Algunos estudiantes del objetivismo consideran difícil entender el principio objetivista de que “no existen conflictos de intereses entre los hombres racionales”. Una pregunta clásica es la siguiente: “Supongamos que dos hombres se presentan para obtener el mismo empleo. Sólo uno de ellos puede ocupar el puesto. ¿No es esto un ejemplo de un conflicto de intereses, y no se beneficiará uno de ellos a expensas del sacrificio del otro?”.
Hay cuatro consideraciones interrelacionadas, involucradas en la visión de todo hombre racional en lo que respecta a sus intereses, que son ignoradas o evadidas en la pregunta anterior y en todas las instancias similares. Las designaré como: a) la realidad; b) el contexto; c) la responsabilidad, y d) el esfuerzo.
a) La realidad. El término “intereses” es una abstracción que abarca todo el campo de la ética e incluye las cuestiones de los valores del hombre, sus deseos, sus metas y el logro de éstas en la realidad. Los “intereses” de un hombre dependen del tipo de metas que elige tratar de alcanzar, su elección de metas depende de sus deseos, sus deseos dependen de sus valores y, para un hombre racional, sus valores dependen de los juicios de su mente.
Los deseos (o sentimientos, o emociones, o anhelos, o caprichos) no son herramientas de la cognición; no constituyen un criterio de valor válido, ni tampoco un criterio válido de los intereses humanos. El mero hecho de que un hombre desee algo no constituye prueba de que el objeto de su deseo sea bueno, ni de que lograrlo sea realmente conveniente para su interés.
Afirmar que los intereses de una persona son sacrificados cada vez que uno de sus deseos se ve frustrado es tener una visión subjetivista de los valores e intereses del ser humano. Significa que creer es correcto, moral y posible para el hombre alcanzar sus metas haciendo caso omiso de si contradicen o no los hechos de realidad, lo cual equivale a sostener un punto de vista irracional o místico de la existencia. Y esto significa que no merece una consideración ulterior.
Al elegir sus metas (lo valores específicos que busca obtener y/o mantener), lo que guía a un hombre racional son sus pensamientos (a través del proceso de raciocinio), y no sus sentimientos o deseos. No considera a los deseos como factores primarios, irreductibles, como lo que está dado, lo que se halla irremediablemente destinado a perseguir. No considera que el “porque yo lo quiero” o “porque así lo siento” sea causa y validación suficiente de sus acciones. Elige y/o identifica a sus deseos a través de un proceso de razonamiento, y no actúa para realizar un deseo hasta que, y a menos que, se considere racionalmente capacitado para validadrlo dentro del pleno contexto de su conocimiento, y de sus otros valores y metas. No actúa hasta que está capacitado para decir: “Yo lo quiero porque es lo correcto”.
La Ley de la Identidad (A es A) es la suprema consideración que puede efectuar un hombre racional en el proceso de determiner sus intereses. Sabe que lo contradictorio es lo imposible, que una contradicción no puede lograrse en el contexto de la realidad y que el intento de lograrla solo puede llevar al desastre y a la destrucción. En concecuencia, no se permite sostener valores contradictorios, perseguir metas contradictorias o imaginar que la prosecución de una contradicción puede ser conveniente para su interés.
Sólo un “irracionalista” (o un místico , o un subjetivista, categoría esta en la que sitúo a todos aquellos que consideran que a la fe, a los sentimientos o a los deseos como el criterio de valoración del hombre) vive en un perpetuo conflicto de “intereses”. Sus pretendidos intereses no solamente están en conflicto con los otros hombres, sino que también lo están entre sí.
A nadie le resulta difícil apartar de toda consideración filosófica el problema del hombre que se queja de que la vida lo ha atrapado en un conflicto irreconciliable, porque no puede no puede comer la torta y tenerla al mismo tiempo. Ese problema no adquiere validez intelectual cuando se lo amplia hasta involucrar a algo más que una torta: el extenderlo a todo el Universo, como en las doctrinas del existencialismo, o únicamente a unos pocos caprichos y evasiones fortuitas, como ocurre en la consideración que la mayoria de las personas hace de sus intereses.
Cuando alguien llega al grado de afirmar que los intereses de los hombres están en conflicto con la realidad, el concepto “intereses” deja de tener significado, y el problema de esa persona deja de ser filosófico para tornarse psicológico.
b) El contexto. Así como un hombre racional no sustenta convicción alguna fuera de contexto, es decir, sin relacionarla con el resto de sus conocimientos resolviendo toda posible contradicción, tampos sostiene ni persigue deseo alguno que esté fuera de contexto.
