sábado, 4 de abril de 2009

Los Constructores de Monumentos

Los Constructores de Monumentos


Lo que presuntamente fue un ideal no es ahora más que un esqueleto cubierto de andrajos cuyos huesos, al entrechocarse, resuenan por todo el mundo; sin embargo, los hombres, por falta de coraje, no se atreven a mirar y descubrir la sardónica risa de la calavera bajo los sangrientos harapos. Ese esqueleto es el socialismo.
Cincuenta años atrás, puede haber habido una excusa (aunque no una justificación) para la difundida creencia de que el socialismo es una teoría política motivada por la bondad y destinada a lograr el bienestar humano. Hoy en día esta creencia ya no puede ser defendida como un error inocente. El socialismo ha sido probado en cada continente del globo. A la luz los resultados, ya es hora de que se cuestionen los motivos que sus defensores dicen tener.
Su característica esencial es la negación del derecho a la propiedad personal; bajo el socialismo el derecho de propiedad (el de disponer de un bien y usarlo) se delega a la “sociedad en su conjunto”, es decir, a la colectividad, y es el Estado, o sea, el gobierno, el que controla su producción y distribución.
El socialismo puede establecerse por la fuerza, como en la antigua Union Sovietica, o mediante el voto, como en la Alemania nazi. El grado de socialismo puede ser total, como en Rusia soviética, o parcial, como en Ingralterra. Teóricamente, las diferencias son superficiales; en la práctica son una cuestión de tiempo. En todos los casos el principio básico es el mismo.
Las presuntas metas del socialismo eran la abolición de la pobreza, el logro de la prosperidad general, el progreso, la paz y la hermandad humana. Los resultados fueron un fracaso que aterroriza, es decir, aterroriza si el motivo que nos guía es el bienestar del hombre.
En lugar de la prosperidad el socialismo produjo la parálisis económica y/o el colapso en todos los países que lo ensayaron. El grado de socialización determinó el grado de desastre; las consecuencias variaron también en forma concomitante.
Inglaterra, que fue una vez la nación más libre y orgullosa de Europa, allá por los años sesenta, quedo reducida al nivel de una potencia de segunda categoría, y pereció lentamente por hemofília, perdiendo lo mejor de su sangre económica: la clase media y los profesionales. Miles de hombres capaces, competentes, productivos e independientes abandonaron el país, emigrando al Canadá y a los Estados Unidos en busca de libertad. Huyen del reino de la mediocridad, de ese desagradable hogar para pobres donde, después de haber vendido sus derechos a cambio de atención médica gratuita, los habitantes se lamentan ahora diciendo que prefieren ser rojos a estar muertos.
En los países más radicalmente socializados se comenzó por la hambruna, es signo característico que pronuncia la dominación socialista, como ocurrió en la Rusia soviética, em la China comunista, en Cuba, Venezuela. En esos países el socialismo redujo y reducirá a la población a esa pobreza indescriptible propia de las épocas preindustriales, literalmente a la inanición, y la ha mantenido en un estancado nivel de miseria.
No se trató, como lo decían los apologistas del socialismo, sólo de una “situación temporaria” (que se mantuvo durante medio siglo). Después de casi stenta años de planificación estata, Rusia seguía siendo incapaz de resolver el problema de alimentar a su población. En relación con una mayor productividad y ritmo de progreso económico, para cualquier persona honesta, la cuestión de toda comparación posible entre el capitalismo y el socialismo quedó resuelta, de una vez por todas, por la diferencia real que existía entre Berlín Occidental y Berlín Oriental.
En lugar de la paz, el socialismo introdujo un nuevo tipo de siniestra locura en las relaciones internacionales: la “guerra fría”, un estado de guerra crónico, con períodos de paz no declarados, entre invasiones repentinas decididas al azar, por las cuales Ruisa llegó a apoderarse de la tercera parte del glob: tribus y naciones socialistas se eliminaban entre sí, la India socialista invadía Goa y la China comunista sojuzgaba a la India socialista.
