Limitaré mi respuesta a un único y fundamental aspecto de
esta pregunta. Mencionaré un solo principio, opuesto a la idea tan
prevaleciente hoy en día, y que es la responsable de que el mal se haya
propagado por el mundo. Este principio es: uno
nunca debe dejar de pronunciar su juicio moral.
Nada puede corromper y desintegrar
tanto una cultura o el carácter de un hombre como el precepto del agnosticismo moral, la idea de que nunca
debe formularse un juicio moral sobre los demás, que uno debe ser moralmente
tolerante con respecto a todo, que el bien consiste en no diferenciar entre el
bien y el mal.
Es obvio quién gana y quién pierde
con tal precepto. Cuando uno se abstiene por igual de alabar las virtudes de
los hombres y condenar sus vicios, no se les hace justicia ni se les concede un
tratamiento equitativo. Cuando la imparcialidad de su actitud declara, en
efecto, que ni el bien ni el mal pueden esperar nada de usted, ¿a quién
traiciona y a quién alienta?
Pero pronunciar un juicio moral es
una enorme responsabilidad. Para ser juez es preciso poseer un carácter
irreprochable; no es necesario ser omnisapiente ni infalible, tampoco estar
exento de errores de conocimiento. S requiere una integridad inquebrantable, es
decir: no ser indulgente en absoluto con la maldad consciente o intencionada.
Así como el juez de un tribunal puede cometer un error cuando la evidencia no
es concluyente, pero no puede eludir la evidencia disponible, ni aceptar
soborno, ni permitir que ningún sentimiento, emoción, deseo o temor personal
obstruya su mente al formar juicio sobre los hechos de la realidad, así toda
persona racional debe mantener una integridad igualmente estricta y solemne en
el tribunal de su mente, donde la responsabilidad es más aterradora que en un
tribunal público porque él, el juez,
es el único que sabe cuándo él mismo ha sido incriminado.
Sin embargo, existe una corte de
apelaciones para nuestros propios juicios: la realidad objetiva. Un juez se
somete a sí mismo a juicio cada vez que emite una sentencia. Únicamente hoy,
cuando prevalecen el cinismo amoral, el subjetivismo y el gangsterismo, los
hombres pueden creerse en libertad de pronunciar cualquier tipo de juicio
irracional sin tener que sufrir las concecuencias.
De hecho, un hombre debe ser
juzgado de acuerdo con los juicios que pronuncie. Las cosas que condena o
elogia existen en la realidad objetivas y están abiertas a la consideración
independiente de los demás. Cuando acusa o elogia, lo que revela son sus
propios criterios y su carácter moral. Si condena a los Estados Unidos y alaba
a los comunistas, si ataca a los hombres de negocio y defiende a los
delincuentes juveniles, si desprecia una gran obra de arte y aplaude aquello
que carece de todo valor artístico, está confesando la naturaleza de su propia
alma.
El miedo a esa responsabilidad es lo que lleva a la mayoría de las personas a
adoptar una actitud de indiscriminada neutralidad moral. Este temor se expresa
mejor a través del precepto “No juzgues y no serás juzgado”. Pero ese precepto,
de hecho, es una abdicación de la responsabilidad moral; es un cheque en blanco
moral que uno entrega a los demás a cambio de un cheque en blanco moral que uno
espera para sí mismo.
No hay manera de rehuir el hecho
de que los hombres deben efectuar elecciones; mientras tengan que hacerlo no
existe posibilidad de escapar de los valores morales: en tanto éstos estén en
juego, no existe neutralidad moral posible. Abstenerese de condenar a un
torturador es convertirse en un cómplice de la tortura y del asesinato de sus víctimas.
El principio moral a adoptar en
esta cuestión es: “Juzga y prepárate para ser juzgado”.
Lo opuesto a la neutralidad moral
no es una condenación ciega, arbitraria y petulante de cualquier idea, acción o
persona que no se ajuste al humor o gusto personal, a eslóganes memorizados o
al juicio repentino de un momento. La tolerancia indiscriminada y la condena
indiscriminada no son dos posiciones opuestas, sino dos variantes de la misma
forma de evasión.
Declarar que “todos son blancos”o “todos
son negros” o “nadie es blanco o negro, sino gris” no es expresar un juicio
moral, sino eludir la responsabilidad de hacerlo.
Juzgar significa evaluar un hecho
concreto refiriéndolo a un principio o norma abstracta. No es una tarea fácil,
ni que pueda ejecutarse en forma automática por medio de los sentimientos, los
instintos o las “corazonadas” personales. Es una tarea que requiere aplicar el
proceso de pensamiento más preciso, más severo y más implacablemente objetivo y
racional. Es bastante fácil entender los principios morales abstractos, pero
puede resultar muy difícil aplicarlos a una situación dada, en particular
cuando está involucrado el carácter moral de otra persona. Toda vez que se
pronuncie un juicio moral, sea una alabanza o una acusación, se debe estar
preparado para responder a la pregunta “¿Por qué?”, y para fundamentar tal
juicio, ante uno mismo y ante quien efectúe racionalmente la pregunta.
