto y la buena voluntad que los hombres que se estiman a sí mismos experimentan hacia otros seres humanos es profundamente egoísta; de hecho sienten que: ‘Los demás hombres tienen valor, pues pertenecen a la misma especie que yo’. Al reverenciar a las entidades vivas, reverencian a su propia vida. Ésta es la base psicológica de toda simpatía y de todo sentimiento de ‘solidaridad con la especie’.”
Dado que los hombres nacen siendo páginas en blanco, tanto en lo que se refiere al conocimiento como a la moral, el hombre racional considera a los desconocidos como inocentes hasta que se pruebe que son culpables, y les concede esa buena voluntad inicial en nombre de su potencial humano, Después de eso, los juzga de acuerdo con el character moral que manifiesten. Si descubre que son culpables de grandes maldades, su buena voluntad sera reemplazada por el desprecio y la condena moral. (Si uno valora la vida humana, no se puede valorar a quienes la destruyen.) Si son virtuosos, les concederá valor individual y aprecio personal, en proporción con los valores que posean.
Es sobre la base de esa buena voluntad y de ese respeto generalizados por el valor de la vida humana, que uno ayuda a los desconocidos en una emergencia, y solamente en una emergencia.
Es importante diferenciar entre las reglas de conducta en una situación de emergencia y las que se observan en las condiciones normales de la existencia humana. Esto no significa que exista un doble criterio de moralidad; los principios básicos y las pautas siguen siendo los mismos, pero su aplicación en uno y otro caso requiere definiciones precisas.
Una emergencia es un evento no elegido ni esperado, limitado en el tiempo, que crea condiciones en las cuales la supervivencia humana es imposible, por ejemplo, una inundación, un terremoto, un incendio, un naufragio. En una situación de emergencia la meta primaria del hombre es combater el desastre, huir del peligro y restaurar las condiciones normales (alcanzar la tierra firme, apagar el incendio,etc.).
Por condiciones “normales” entiendo metafísicamente normales, es decir, normales dentro de la naturaleza de las cosas y apropiadas para el desarrollo de la existencia humana. El ser humano puede vivir en la tierra, pero no en el agua ni en medio del fuego. Dado que los hombres no son omnipotentes, es metafísicamente factible que los alcancen desastres imprevisibles; en esos casos su única preocupación debe ser la de retornar a aquellas condiciones en las cuales la vida pueda seguir. Por su misma naturaleza, una situación de emergencia es temporaria; si perdurase , la vida humana se extinguiría.
Sólo en situaciones de emergencia uno debería ofrecerse a ayudar a desconocidos, si esto está dentro de sus posibilidades. Por ejemplo, un hombre que valora la vida humana y se encuentra en medio de un naufragio debería ayudar a los otros pasajeros a salvarse (aunque no a costa de su propia vida). Pero eso no significa que, una vez todos hayan alcanzado tierra firme, deba dedicar sus esfuerzos a salvar a sus compañeros de viaje de la pobreza, la ignorancia, la neurosis o cualquier otro problema que tengan. Tampoco significa que deba pasar su vida navegando por todos los mares en búsqueda de náufragos a quienes salvar.
O, para tomar un ejemplo que puede ocurrir en la vida diaria; supongamos que uno se entera de que su vecino está enfermo y carece de dinero. Ni la enfermedad ni la pobreza son emergencias metafísicas, sino parte de los riesgos normales de la existencia; sin embargo, como el hombre se halla temporalmente indefenso, se le podrán proporcionar alimentos y medicinas, siempre y cuando uno esté en condiciones de hacerlo (como acto de buena voluntad, no como un deber), o también puede realizarse una colecta entre los vecinos, para ayudarlo a superar el mal trance. Pero esto no significa que, de allí en adelante, haya que mantenerlo, ni que se deba pasar la vida buscando hombres que tienen hambre para ayudarlos.
En las condiciones normales de la existencia el hombre tiene que elegir sus metas, proyectarlas en el tiempo, perseguirlas y alcanzarlas a través de su propio esfuerzo. No puede hacerlo si sus metas están libradas al azar y deben ser sacrificadas ante cualquier suceso infortunado que les ocurra a los demás. No puede vivir su vida dejándose guiar por reglas que solo son aplicables a condiciones en las cuales en las cuales la supervivencia humana es imposible.
El principio de que se debe ayudar a aquellos que se encuentran en una emergencia no puede extenderse al punto de considerar que todos los sufrimientos humanos constituyen una emergencia y convertir el infortunio de algunos en una hipoteca sobre la vida de los demás.
L pobreza, la ignorancia, las enfermedades y otros problemas similares no son emergencias metafísicas. A causa de la naturaleza metafísica del hombre y de la existencia, el hombre debe mantener su vida por su propio esfuerzo; los valores que necesita, como la riqueza y el conocimiento, no le son dados automáticamente, cual un regalo de la naturaleza, sino que deben ser descubiertos y logrados a través de su razonamiento y trabajo.
En este aspecto, la única obligación que se tiene para con los demás es la de sostener un sistema social que deje a los hombres en libertad para alcanzar, obtener y conservar sus valores.