Desechar el contexto es una de las principales herramientas psicológicas de evasión. En lo que respecta a los deseos personales, hay dos formas básicas de deschar el contexto: las cuestiones de alcance y las de medios.
Un hombre racional considera sus intereses en términos de toda una vida, y selecciona sus metas en concecuencia. Esto no significa que debe ser omnisciente, infalible o clarividente. Significa que no vive su vida por trechos ni anda errante como un vagabundo, empujado por la necesidad del momento dado como separado del contexto del resto de su vida, y que no permite conflicto o contradicciones entre sus intereses a largo plazo. No se convierte en su propio destructor, al perseguir hoy un deseo que mañana echará por tierra todos sus valores.
Un hombre racional no se complace en vanos anhelos dirigidos a fines divorciados de los medios de que dispone. No se aferra a un deseo sin conocer (o aprender) y sin considerar los medios por los cuales podrá alcanzarlo. Dado que saber que la naturaleza no otorga al hombre la satisfacción automática de sus deseos, que sus metas y sus valores deben ser logrados por su propio esfuerzo, que las vidas y los esfuerzos de otros hombres no son de su propiedad ni están a su disposición para servir a sus deseos, un hombre racional no desea cosas ni persigue metas que no puede obtener, directa o indirectamente, a través de su propio esfuerzo.
A partir de un entendimientos correcto de este “indirectamente”, es donde comienza la crucial cuestión social.
El hecho de vivir en sociedad, en lugar de hacerlo en una isla desierta, no libera al hombre de la responsabilidad de mantener su propia vida. La única diferencia reside en que lo hace intercambiando (comerciando) sus productos o servicios por los productos y servicios de otros. Y, en este proceso de intercambio comercial, un hombre racional no busca ni desea más, ni tampoco menos, que lo que puede ganar con su propio esfuerzo. ¿Quién determina sus ganancias? El mercado libre, es decir : la elección y el juicio voluntarios de los hombres que están dispuestos a intercambiar con él sus propios esfuerzos.
Cuando un hombre comercia con otros cuenta, explícita o implícitamente, con su racionalidad, es decir, con su habilidad para identificar el valor de su trabajo. (Un comercio basado en cualquier otra premisa es una estafa o un fraude). En concecuencia, cuando un hombre racional persigue una meta en una sociedad libre, no se pone a merced de los caprichos, favores o prejuicios de los demás; no depende de nada excepto de su propio esfuerzo: directamente, al efectuar un trabajo con valor objetivo; indirectamente, a través de la evaluación objetiva de su trabajo por parte de los demás.
En este sentido, un hombre racional jamás desea algo o persigue una meta, que no pueda alcanzar a través de su propio esfuerzo. Intercambia un valor por otro. Nunca busca ni desea lo que no ha ganado. Si trata de lograr un objetivo que requiere la cooperación de muchas personas, jamás contará con otra cosa que no sea su capacidad para persuadirlas y lograr su acuerdo voluntario.
Obviamente, un hombre racional jamás distorsiona ni corrompe sus propios criterios y su juicio para apelar a la irracionalidad, la estupidez o la deshonestidad de otros. Sabe que ese curso de acción es suicida. Sabe que la única posibilidad práctica de alcanzar cualquier grado de éxito, o cualquier cosa que se pueda humanamente desear, reside en tratar con quienes son racionales, sean muchos o pocos. Si. En cualquier circunstancia dada, es posible obtener alguna victoria, solo la razón podrá alcanzarla. Y en una sociedad libre, e independiente de cuán arduo pueda ser el esfuerzo, es la razón la que gana en última instancia.
Puesto que nunca desecha el contexto de las cuestiones que trata, el hombre racional acepta el hecho de que el esfuerzo que debe realizar es en su propio interés porque sabe que la libertad es de su interés. Sabe que la lucha por obtener sus valores incluye la posibilidad de la derrota, y también que no hay alternativa ni garantía automática de éxito por el esfuerzo humano, sea que trate con la naturaleza o con otros hombres. En concecuencia, no juzga sus intereses por una derrota en particular, ni por el alcance de un momento dado. Vive y juzga a largo plazo, y asume la plena responsabilidad de saber qué condiciones son necesarias para alcanzar sus metas.
c) La responsabilidad. Ésta es la forma particular de responsabilidad intelectual que la mayor parte de las personas evade. Esa evasión es la causa principal de sus frustaciones y fracasos.