Un signo elocuente de la corrupción moral de nuestra era es la indiferente complacencia con la mayoría de los socialista y sus simpatizantes, los “liberales” norteamericanos, es decir los socialdemócratas, los “laboristas” en Inglaterra y los de centro-izquierda en Sudamérica, comtemplaron las atrocidades cometidas en los países socialistas y aceptaron la dominación por el terror como una forma de vida, mientras se erigían en defensores de la “hermandad humana”. En los años treinta protestaron contra la Alemania nazi. Aparentemente, no se trataba de una cuestión de principios, sino únicamente de la protesta de una pandeilla rival que se disputaba el mismo territorio, dado que sus voces han dejado de hacerse oír.
En nombre de la “humanidad” condonaron y aceptaron la abolición de toda libertas y derecho, la expropiación de toda propiedad, las ejecuciones sin juicio, las cámaras de tortura, los campos de trabajo para esclavos y las matanzas de millones de personas en la Rusia soviética, así como el sangriento horror en Berlín Oriental, incluyendo los cuerpos ametrallados de niños que intentaban huir.
Cuando se observan los esfuerzos desesperados de cientos de miles de personas por escapar de los países socialistas de Europa, pasando por sobre alambrados de púas y bajo las ráfagas de metralleta (una verdadera pesadilla), ya nadie puede seguir creyendo que el socialism, en cualquiera de sus formas, esté motivado por la bondad y el deseo de alcanzar el bienestar de los hombres.
Ningún hombre auténticamente bondadoso puede evadir o ignorar u horror tan inmenso en una escala tan enorme.
El socialismo no es un movimiento popular. Es un movimiento de los intelectuales, originado, dirigido y controlado por ellos desde sus torres de marfíl y llevado a cabo en sus sangrientas prácticas, donde se unen con sus aliados y ejecutores: los malhechores.
¿Cuál es, entonces, el motivo que mueve a esos intelectuales? El ansia de poder, ansia que es la manifestación de su frustración, de su odio y del deseo de lo que no han ganado.
Este deseo de lo que no han ganado tiene dos aspectos: lo inmerecido en cuanto a la materia y lo inmerecido en cuanto al espíritu. (Al decir “espíritu” me refiero a la conciencia humana.) Estos dos aspectos están necesariamente interconectados, pero el deseo de una persona puede estar enfocado predominantemente en uno u otro. El deseo de obtener lo inmerecido en cuanto al espíritu es el más destructivo y el más corrupto. Es el deseo de la grandeza inmerecida y se expresa (sin definirse) por el impreciso término “prestigio”.
Los que buscan obtener beneficios materiales inmerecidos no son sino parásitos financieros, pordioseros, saqueadores o criminales, demasiado en número y en capacidad mental para significar una amenaza mayor para la civilización, hasta que quiénes buscan la grandeza inmerecida los dejan en libertad de acción y les confieren legalidad.
La grandeza inmerecida es un concepto tan irreal y neurótico que el miserable que la ansía no puede reconocer su naturaleza ni siquiera ante sí mismo: reconocerla la haría imposible. Necesita los eslóganes irracionales e indefinibles del altruísmo y del colectivísmo para dar una forma semiplausible a esa urgencia sin nombre, y poder así afirmarla en la realidad, más para sostener su autoengaño que para engañar a sus víctimas. “El público”, “el interés público”,”el servicio del pueblo” son los medios, las herramientas, los péndulos oscilantes de la autohipnosos de los que codician el poder.
Dado que no existe una entidad tal como “el público”, dado que éste no es sino una cantidad de individuos, todo conflicto presunto o implícito entre el “interés público” y los interese privados significa que deberán sacrificarse los intereses de ciertos hombres en favor de los intereses y los deseos de otros.
Puesto que el concepto es tan convenientemente indefinible, su uso depende sólo de la habilidad de una pandilla que proclama “El público soy yo” y sostener esa aseveración con el uso de la fuerza.
Ninguna afirmación de esa índole ha podido, ni puede, sustentarse sin la ayuda de un arma, es decir, sin usar la fuerza física. Por otra parte, sin esa aseveración los criminales permanecerían en el lugar al que pertenecen: el bajo mundo, y no podrían alcanzar los estratos de los consejos de Estado para regir los destinos de las naciones.