Todo código ético se basa en una teoría metafísica y deriva de ella: una teoría sbre la naturaleza fundamental del Universo en el cual el hombre vive y actúa. La ética altruista se basa en la metafísica de “Un Universo malvado”, en la teoría de que el hombre, por su propia naturaleza, está indefenso y se halla condenado, de que el éxito, la felicidad y los logros son imposibles para él, de que las emergencias, los desastres y las catastrofes son la norma de su vida y su meta primaria es combatirlos.
Como la más simple refutación empírica de la falacia de esta metafísica, como evidencia el hecho de que el Universo material es hostil para el hombre y de que las catástrofes son una excepción, y no la regla de su existencia, obsérvense las fortunas que ganan las compañias de seguros al no materializarse los riesgos presumidos.
Obsérvese también que los defensores del altruismo son incapaces de basar su ética sobre hechos relacionados con la existencia normal de las personas, y que siempre ofrecen ejemplos de situaciones límite como la del “bote salvavidas”, a partir de los cuales se derivan las reglas de conducta moral. (“¿Que haría si usted y otro hombre se encontraran en un bote salvavidas que puede llevar solamente a una persona?”, etc..)
El hecho es que los hombres no viven en botes salvavidas y que un bote salvavidas no es el lugar en el cual basar nuestras teorías metafísicas.
El propósito moral de la vida de un hombre es el logro de su felicidad. Esto no significa que sea indiferente hacia todos los hombres, que la vida humana carezca de valor para él y que no tenga motivos para ayudar a los otros en una emergencia. Pero sí significa que no debe subordinar su vida a la obtención del bienestar de los demás, ni sacrificarse por las necesidades de ellos, que el alivio de los sufrimientos ajenos no es su preocupación primordial, que toda ayuda que dé es una excepción y no una regla, un acto de generosidad y no un deber moral, que esa ayuda es marginal e incidental, así como los desastre son marginales e incidentales en el curso de una existencia humana, y que los valores, no las catástrofes, son su meta, su preocupación primordial y la potencia motriz de su vida.
La señal distintiva de este control es la autoestima, consecuencia, expresión y recompensa de una mente comprometida con la razón, es decir, que responde y confía exclusivamente en la razón. La razón, la facultad que identifica e integra el material provísto por los sentidos, es la herramienta de la supervivencia básica del hombre. El compromiso con la razón es el compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, con la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, con el principio de que las acciones personales deben ser coherentes con las convicciones, de que uno nunca debe intentar falsear la realidad ni situar consideración alguna por encima de ella, de que jamás debe permitirse contradicciones, ni intentar subvertir o sabotear las funciones correctas de la conciencia: percepción, obtención de conocimientos y control de las acciones.
Una conciencia no obstruida, integrada, pensante, es una conciencia sana. Una conciencia bloqueada, que se evade, que está desgarrada entre conflictos, segmentada y enfrentada consigo misma, una conciencia desintegrada por el miedo o inmovilizada por la depresión,, disociada de la realidad, es una conciencia enferma.
Para ser capaz de manejar los hechos de la realidad, para procurar y lograr los valores que requiere su vida, el hombre necesita su autoestima: necesita tener confianza en su eficacia y en su valor.
La ansiedad y el sentimiento de culpa, antítesis de la autoestima y signos inconfundibles de una mente enferma, son desintegradores del pensamiento, distorsionadores de los valores y factores paralizantes de la acción.
Cuando un hombre se estima a sí mismo elige sus valores y fijas sus metas, cuando diseña sus propósitos a largo plazo, que darán unidad y guía a sus acciones, está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cuál transitará su vida. Un puente que esta sostenido por la convicción de que su mente tiene la capacidad requerida para pensar, juzgar, y valorar, y que él es digno de disfrutar esos valores.
Este sentido de control sobre la realidad no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales. No depende de determinados éxitos o fracasos en particular. Refleja la relación fundamental que se tiene con la realidad, la convicción de que se poseen la eficacia y el valor fundamentales. Refleja la certeza de que, en esencia y en principio, se es apto para la realidad. La autoestima es una estimación metafísica.
Este es el estado psicológico que la moralidad tradicional torna imposible, en la medida en que el hombre la acepte. Ni el misticismo ni el credo del autosacrificio son compatibles con una mente sana ni con la autoestima. Estas doctrinas son existencial y psicológicamente destructivas.
1. Para el mantenimiento de su vida y el logro de su
autoestima, el hombre necesita el ejercicio pleno de su razón; no obstante, se le enseña que la moralidad requiere la fe y descansa en ella. La fe es la entrega de la conciencia personal a creencias de las cuales no hay evidencia sensorial ni prueba racional.
Cuando el hombre rechaza la razón como su criterio de juicio, el único criterio al que puede recurrir son sus sentimientos. Un místico es un hombre que trata a sus sentimientos como herramientas de cognición. La fe es la equiparación de los sentimientos con el conocimiento.
Para practicar la “virtud” de la fe, un hombre debe estar dispuesto a abandonar su objetividad y su capacidad de juicio: a vivir con lo ininteligíble, con aquello que no se puede conceptualizar ni integrar con el resto de sus conocimientos; debe inducir una ilusion de raciocinio parecido a un estado de trance.
Debe estar dispuesto a reprimir su facultad de crítica, conciderándola una culpa, a ahogar toda pregunta que surja como protesta; debe sofocar todo resurgimiento de la razón que busque, convulsivamente, asumir la función que le corresponde como protector de su vida y de la integridad de su conocimiento.