La política de pronunciar siempre
un juicio moral no significa que uno deba considerarse a sí mismo como un
misionero cargado con la responsabilidad de “salvar las almas de los demás”, ni
que se deban ofrecer evaluaciones morales no solicitadas a todos aquellos con
los que uno se encuentre. Significa: a) que uno debe tener en forma clara,
completa y verbalmente identificable su propia evaluación moral de cada
persona, cuestión o hecho con que se enfrente y estar dispuesto a actuar en
consecuencia; b) que uno debe hacer conocer a los demás su evaluación moral
personal cuando es racionalmente apropiado hacerlo. Esto último no implica que
hay que lanzarse a realizar denuncias e iniciar debates morales innecesarios,
pero sí que uno debe pronunciarse en
aquellas situaciones en las cuales el silencio puede interpretarse
objetivamente como un tácito acuerdo o aprobacion de la maldad.
Cuando
uno trata con personas irracionales, con los cuales todo argumento es inútil. Es
suficiente decir: “Yo no estoy de acuerdo con usted” para negar cualquier
implicancias de aprobación moral. Cuando se trata con personas que poseen
cierta capacidad, puede ser moralmente conveniente una exposición completa del
propio punto de vista. Pero en ningun caso ni situación se debe guardar
silencio cuando los valores que uno sustenta son atacados o denunciados.
Los valores morales son la fuerza
motriz de las acciones humanas. Al pronunciar un juicio moral, uno protege la
claridad de su percepción personal y la racionalidad del curso de acción que ha
elegido seguir. Existe una diferencia entre pensar que uno esta ante errores de
conocimiento humanos o ante la maldad humana.
Obsérvese cuántas personas se
evaden, racionalizan y dirigen su mente hacia un estado de ciego estupor por el
temor de descubrir que aquellos con quienes tratan –sus seres queridos, sus
amigos o asociados comerciales, o dirigentes políticos- no estan simplemente
errados, sino malvados. Obsérvese que
este temor los lleva a consentir, ayudar y expandir implícitamente la misma
maldad cuya existencia temen reconocer.
Si la gente no cayera en abyectas evasiones, como declarar que un
despreciable mentiroso tiene “buenas intenciones”, que un pordiosero “no tiene
la culpa del estado en que está”, que un delincuente juvenil “necesita amor”,
que un criminal lo es “porque no sabe cómo comportarse mejor”, y que un político
ávido de poder está motivado por una patriótica preocupación “por el bienestar
público”, que los comunistas son solamente “reformadores agrarios”, la historia
de las últimas décadas, o siglos, hubiera sido distinta.
Pregúntese a sí mismo por qué las
dictaduras totalitarias necesitan verter dinero y esfuerzo en propaganda
dirigida a sus propios esclavos, que se encuentran indefensos, encadenados y
amordazados, carentes de todo medio de protesta o defensa. La respuesta es que
aún el más humilde de los campesinos, o el más ignorante de los salvajes, se
alzarí en ciega rebelión si se diese cuenta de que lo están inmolando, no en
beneficio de algún incomprensible “noble propósito”, sino en favor de la simple
y desnuda maldad humana.
Obsérvese también que la
neutralidad moral requiere una progrsiva simpatía por el vicio y un progresivo
antagonismo hacia la virtud. Un hombre que se esfuerza por no reconocer la
maldad como tal encontrará que es más peligroso reconocer el bien como tal.
Para él una persona virtuosa es una amenaza que puede hacer tambalear todas sus
evasiones, en particular cuando esta involucrada una cuestión de justicia que
demanda una definición. Es entonces cuando expresiones tales como “Nadia tiene
toda la razón o está totalmento equivocado” y “¿Quién soy yo para juzgar? Adquieren
un efecto letal. El hombre que comienza por decir: “En el peor de nosotros hay
algo bueno”, continuara diciendo: “Hay algo malo en el mejor de nosotros”, y
por fin: “Son los mejores de nosotros los que nos hacen la vida difícil. ¿Por
qué no se callan? ¿Quienes son ellos para juzgar?”
Y entonces, en alguna gris mañana
en la mitad de su vida, ese hombre descubre repentinamente que ha traicionado
todos los valores que atesoraba en su ya lejana juventud, se pregunta cómo
ocurrió, y cierra de un golpe su mente a toda respuesta diciéndose
apresuradamente que el miedo que sintió en sus momentos peores y más
vergonzosos estaba justificado, que los valores no tiene posibilidad alguna en
este mundo.
Una sociedad irracional es una
sociedad de cobardes morales, de hombres paralizados por la pérdida de sus
valores, principios y metas morales. Pero dado que los hombres deben actuar
mientras vivan, tal sociedad está lista para ser tomada por cualquiera que esté
dispuesto a determinar su curso. La iniciativa puede venir únicamente de dos
tipos de hombres: de aquel que está preparado para asumir la responsabilidad de
afirmar los valores racionales, o bien del criminal a quien no le preocupan las
cuestiones de responsabilidad.
No importa cuán duro sea el
esfuerzo, sólo hay una elección que un hombre racional puede hacer en vista de
tal alternativa.