La mayoría de las personas tiene deseos descontextualizados, como si fueran metas sueltas suspendidas sobre un nebuloso vacío. Sólo se elevan mentalmente lo suficiente para decir: “Yo deseo”, y allí se detienen, esperando, cual si el resto dependiese de algún poder desconocido. Lo que evaden es la responsabilidad de juzgar al mundo social. Toman al mundo como dado. La esencia más profunda de su actitud es “Éste es un mundo que yo no hice”, y solo buscan adecuarse sin críticas a los incomprensibles requerimientos de los incognoscibles otros que hicieron el mundo, quienesquiera que fuesen. Pero la humildad y la vanidad son las dos caras de la misma moneda psicológica. En la disposición a ponerse ciegamente a merced de los demás se halla implícito el privilegio de hacer ciegas demandas a sus amos.
Este tipo de “humildad metafísica” se revela de infinitas maneras. Por ejemplo, el hombre que desea ser rico, pero jamás se detiene a pensar para poder descubrir, los medios, acciones y condiciones que se requieren para alcanzar la riqueza. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo, y nadie le dio nunca una oportunidad.
También podemos citar como ejemplo a la joven que desea ser amada pero no piensa jamás en descubrir qué es el amor, qué valores requiere, o si ella posee alguna virtud por la cual merezca que se le ame. ¿Quién es ella para juzgar? Siente que el amor es un beneficio inexplicable, de manera que se limita a anhelarlo, sintiendo que alguien le ha robado la parte que le correspondía en la distribución de los beneficios.
Existen padres que sufren, en forma profunda y genuina, porque su hijo no los ama y que, simultáneamente, ignoran, se oponen o intentan destruir todo lo que conocen sobre las convicciones, valores e ilusiones de aquél, sin pensar jamás en la conexión entre estos dos hechos y sin hacer esfuerzo alguno para comprenderlo. El mundo que no hicieron, y al que no se atreven a desafiar, les ha dicho que los hijos aman a sus padres de forma automática.
Otro ejemplo es el del hombre desea obtener un trabajo, pero ni siquiera piensa en descubrir las aptitudes que ese trabajo exige o cuál esl el modo de hacerlo bien. ¿Quién es él para juzgar? Él no hizo el mundo. Alguien le debe una forma de ganarse la vida. ¿Cómo? De alguna manera.
Un arquitecto europeo a quien conocí me comentó cierta vez acerca de su viaje a Puerto Rico. Describió, con gran indignación hacia el mundo en general, las miserables condiciones de vida de los puertorriqueños. Luego se explayó sobre las maravillas que la construcción moderna podría hacer por ellos, con los cuales había soñado despierto, incluyendo heladeras eléctricas y cuartos de baño azulejados. Yo le pregunté: “¿Quién pagará por todo eso?” Contestó, con voz ronca, levemente ofendido: “Oh, no soy yo quien tiene que preocuparse pore so. La mision de un arquitecto se limita a proyectar lo que deberá hacerse. Deje que otro se preocupe por el problema del dinero”.
Ésa es la psicología en la que se han originado todas las “reformas sociales”, los “Estados benefactores”, los “nobles experimentos” y la destrucción del mundo.
Al abandonar la responsabilidad sobre los propios intereses y la propia vida, se abandona la responsabilidad de tener que considerar los intereses y las vidas de otros, de aquellos otros que, en cierta forma, proveerán la satisfacción de nuestros propios deseos.
Todo aquel que permita que un “de alguna manera” forme parte de su perspectiva para el logro de sus deseos es culpable de esa “humildad metafísica” que, psicológicamente, es la premisa de un parásito. Como lo señalara Nathaniel Branden en una de sus conferencias, “de alguna manera” siempre significa “alguien”.
d) El esfuerzo. Dado que un hombre racional sabe que el ser humano debe alcanzar sus metas mediante su propio esfuerzo, sabe también que ni la riqueza, ni los empleos, ni valor humano alguno existen en una cantidad dada, limitada y estática, esperando ser repartidos. Sabe que todos los beneficios deben producirse, que la ganancia de un hombre no significa la pérdida para algún otro, que el logro de cada ser humano no se consigue a costa de aquellos que no lo obtuvieron.
En concecuencia, jamás imagina que posee algún tipo de derecho unilateral e inmerecido sobre hombre alguno, y nunca dejará sus intereses a merced de nadie o de ningún factor concreto.