Recuérdese que la totalidad del conocimiento humano, y todos sus conceptos, tienen una estructura jerárquica. El fundamento y el punto de partida del pensamiento son las percepciones sensoriales: sobre esa base forma el hombre sus primeros conceptos para, a partir de allí, continuar construyendo el edifício de sus conocimientos a través de la identificación e integración de nuevos conceptos, en una escala cada vez más amplia y más extensa.
Para que el pensamiento sea válido, este proceso debe guiarse por la lógica, “el arte de la identificación sin contradicciónes”. Todo nuevo concepto que forme el hombre debe integrarse sin contradicción a la estructura jerárquica de su conocimiento. Introducir en la conciencia cualquier idea que no pueda integrarse así, una idea no derivada de la realidad ni validada por un proceso sujeto a la razón, no sometida a examen o juicio racional y, peor aun: una idea que choque con el resto de nuestros conceptos y nuestra comprensión de la realidad, es sabotear la funcion integradora de la conciencia, socavar el resto de nuestras conviccciones y eliminar nuestra capacidad de estar seguros de cosa alguna. Éste es el sentido de la declaración de John Galt en la Rebelion de Atlas cuando dice que “el pretendido atajo hacia el conocimiento, la fe, es solo una simplificación de una invención mística equivalente al deseo de aniquilar la existencia, y, como concecuencia, aniquilar la conciencia”.
No hay mayor autoengaño que el de imaginar que se puede someter a la razón aquello que pertenece a la razón, y a la fe aquello que pertenece a la fe. La fe no puede ser circunscripta ni delimitada; ceder la conciencia un solo milímetro es rendirla en su totalidad. La razón es un absoluto para la mente o no lo es, y en ese caso, cuando la razón está ausente, tampoco hay lugar donde trazar el límite, ni principio de acuerdo con el cual trazarlo, ni barrera que la fe no puedad cruzar, ni parte alguna de la vida personal que la fe no pueda invadir. Una persona es racional hasta, y a menos que, sus sentimientos decreten otra cosa. La fe es una enfermedad maligna que ningún sistema puede tolerar impunemente, y el que sucumbe a ella requerirá su ayuda precisamente en aquellas cuestiones en las que más necesita de la razón. Cuando el hombre abandona la razón y se entrega a la fe, cuando rechaza el absolutismo de la realidad, está destruyendo las bases de su propia conciencia, y su mente se convierte en un órgano en el que ya no se puede confiar. Su mente se convierte en lo que los místicos dicen que es una herramienta de distorsión.
2. La necesidad de autoestima del hombre implica la
necesidad de poseer un sentido de control sobre la realidad. Sin embargo, ningún control es posible en un Universo que, debido a las concesiones que ha hecho el mismo hombre, incluye lo sobrenatural, lo milagroso y lo carente de causa, un Universo donde se está a la merced de fantasmas y demonios, donde se debe tratar no con lo desconocido, sino con lo incognoscible. No hay control posible si el hombre propone y un fantasma dispone; no hay control posible si el Universo es una casa embrujada.
3. La vida del hombre y su autoestima requieren que el
objetivo y la preocupación de su conciencia sean la realidad y esta Tierra, pero se le enseña que la moral consiste en despreciar esta Tierra y el mundo asequible a la percepción sensorial, para contemplar, en su lugar, una realidad “diferente” y “superior”, un reino inaccesible a la razón e incommunicable en el lenguaje común, al que se puede acceder por la revelación, por procesos dialécticos especiales, por ese estado de de lucidez intelectual que el budismo Zen considera como la “Anti-mente”, o como la muerte.
Hay sólo una realidad: aquella que la razón puede conocer. Si el hombre elige no percibirla, no habrá nada que pueda percibir; si no es consciente de este mundo, no sera consciente en absoluto.
El único resultado de la proyección mística de “otra” realidad es que incapacita psicológicamente al hombre para ésta. No fue mediante la contemplación de lo transcendental, lo inefable, lo indefinible, lo inexistente, como el hombre se elevó desde las cavernas y transformó el mundo material para que la existencia humana fuese posible sobre la tierra.
Si es una virtud renunciar a la mente, y un pecado usarla; si es una virtud aproximarse al estado mental de un esquizofrénico, y un pecado estar enfocado intelectualmente; si es una virtud despreciar esta Tierra, y un pecado trabajar y actuar; si es una virtud despreciar la vida, y un pecado sostenerla y disfrutarla, entonces no se puede tener ni autestima, ni control, ni eficacia; nada es posible más que el sentimiento de culpa y el terror de un hombre degradado atrapado en un Universo de pesadilla, un Universo creado por algún metafísico sádico que lanzó al hombre a un laberinto donde la puerta marcada con la leyenda “virtud” lleva a la autodestrucción, y aquella en la que se lee “eficacia” conduce a la propia condenación.
4. Su vida y autoestima requieren que el hombre se
enorgullezca de su capacidad de pensar, de su capacidad de vivir; sin embargo, se le enseña que la moral sostiene que el orgullo, y específicamente el orgullo intelectual, es el más grave de los pecados. Se le enseña que la virtud comienza con la humildad, con el reconocimiento de la incapacidad, la pequeñez, la impotencia de nuestra mente.
¿Es el hombre omnisapiente?, preguntan los místicos. ¿Es
infalible? Y si no lo es, ¿cómo se atreve a desafiar la palabra de Dios, o de los representantes de Dios, y erigirse en juez de cualquier cosa?