Existen dos maneras de proclamar “El público soy yo”; una de ellas es la que practica ese parásito groseramente material que reclama dádivas gubernamentales en nombre de la necesidad “pública”, y así se apropia de lo que no ha ganado; la otra forma es la que prctica su líder, el parásito espiritual cuya ilisión de “grandeza”, como la del cómplice que reduce bienes robados, deriva del poder de disponer de aquello que no ha ganado y de la mística imagen de sí mismo como la encarnación de la voz del “público”.
De los dos, el parásito material es psicológicamnete más sano y se encuentra más cerca de la realidad; al menos utiliza su botín para alimentarse y vestirse. Pero la única fuente de satisfacción abierta al parásito espiritual, su único medio para ganar “prestigio” (aparte de impartir órdenes y difundir terror) es la actividad más dispendiosa, inútil y carente de sentido: la construcción de munumentos públicos.
La grandeza se logra a través del esfuerzo productivo de la mente de un hombre en la prosecución de metas racionales y claramente definidas. Pero una falsa ilusión de grandeza sólo puede ser alimentada por la cambiante e indefinible quimera de un monumento público, que se presenta como un magnífico regalo a las víctimas que tuvieron que pagar por él con su trabajo forzado o con el dinero que se les ha arrebatado por medio de la extorsión, que se dedica al servicio de todos y de nadie, que pertenece a todos y a ninguno, que todos admiran y nadie disfruta.
Èsta es la única manera que tiene el dirigente de calmar su obsesión: el “prestigio”. “Prestigio”... ¿a los ojos de quién? De cualquiera. A los ojos de las víctimas torturadas, de los mendigos que recorren las calles de su país, de su corte de aduladores, de las tríbus de extranjeros y de sus dirigentes allende sus fronteras. Para impresionar a todos esos ojos, los ojos de todos y de nadie, se ha vertido y gastado la sangre de generaciones de hombres sojuzgados.
En algunas películas de temas bílicos puede verse la imagen gráfica del significado de la construcción de monumentos públicos: la erección de pirámides.
Hordas de hombres famélicos, andrajosos y esqueléticos, que intentan extraer a sus fatigados músculos sus últimas fuerzas, en el esfuerzo inhumano de tirar de las cuerdas que arrastran grandes bloques de piedra, agotándose como torturadas bestias de carga bajo el látigo del capatáz hasta quedar postrados y sucumbir en las arenas del desierto para que el faraón muerto pueda descansar en una estructura imponente y carente de sentido, y ganar “prestigio” imperecedero ante los ojos de las generaciones futuras.
Los templos y los palacios son los únicos monumentos que quedaron de las antiguas civilizaciones humanas. Fueron creados por las mismas razones y con el mismo costo, un costo no justificado por el hecho de que los pueblos primitivos creían, indudablemente, mientras morían por inacición y agotamiento, que el “prestigio” de su tribu, sus soberanos o sus dioses era, de alguna manera, valioso para ellos.
Roma cayó, arruinada por los controles estatales y los impuestos, mientras sus emperadores construían coliseos. Luis XIV de Francia gravó a su pueblo con impuestos extorsivos, llevándolo a la indigencia, mientras construía el palacio de Versailles para que los demás monarcas de su época lo envidiasen (y los turistas modernos lo visiten).
El subterráneo de Moscú, decorado con mármol y construido por la labor “voluntaria” y no retribuida de obreros rusos, incluyendo mujeres, es un monumento público; lo mismo podría decirse del lujo zarista desplegado en las recepciones realizadas en las embajadas soviéticas, con caviar y champán, que se consideran “necesarias”, mientras el pueblo hace largas filas para obtener deficientes raciones de alimentos. Todo ellos para mantener el prestigio de la Union Soviética.
La gran distinción con los Estados Unidos de América, hasta hace pocas décadas, fue la modestia de sus monumentos públicos. Los monumentos que existían eran indiscutiblrd: no habían sido erigidos para lograr “prestigio”, sino que eran estructuras funcionales en las que habían tenido lugar hechos de gran importancia histórica. Quién haya visto la austera simplicidad del “Hall de la Independencia” habrá reconocido la diferencia entre grandeza auténtica y las pirámides de los buscadores de prestigio, “inspirados por el bien de su pueblo”.
En los Estados Unidos el esfuerzo humano y los bienes materiales no fueron expropiados para construír monumentos y proyectos públicos, sino que se usaron para el progreso individual y el bienestar privado, persona, de los ciudadanos individuales. La grandeza del país reside en el hecho de que sus monumentos no son de propiedad pública.