Podrá necesitar clientes, pero no un cliente en particular; podrá necesitar compradores, pero no un comprador en particular; podrá necesitar un empleo, pero no un empleo en particular. Si encuentra competencia, la enfrentará o elegirá otro tipo de trabajo. No hay ocupación tan poco importante que su desempeño mejor y más hábil pase inadvertido o deje de ser apreciado; no en una sociedad libre. Pregúntese a cualquier gerente de empresa.
Únicamente los representantes pasivos, los parasitarios integrantes de la escuela de la “metefísica de la humildad”, consideran a todo competidor como una amenaza, porque el pensamiento de ganarse una posición debido a su mérito personal no forma parte de su enfoque de la vida. Se consideran a sí mismos como mediocridades intercambiables que nada tienen que ofrecer y que luchan, en un Universo “estático”, por obtener favores de alguien sin causa que los justifique.
Un hombre racional sabe que no vive según la “suerte”, la “oportunidad” o los favores, que no existe algo como “por una sola vez” o una única oportunidad, y que eso está garantizado precisamente por la existencia de la competencia. No considera ninguna meta o valor específico y concreto como irreemplazable. Sabe que las únicas personas irreemplazables son aquellas a quien ama.
También sabe que no existen conflictos de intereses entre hombres racionales, aun en lo que respecta al amor. Al igual que cualquier otro valor, el amor no es una cantidad estática disponible que puede ser dividida, sino una respuesta ilimitada y existente que debe ser ganada.
El amor por un amigo no amenaza el amor que podamos sentir por otro, y tampoco lo hace el amor hacia cada uno de los varios miembros de una familia, siempre que se lo hayan ganado. La forma más exclusiva, el amor romántico, no es una cuestión de competencia. Si dos hombres aman a la misma mujer, lo que ésta sienta por uno de ellos no está determinado por lo que siente por el otro, el sentimiento hacia uno no le es quitado al sentimiento que tiene por el otro. Si elige a uno de ellos, el “perdedor”nunca podría haber obtenido lo que “gano” el vencedor.
Únicamente entre las personas irracionales, a las que solo motiva la emoción, y cuyo amor se encuentra divorciado de toda norma de valoración, pueden existir rivalidades, conflictos accidentals y elecciones ciegas. Pero entonces, quienquiera que gane no gana mucho. Entre aquellos que son motivados solo por la emoción, ni el amor ni niguna otra emoción puede tener significado alguno.
Tales son, en esencia, las cuatro principales consideraciones en el enfoque que un hombre racional tiene de sus intereses.
Ahora retornemos a la cuestión planteada originalmente sobre los dos hombres que pretenden al mismo empleo y observemos de qué modo ignora estas cuatro consideraciones o se opone a ellas.
a) La realidad. El mero hecho de que dos hombres deseen el mismo puesto no prueba que alguno de ellos
esté capacitado para él o que lo merezca, ni que sus intereses se vean perjudicados si no lo obtiene.
b) El contexto. Ambos hombres deben saber que si desean un puesto, lo único que posibilita su meta es la existencia de una empresa comercial capacitada para proveer empleos; que esa empresa requiere que haya más de un aspirante para cualquier puesto disponible; que si existiese un solo postulante, no obtendría el puesto, ya que la empresa no sería competente para funcionar; y que la competencia que existe entre los dos para obtener el empleo es positiva para ambos, aun cuando uno de ellos pierda en ese encuentro en particular.
c) La responsabilidad. Ningún hombre tiene el derecho moral de declarar que él no quiere considerar todos esos factores, que lo único que desea es ese empleo. No tiene título valedero para desear, “interes” alguno, sin saber a qué está obligado para ocupar ese puesto y hacer que su deseo esté respaldado por una posibilidad cierta.
d) El esfuerzo. Quienquiera que obtenga el empleo, se lo ha ganado (asumiendo que la elección efectuada por el empleador sea racional). Este beneficio se debe a su propio mérito y no al “sacrificio” del otro, que nunca tuvo derecho alguno al puesto en cuestión. El hecho de no darle a un hombre lo que nunca le perteneció difícilmente puede describirse como “sacrificio de sus intereses. Todo lo discutido aquí se aplica únicamente a la relación entre hombres racionales, y sólo a una sociedad libre. En este tipo de sociedad no es necesario tratar con quienes son irracionales. Se tiene la libertad de evitarlos.
“En una sociedad carente de libertad no existe, para nadie, la posibilidad de perseguir interés alguno; nada es posible en ella, si se exceptúa una gradual y general destrucción”.
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