El orgullo intelectal no es una pretension de omnisapiencia o infabilidad, como los místicos quieren implicar en forma absurda, sino todo lo contrario. Justamente porque el hombre debe luchar para obtener sus conocimientos, y dado que la búsqueda del conocimiento requiere un esfuerzo, los que asumen esa responsabilidad sienten orgullo por aquello que adquieren.
A veces coloquialmente, se interpreta que el orgullo significa pretension sobre logros que en realidad uno no ha alcanzado. Pero el fanfarron, el jactancioso, el hombre que pretende tener virtudes que no posee, no es orgulloso; meramente ha elegido la manera más humillante de revelar su humildad
El orgullo es la respuesta a la capacidad personal de alcanzar valores, el placer que se obtiene de la propia eficacia. Y es eso lo que los místicos consideran malvado.
Pero si el estado moral adecuado para el hombre es la duda, la inseguridad, el miedo, y no la confianza, la seguridad en sí mismo y la autuoestima; si su meta ha de ser el sentimiento de culpa en lugar del orgullo, entonces su ideal moral es una mente enferma y los neuróticos y psicópatas son los máximos exponentes de la moral, mientras que los que piensan y los que logran sus objetivos son los pecadores, aquellos demasiado corruptos y arrogantes para encontrar la virtud y el bienestar psicológico en la creencia de que son inadecuados para existir.
La humildad es, necesariamente, la virtud básica de una moralidad mística, la única posible para quienes han renunciado a la mente. El orgullo debe ser ganado, es la recompensa del esfuerzo y al logro. Pero para alcanzar la virtud de la humildad sólo es necesario abstenerse de pensar; no se requiere otra cosa, y uno no tardará en sentirse humilde.
5. Su vida y autoestima requieren que el hombre sea leal a
sus valores, a su mente y juicio, a su vida. Lo que se le enseña, en cambio, es que la esencia de la moralidad consiste en el autosacrificio; el sacrificio de la propia mente a una autoridad superior y el sacrificio de los valores personales a quienquiera que se sienta el derecho de reclamarlos.
No es necesario en este contexto, analizar las casi inconta
bles maldades implícitas en el autosacrificio. Su irracionalidad y destructividad han sido suficientemente expuestas en La rebelion de Atlas. Sin embargo, hay dos aspectos de la cuestión que están especialmente relacionados con el tema de la salud mental.
El primero es el hecho de que el sacrificio de sí mismo significa, y solo puede significar, el sacrificio de la mente. Tengamos presente que un sacrificio significa la renuncia de un valor superior en favor de un valor inferior o de algo sin valor. Si se entrega lo que no se valora para obtener aquello que si se valora, o si se entrega un valor menor para obtener un valor mayor, eso no es un sacrificio sino un beneficio.
Recordemos , además, que todos los valores del hombre existen dentro de un orden jerárquico; valora algunas cosas más que otras y, en la medida en que sea un ser racional, el orden jerárquico de sus valores sera racional; es decir, valorará las cosas y su bienestar. Aquello que es adverso a su vida y su bienestar, que se opone a su naturaleza y a sus necesidades como ser humano, sera considerado carente de valor.
Inversamente, la estructura distorsionada de los valores es una de las características de las enfermedades mentales; el neurótico no valora las cosas de acuerdo con su mérito objetivo en relación con su naturaleza humana y sus necesidades; con frecuencia valora aquellas que lo llevarán a su autodestrucción. Juzgado de acuerdo con criterios objetivos, vive en un proceso crónico de autosacrificio.
Pero si el sacrificio es una virtud, no es el neurótico sino el hombre racional el que tiene que ser “curado”. Debe aprender a violentar su propio juicio racional, a revertir el orden de su jerarquía de valores, a renunciar a aquello que su mente considera lo bueno, a invalidar su propia conciencia.
¿Todo lo que los místicos demandan del ser humano es que éste sacrifique su felicidad? Sacrificar la felicidad personal es sacrificar los deseos personales, sacrificar los deseos personales es sacrificar los valores personales; sacrificar los valores personales es sacrificar el juicio personal; sacrificar el juicio personal es sacrificar la propia mente, y nada menos que eso es lo que pretende y demanda el credo del autosacrificio.
La raiz del egoísmo (o sea, el interés personal) es el derecho, y la necesidad, que tiene el hombre de acuerdo con su propio juicio. Si su juicio ha de ser objeto de sacrificio, ¿qué clase de eficacia, control, ausencia de conflictos o serenidad de espiritu le sera posible al hombre?
El segundo aspecto que importa en este contexto involucra no solo al credo del autosacrificio, sino a la totalidad de los dogmas de la moralidad tradicional.
Una moralidad irracional, una moralidad que se opone a la naturaleza humana, a los hechos de la realidad y a los requerimientos de la supervivencia del hombre, necesariamente lo fuerza a aceptar la creencia de que existe un choque inevitable entre lo moral y lo práctico, que hay que elegir entre ser virtuoso o ser feliz, idealista o exitoso, pero que no se puede ser las dos cosas a la vez. Esta visión establece un conflicto desastroso al nivel más íntimo del ser humano, una dicotomía letal que lo hace trizas; lo obliga a elegir entre capacitarse para vivir o ser digno de vivir. Empero, su autoestima y salud mental exigen que alcance ambas metas.