La ciudad de Nueva York es un monumento cuyo esplendor jamás seráigualado por ninguna pirámide ni palacio. Pero los rascacielos de los Estados Unidos no se construyeron con bienes públicos, ni para un propósito público; fueron erigidos por la energía, iniciativa y riqueza privada de los individuos, y con sus beneficios personales.
En lugar de empobrecer al pueblo, esos rascacielos, a medida que se hacían más y más elevados, mantenían floreciente el nivel de vida de la gente, incluyendo a los habitantes de los barrios bajos que viven en medio del lujo si se los compara con el antiguo esclavo egipcio o el obreo soviético-socialista.
Tal es la diferencia, tanto en la teoría como en la práctica, entr el capitalismo y el socialismo.
Es imposible calcular el sufrimiento humano, la degradación, las privaciones y el horror requeridos para levantar uno solo de los tan publicitados rascacielos de Moscú, o para construir fábricas, minas y diques soviéticos, o para cada etapa de su “industrialización”, sostenida por el saqueo y la sangre de millones de personas. Lo que sí sabemos es que 75 años es un tiempo muy largo: es el término de dos generaciones; sabemos que, en nombre de la abundancia prometida, vivieron y murieron tres generaciones de hombres en una pobreza infrahumana, y también sabemos que a pesar de todo esto, aun hoy no es posible disuadir a los defensores del socialismo.
Cualesquiera que fuesen los motivos que aseguran tener, lo que han perdido el derecho de reclamar para sí desde hace mucho tiempo es la benevolencia.
La ideología de la socialización (en su forma neofascista) flota ahora, debido a nuestra negligencia culposa, a través del vacío de nustra areclamando el "atmósfera intelectual y cultural.
Obsérvese con cuanta fracuencia se nos pide que hagamos “sacrificios” indefinidos en favor de propósitos no no especificados, y cuánto invoca el gobierno el “interés público”. Obsérvese el predominio que, en forma repentina ha adquirido la cuestión del prestigio internacional, y qué políticas grotescamente suicidas se justifican relacionándolas con cuestiones de prestigio.
Durante la crisis cubana, cuando la custión de hecho se refería a cohetes nucleares y guerra atómica, nuestros diplomáticos y comentaristas consideraban que era adecuado sopesar seriamente cosas tales como el “prestigio” y los sentimientos personales, y “permitir que los varios dirigentes socialistas involucrados puediesen salvar la cara”.
No hay diferencias entre los principios, políticas y resultados prácticos del socialismo y los de cualquier tiranía, histórica o prehistórica. El socialismo es meramente una monarquía absoluta democrática, es decir, un sistema absolutista que carece de una cabeza fija, abierto a cualquier pandilla, a cualquier oportunista, aventurero, demagogo o delincuente que logre adueñarse del poder.
Al considerar al socialism, no hay que engañarse en cuanto a su naturaleza. Es preciso recordar que no existe una dicotomía tal como “derechos humanos” contra “derechos de propiedad”. No es posible la existencia de dereshos humanos sin el derecho a la propiedad. Daod que los bienes materiales son producidos por el cerebro y el esfuerzo de los hombres individuales, y que son necesarios para sustentar sus vidas, si el productor no es dueño del resultados de sus esfuerzos tampoco sera dueño de su vida.
Negar los derechos de propiedad equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quienquiera que se arrogue el “derecho” de “redistribuir” la riqueza que otros producen está reclamando el “derecho” de tratar a los seres humanos como bienes de uso.
Cuando se considere la devastación mundial provocada por el socialismo, el mar de sangre y los millones de víctimas, recuérdese que no fueron sacrificadas por el “bien de la humanidad”, ni por un “noble ideal”, sino por la enconada vanidad de algún bruto asustado o de algún pretensioso mediocre que buscaba obtener un manto de “grandeza” inmerecida. El monumento al socialismo es una pirámide de fábricas públicas, teatros públicos y parques públicos, erigídos sobre cadáveres humanos y en cuya cima se halla la figura del dictador, que posa golpeándose el pecho y clamando “prestigio”al vacío sin estrellas que se eleva sobre él , indiferente.