Si el hombre sostiene que el bien es su vida sobre la Tierra, si juzga sus valores de acuerdo con el criterio de aquello que es adecuado para la existencia de un ser racional, entonces no existe choque alguno entre los requerimientos de su supervivencia y la moral, entre capacitarse para vivir o hacerse digno de vivir; logra lo segundo al alcanzar lo primero. Pero se produce un conflicto si el hombre considera que el bien reside en renunciar a esta Tierra, renunciar a la vida, a la mente, a la felicidad, al yo. Bajo una moralidad que se opone a la vida, el hombre se hace digno de vivir hasta donde se obliga a hacerse inconpetente para vivir, y hasta donde se oblige a ser capaz de vivir, se hace indigno de ello.
La respuesta que dan muchos defensores de la moralidad tradicional es: “Bueno, pero la gente no tiene qué llegar a los extremos”, con lo cual quieren significar: “No esperamos que las personas sean totalmente morales. Aceptamos que tengan de contrabando algún interés personal en sus vidas. Después de todo, reconocemos que la gente tiene que vivir”.
La defensa de este código moral reside, por consiguiente, en que pocos estarán dispuestos a adoptar la actitud suicida de intentar parcticarlos consistentemente. La hipocresía ha de ser, pues, la que proteja al hombre contra las convicciones morales que dice profesar. ¿Qué efecto tiene esto sobre su autoestima?
¿Y qué sucede con las víctimas que no son lo suficientemente hipócritas?
¿Qué ocurrirá con el niño que se refugia, atrrorizado, en un Universo autista porque no logra captar las afirmaciones disparatadas de sus padres, que le dicen que él es culpable por naturaleza, que su cuerpo es impuro, que pensar es pecaminoso, que es blasfemo hacer preguntas, que es depravado dudar, y que debe obedecer las órdenes de un fantasma sobrenatural pues, si no lo hace, arderá eternamente en el infierno?
¿Qué le sucederá a la hija que se consume debido a un sentimiento de culpa producido por el pecado de no querer dedicar su vida a cuidar de su padre enfermo, que no le ha dado otro motivo que no fueras el sentir odio hacia él?
¿O al adolescente que se refugia en la homosexualidad porque le han enseñado que el sexo es malvado y que las mujeres deben ser idolatradas pero no deseadas?
¿O al hombre de negocios que sufre ataques de ansiedad porque tras años de sentirse obligado a ser ahorrativo y laborioso, cometió finalmente el pecado de tener éxito, y se le dice ahora que un camello pasará por el ojo de una aguja antes de que un hombre rico entre al reino de los cielos?
¿O al neurótico que, en irremediable desesperanza, abandona el intento de resolver sus problemas porque siempre ha oído predicar que esta Tierra es un reino de miserias, futilidad y destrucción, donde la felicidad o el logro son imposibles para el hombre?
Quienes defienden estas doctrinas tienen una grave responsabilidad moral, aunque existe un grupo cuya responsabilidad es quizás aun mayor: los psicólogos y psiquiatras, que ven los despojos humanos producidos por estas doctrinas y callan. No protestan y declaran que las cuestiones filosóficas y morales no les atañen, que la ciencia no puede emitir juicios de valor. Se desentienden de sus obligaciones profesionales aseverando que un código de moral racional es imposible y, con su silencio, convalidan el asesinato espiritual.
Los resultados psicológicos del altruismo pueden observarse en el hechos de que muchas personas plantean la cuestión de la ética con preguntas tales como: “¿Debería arriesgarse la propia vida para ayudar a un hombre que está: a) ahogándose, b) atrapado por el fuego, c) arrojándose delante de un tren en marcha, d) suspendido con sus últimas fuerzas sobre un abismo?”
Considérense las implicancias de tal enfoque. Si un hombre acepta la moral del altruismo, sufrirá las siguientes concecuencias (en proporción a su grado de aceptación de esa ética):
1. Falta de autoestima, puesto que su primera preocupación, en el terreno de los valores, no es como habrá de vivir su vida sino como habrá de sacrificarla.
2. Ausencia de respeto por los demás, dado que considera a la humanidad como una caterva de mendigos condenados que claman por ayuda.
3. Una visión de la vida semejante a una pesadilla, ya que cree que los hombres están atrapados en un “Universo malévolo”, donde los desastres son la preocupación constante y primordial de sus vidas.
4. Y, de hecho, una letárgica indiferencia hacia la ética, una amoralidad cínica y sin esperanzas, porque sus preguntas involucran situaciones en las que probablemente no se encontrará nunca, que no tienen relación alguna con los problemas propios de su existencia y que, por consiguiente, lo dejan sin principios morales aplicables a su vida habitual.
Al plantear el tema de la ayuda a los demás como la cuestión central y primordial de la ética, el altruismo ha destruido el concepto de toda auténtica caridad o buena voluntad entre los hombres. Los ha adoctrinado con la idea de que valorar a otro ser humano per se es un acto de desinterés, implicando así que una persona no puede tener interés personal en los demás; que valorar a otro significa sacrificarse uno mismo; que todo amor, respeto o admiración que un hombre pueda sentir por otros no es ni puede ser una fuente de alegría personal, sino que constituye una amenaza para su propia existencia, una promesa de autosacrificio firmada a favor de sus seres queridos.
Los hombres que aceptan esta dicotomía pero eligen estar en el lado opuesto, los productos finales de la deshumanizante influencia del altruismo, son los psicópatas que no desafían la premisa básica del altruismo pero proclaman su rebelion contra el sacrificio personal afirmando que son totalmente indiferentes a todo ser viviente, que no levantarían un dedo para ayudar a un hombre o a un perro atropellado por un conductor irresponsable, que huye después del accidente (y que por lo general pertenece a la misma clase que ellos).
La mayoría de los hombres no acepta ni practica ninguna de las dos fases de la viciosamente falsa dicotomía del altruismo, pero la concecuencia es un absoluto caos intelectual con respecto a la relación correcta entre las personas y a cuestiones tales como la naturaleza, propósito o alcance de la ayuda que puede darles a los demás. Hoy en día, muchos hombres razonables y bienintencionados no saben cómo identificar o conceptualizar los principios morales que motivan su amor, afecto o buena voluntad, y no pueden encontrar guía alguna en el terreno de la ética, dominado por los trillados tópicos del altruismo
Sobre la cuestión de por qué el hombre no es un animal sacrificable, y por qué no tiene el deber moral de ayudar a los demás, remito a ustedes a mi obra La rebelion de Atlas. En este análisis nos ocuparemos de los principios por los cuales se identifican y evaluan las instancias que involucran ayuda al prójimo sin que ellos implique el autosacrificio.
El “sacrificio” es la entrega de un valor superior en beneficio de un valos menor, o de algo carente de valor. Así el altruismo mide la virtud de un hombre según el grado de su disposición a capitular, a renunciar o traicionar sus valores (dado que ayudar a un desconocido, o a un enemigo, se considera más virtuoso, más noble y menos egoísta que ayudar a un ser querido). Una conducta basada en pricipios racionaleses exactamente la opuesta: la persona actúa siempre de acuerdo con la jerarquía de sus valores y jamás sacrifice un valor superior en beneficio de uno inferior. Esto se aplica a todas las elecciones, incluyendo los actos personales en relación con otras personas. Requiere que uno posea una jerarquía definida de valores racionales (valores elegidos y validados de acuerdo con un criterio racional). Si no existe tal jerarquía, no son posibles ni una conducta racional, ni juicios razonados de valor, ni elecciones morales.
El amor y la amistad son valores profundamente personales y egoístas; el amor es una expresion y una afirmación de la autoestima, una respuesta a los propios valores en la persona del otro. La sola existencia de la persona a la que se ama procura una alegría profundamente personal y egoísta. Es la felicidad personal y egoísta la que uno busca, gana y obtiene del amor.
Un amor “caritativo”, “desinteresado”, es una contradicción en termino; significa que uno es indeferente a lo que valora.
Preocuparse por el bienestar de los seres queridos es una parte racional de los egoístas intereses personales. Si un hombre que ama apasionadamente a su esposa gasta una fortuna para curarla de una peligrosa enfermedad, sería absurdo aseverar que se “sacrifica” en beneficio de ella y no se sí mismo, y que no hay diferencia alguna para él, en forma personal y egoísta, en que ella viva o muera
Ninguna acción que un hombre realice en beneficio de quienes ama es un sacrificio si dentro de su jerarquía de valores, y en el contexto total de las elecciones que puede ahcer, logra aquello que tiene mayor importancia personal (y racional) para él. En el ejemplo anterior, la supervivencia de su esposa es de mayor valor para ese hombre que cualquier otra cosa que pudiera comprar con su dinero; tiene importancia maxima para su felicidad personal y, en concecuencia, su acción no es un sacrificio.
Pero supongamos que, tal como lo indicaría la ética del altruismo, la dejara morir para poder gastar su dinero en salvar la vida otras diez mujeres, ninguna de las cuales significa nada para él. Eso sí sería un sacrificio. Aquí se puede apreciar la diferencia entre el objetivísmo y el altruismo con extrema claridad: si el; sacrificio debe ser el principio moral de la acción, entonces ese esposo debería sacrificar a su mujer en beneficio de esas otras diez mujeres. ¿Qué diferencia a su mujer de las otras diez? Nada que no sea el valor que ella representa para el hombre que debe hacer la elección, nada excepto el hecho de que su felicidad requiere que ella sobreviva.
La ética objetivista le diría: tu más elevado propósito moral es la obtención de tu propia felicidad: tu dinero es tuyo, úsalo para salvar a tu esposa; ese es tu derecho moral, y tu elección moral y racional.
Considere el alma del moralista altruista que le dijera a ese hombre lo contrario (y pregúntese luego si es la benevolencia lo que motiva al altruismo).
El metodo correcto para juzgar si uno debería ayudar a otra persona, y cuando, es referirse al interés personal y a la propia jerarquía de valores: el tiempo, el dinero o el esfuerzo que se entregue, o el riesgo que se corra, deberá ser proporcional al valor de esa persona en relación con la propia felicidad.
Ilustremos esto con el ejemplo favorito de los altruistas: la cuestión de salvar a una persona que se está ahogando. Si esa persona es un deconocido, sólo es moralmente correcto salvarlo si el peligro personal que se corre es mínimo; si el peligro es grande, sería inmoral intentarlo; solo la carencia de autoestima permitiría valorar la propia vida menos que la de cualquier desconocido. (Y en el caso contrario, si el que se ahoga es uno mismo, no debe esperarse que un desconocido arriesgue su vida en favor de uno, ya que nuestra vida no puede ser tan valiosa para él como la suya).
Si la persona que habría que salvar no es un desconocido, entonces el riesgo que uno debe estar dispuesto a correr será tanto más grande cuanto mayor sea el valor que esa persona tenga para uno. Si se trata del hombre o de la mujer que se ama, entonces podemos estar dispuestos a dar hasta nuestra propia vida para salvarlo, por la razón egoísta de que la vida sin esa persona podría ser insoportable.
Por el contrario, supongamos que un hombre sabe nadar y puede salvar a su mujer, que se está ahogando, pero cede a un miedo irracional e injustificado y deja que se ahogue, para consumir luego su vida en soledad y miseria; a este hombre no se le debe calificar como “egoísta”; se le condenará moralmente por haberse traicionado a sí mismo y a sus propios valores, es decir, por su incapacidad de luchar por la conservación de un valor crucial para su felicidad.
Recuerde que los valores son aquello por lo cual uno actúa, para obtener y/o conserver la propia felicidad, felicidad que debe lograrse por el propio esfuerzo. Dado que la felicidad personal es el propósito moral de la vida del hombre, quien fracasa en alanzarla a causa de su propia desidia, de su incapacidad de luchar por ella, es moralmente culpable.
La virtud involucrada en ayudar a quienes se ama no es ni “falta de egoísmo” ni “sacrificio”, sino integridad. La integridad es la lealtad hacia las convicciones y valores personales, la decision dde actuar de acuerdo con esos valores, de expresarlos, sostenerls y traducirlos a la realidad práctica. Si un hombre profesa amor a una mujer pero sus acciones son indiferentes, hostiles o dañinas para ella, es su falta de integridad lo que lo hace inmoral.
El mismo principio se aplica a las relaciones entre amigos. Si un amigo tiene problemas, se debe actuar para ayudarlo por todos los medios que sean apropiados y que no impliquen sacrificarse. Por ejemplo, si un amigo pasa hambre no es un sacrificio sino un acto de integridad darle dinero para que compre comida en lugar de adquirir algún objeto intrascencendente para uno, ya que su bienestar es importante en la escala de nuestros valores personales. Pero si el objeto nos interesa más que su sufrimiento, no tenemos derecho a pretender que sentimos verdadera amistad por él
La implementación práctica de la amistad, el afecto y el amor consiste en incorporar el bienestar (el bienestar racional) de la persona involucrada en la propia jerarquía de valores, y luego actuar de acuerdo con ello.
Pero ésta es una recompensa que los hombres deben ganarse por medio de sus virtudes y que no se les puede dar a meros conocidos o desconocidos.
¿Qué es, entonces, lo que se puede entregar apropiadamente a los desconocidos? El respeto y la buena voluntad que se deben en general a todo ser humano en nombre del valor potencial que representa, hasta tanto y en la medida en que lo merezca. Un hombre racional no olvida que la vida es la fuente de todos los valores y, como tal, un vínculo común entre los seres vivientes (en oposición a la materia inanimada), que otros hombres son potencialmente capaces de lograr las mismas virtudes que él. Esto no significa que considere a las otras vidas humanas intercambiables con la suya.
Reconoce el hecho de que su vida es no sólo la fuente de todos sus valores, sino de su capacidad para valorar. Por lo tanto, el valor que concede a los demás es únicamente una consecuencia, una extension, una proyección secundaria del valor primario, que es él mismo.
“El respeto y la buena voluntad que los hombres que se estiman a sí mismos experimentan hacia otros seres humanos es profundamente egoísta; de hecho sienten que: ‘Los demás hombres tienen valor, pues pertenecen a la misma especie que yo’. Al reverenciar a las entidades vivas, reverencian a su propia vida. Ésta es la base psicológica de toda simpatía y de todo sentimiento de ‘solidaridad con la especie’.”
Dado que los hombres nacen siendo páginas en blanco, tanto en lo que se refiere al conocimiento como a la moral, el hombre racional considera a los desconocidos como inocentes hasta que se pruebe que son culpables, y les concede esa buena voluntad inicial en nombre de su potencial humano, Después de eso, los juzga de acuerdo con el character moral que manifiesten. Si descubre que son culpables de grandes maldades, su buena voluntad sera reemplazada por el desprecio y la condena moral. (Si uno valora la vida humana, no se puede valorar a quienes la destruyen.) Si son virtuosos, les concederá valor individual y aprecio personal, en proporción con los valores que posean.
Es sobre la base de esa buena voluntad y de ese respeto generalizados por el valor de la vida humana, que uno ayuda a los desconocidos en una emergencia, y solamente en una emergencia.
Es importante diferenciar entre las reglas de conducta en una situación de emergencia y las que se observan en las condiciones normales de la existencia humana. Esto no significa que exista un doble criterio de moralidad; los principios básicos y las pautas siguen siendo los mismos, pero su aplicación en uno y otro caso requiere definiciones precisas.
Una emergencia es un evento no elegido ni esperado, limitado en el tiempo, que crea condiciones en las cuales la supervivencia humana es imposible, por ejemplo, una inundación, un terremoto, un incendio, un naufragio. En una situación de emergencia la meta primaria del hombre es combater el desastre, huir del peligro y restaurar las condiciones normales (alcanzar la tierra firme, apagar el incendio,etc.).
Por condiciones “normales” entiendo metafísicamente normales, es decir, normales dentro de la naturaleza de las cosas y apropiadas para el desarrollo de la existencia humana. El ser humano puede vivir en la tierra, pero no en el agua ni en medio del fuego. Dado que los hombres no son omnipotentes, es metafísicamente factible que los alcancen desastres imprevisibles; en esos casos su única preocupación debe ser la de retornar a aquellas condiciones en las cuales la vida pueda seguir. Por su misma naturaleza, una situación de emergencia es temporaria; si perdurase , la vida humana se extinguiría.
Sólo en situaciones de emergencia uno debería ofrecerse a ayudar a desconocidos, si esto está dentro de sus posibilidades. Por ejemplo, un hombre que valora la vida humana y se encuentra en medio de un naufragio debería ayudar a los otros pasajeros a salvarse (aunque no a costa de su propia vida). Pero eso no significa que, una vez todos hayan alcanzado tierra firme, deba dedicar sus esfuerzos a salvar a sus compañeros de viaje de la pobreza, la ignorancia, la neurosis o cualquier otro problema que tengan. Tampoco significa que deba pasar su vida navegando por todos los mares en búsqueda de náufragos a quienes salvar.
O, para tomar un ejemplo que puede ocurrir en la vida diaria; supongamos que uno se entera de que su vecino está enfermo y carece de dinero. Ni la enfermedad ni la pobreza son emergencias metafísicas, sino parte de los riesgos normales de la existencia; sin embargo, como el hombre se halla temporalmente indefenso, se le podrán proporcionar alimentos y medicinas, siempre y cuando uno esté en condiciones de hacerlo (como acto de buena voluntad, no como un deber), o también puede realizarse una colecta entre los vecinos, para ayudarlo a superar el mal trance. Pero esto no significa que, de allí en adelante, haya que mantenerlo, ni que se deba pasar la vida buscando hombres que tienen hambre para ayudarlos.
En las condiciones normales de la existencia el hombre tiene que elegir sus metas, proyectarlas en el tiempo, perseguirlas y alcanzarlas a través de su propio esfuerzo. No puede hacerlo si sus metas están libradas al azar y deben ser sacrificadas ante cualquier suceso infortunado que les ocurra a los demás. No puede vivir su vida dejándose guiar por reglas que solo son aplicables a condiciones en las cuales en las cuales la supervivencia humana es imposible.
El principio de que se debe ayudar a aquellos que se encuentran en una emergencia no puede extenderse al punto de considerar que todos los sufrimientos humanos constituyen una emergencia y convertir el infortunio de algunos en una hipoteca sobre la vida de los demás.
L pobreza, la ignorancia, las enfermedades y otros problemas similares no son emergencias metafísicas. A causa de la naturaleza metafísica del hombre y de la existencia, el hombre debe mantener su vida por su propio esfuerzo; los valores que necesita, como la riqueza y el conocimiento, no le son dados automáticamente, cual un regalo de la naturaleza, sino que deben ser descubiertos y logrados a través de su razonamiento y trabajo.
En este aspecto, la única obligación que se tiene para con los demás es la de sostener un sistema social que deje a los hombres en libertad para alcanzar, obtener y conservar sus valores.
Todo código ético se basa en una teoría metafísica y deriva de ella: una teoría sbre la naturaleza fundamental del Universo en el cual el hombre vive y actúa. La ética altruista se basa en la metafísica de “Un Universo malvado”, en la teoría de que el hombre, por su propia naturaleza, está indefenso y se halla condenado, de que el éxito, la felicidad y los logros son imposibles para él, de que las emergencias, los desastres y las catastrofes son la norma de su vida y su meta primaria es combatirlos.
Como la más simple refutación empírica de la falacia de esta metafísica, como evidencia el hecho de que el Universo material es hostil para el hombre y de que las catástrofes son una excepción, y no la regla de su existencia, obsérvense las fortunas que ganan las compañias de seguros al no materializarse los riesgos presumidos.
Obsérvese también que los defensores del altruismo son incapaces de basar su ética sobre hechos relacionados con la existencia normal de las personas, y que siempre ofrecen ejemplos de situaciones límite como la del “bote salvavidas”, a partir de los cuales se derivan las reglas de conducta moral. (“¿Que haría si usted y otro hombre se encontraran en un bote salvavidas que puede llevar solamente a una persona?”, etc..)
El hecho es que los hombres no viven en botes salvavidas y que un bote salvavidas no es el lugar en el cual basar nuestras teorías metafísicas.
El propósito moral de la vida de un hombre es el logro de su felicidad. Esto no significa que sea indiferente hacia todos los hombres, que la vida humana carezca de valor para él y que no tenga motivos para ayudar a los otros en una emergencia. Pero sí significa que no debe subordinar su vida a la obtención del bienestar de los demás, ni sacrificarse por las necesidades de ellos, que el alivio de los sufrimientos ajenos no es su preocupación primordial, que toda ayuda que dé es una excepción y no una regla, un acto de generosidad y no un deber moral, que esa ayuda es marginal e incidental, así como los desastre son marginales e incidentales en el curso de una existencia humana, y que los valores, no las catástrofes, son su meta, su preocupación primordial y la potencia motriz de su vida.
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