martes, 3 de julio de 2012

Como se puede tener una vida racional en una sociedad irracional?


Limitaré mi respuesta a un único y fundamental aspecto de esta pregunta. Mencionaré un solo principio, opuesto a la idea tan prevaleciente hoy en día, y que es la responsable de que el mal se haya propagado por el mundo. Este principio es: uno nunca debe dejar de pronunciar su juicio moral.
   Nada puede corromper y desintegrar tanto una cultura o el carácter de un hombre como el precepto del agnosticismo moral, la idea de que nunca debe formularse un juicio moral sobre los demás, que uno debe ser moralmente tolerante con respecto a todo, que el bien consiste en no diferenciar entre el bien y el mal.
   Es obvio quién gana y quién pierde con tal precepto. Cuando uno se abstiene por igual de alabar las virtudes de los hombres y condenar sus vicios, no se les hace justicia ni se les concede un tratamiento equitativo. Cuando la imparcialidad de su actitud declara, en efecto, que ni el bien ni el mal pueden esperar nada de usted, ¿a quién traiciona y a quién alienta?
   Pero pronunciar un juicio moral es una enorme responsabilidad. Para ser juez es preciso poseer un carácter irreprochable; no es necesario ser omnisapiente ni infalible, tampoco estar exento de errores de conocimiento. S requiere una integridad inquebrantable, es decir: no ser indulgente en absoluto con la maldad consciente o intencionada. Así como el juez de un tribunal puede cometer un error cuando la evidencia no es concluyente, pero no puede eludir la evidencia disponible, ni aceptar soborno, ni permitir que ningún sentimiento, emoción, deseo o temor personal obstruya su mente al formar juicio sobre los hechos de la realidad, así toda persona racional debe mantener una integridad igualmente estricta y solemne en el tribunal de su mente, donde la responsabilidad es más aterradora que en un tribunal público porque él, el juez, es el único que sabe cuándo él mismo ha sido incriminado.
   Sin embargo, existe una corte de apelaciones para nuestros propios juicios: la realidad objetiva. Un juez se somete a sí mismo a juicio cada vez que emite una sentencia. Únicamente hoy, cuando prevalecen el cinismo amoral, el subjetivismo y el gangsterismo, los hombres pueden creerse en libertad de pronunciar cualquier tipo de juicio irracional sin tener que sufrir las concecuencias.
   De hecho, un hombre debe ser juzgado de acuerdo con los juicios que pronuncie. Las cosas que condena o elogia existen en la realidad objetivas y están abiertas a la consideración independiente de los demás. Cuando acusa o elogia, lo que revela son sus propios criterios y su carácter moral. Si condena a los Estados Unidos y alaba a los comunistas, si ataca a los hombres de negocio y defiende a los delincuentes juveniles, si desprecia una gran obra de arte y aplaude aquello que carece de todo valor artístico, está confesando la naturaleza de su propia alma.
   El miedo a esa responsabilidad es lo que lleva a la mayoría de las personas a adoptar una actitud de indiscriminada neutralidad moral. Este temor se expresa mejor a través del precepto “No juzgues y no serás juzgado”. Pero ese precepto, de hecho, es una abdicación de la responsabilidad moral; es un cheque en blanco moral que uno entrega a los demás a cambio de un cheque en blanco moral que uno espera para sí mismo.
   No hay manera de rehuir el hecho de que los hombres deben efectuar elecciones; mientras tengan que hacerlo no existe posibilidad de escapar de los valores morales: en tanto éstos estén en juego, no existe neutralidad moral posible. Abstenerese de condenar a un torturador es convertirse en un cómplice de la tortura y del asesinato de sus víctimas.
   El principio moral a adoptar en esta cuestión es: “Juzga y prepárate para ser juzgado”.
   Lo opuesto a la neutralidad moral no es una condenación ciega, arbitraria y petulante de cualquier idea, acción o persona que no se ajuste al humor o gusto personal, a eslóganes memorizados o al juicio repentino de un momento. La tolerancia indiscriminada y la condena indiscriminada no son dos posiciones opuestas, sino dos variantes de la misma forma de evasión.
   Declarar que “todos son blancos”o “todos son negros” o “nadie es blanco o negro, sino gris” no es expresar un juicio moral, sino eludir la responsabilidad de hacerlo.
   Juzgar significa evaluar un hecho concreto refiriéndolo a un principio o norma abstracta. No es una tarea fácil, ni que pueda ejecutarse en forma automática por medio de los sentimientos, los instintos o las “corazonadas” personales. Es una tarea que requiere aplicar el proceso de pensamiento más preciso, más severo y más implacablemente objetivo y racional. Es bastante fácil entender los principios morales abstractos, pero puede resultar muy difícil aplicarlos a una situación dada, en particular cuando está involucrado el carácter moral de otra persona. Toda vez que se pronuncie un juicio moral, sea una alabanza o una acusación, se debe estar preparado para responder a la pregunta “¿Por qué?”, y para fundamentar tal juicio, ante uno mismo y ante quien efectúe racionalmente la pregunta.
   La política de pronunciar siempre un juicio moral no significa que uno deba considerarse a sí mismo como un misionero cargado con la responsabilidad de “salvar las almas de los demás”, ni que se deban ofrecer evaluaciones morales no solicitadas a todos aquellos con los que uno se encuentre. Significa: a) que uno debe tener en forma clara, completa y verbalmente identificable su propia evaluación moral de cada persona, cuestión o hecho con que se enfrente y estar dispuesto a actuar en consecuencia; b) que uno debe hacer conocer a los demás su evaluación moral personal cuando es racionalmente apropiado hacerlo. Esto último no implica que hay que lanzarse a realizar denuncias e iniciar debates morales innecesarios, pero sí que uno debe pronunciarse en aquellas situaciones en las cuales el silencio puede interpretarse objetivamente como un tácito acuerdo o aprobacion de la maldad.
  Cuando uno trata con personas irracionales, con los cuales todo argumento es inútil. Es suficiente decir: “Yo no estoy de acuerdo con usted” para negar cualquier implicancias de aprobación moral. Cuando se trata con personas que poseen cierta capacidad, puede ser moralmente conveniente una exposición completa del propio punto de vista. Pero en ningun caso ni situación se debe guardar silencio cuando los valores que uno sustenta son atacados o denunciados.
   Los valores morales son la fuerza motriz de las acciones humanas. Al pronunciar un juicio moral, uno protege la claridad de su percepción personal y la racionalidad del curso de acción que ha elegido seguir. Existe una diferencia entre pensar que uno esta ante errores de conocimiento humanos o ante la maldad humana.
   Obsérvese cuántas personas se evaden, racionalizan y dirigen su mente hacia un estado de ciego estupor por el temor de descubrir que aquellos con quienes tratan –sus seres queridos, sus amigos o asociados comerciales, o dirigentes políticos- no estan simplemente errados, sino malvados. Obsérvese que este temor los lleva a consentir, ayudar y expandir implícitamente la misma maldad cuya existencia temen reconocer.
  Si la gente no cayera en abyectas evasiones, como declarar que un despreciable mentiroso tiene “buenas intenciones”, que un pordiosero “no tiene la culpa del estado en que está”, que un delincuente juvenil “necesita amor”, que un criminal lo es “porque no sabe cómo comportarse mejor”, y que un político ávido de poder está motivado por una patriótica preocupación “por el bienestar público”, que los comunistas son solamente “reformadores agrarios”, la historia de las últimas décadas, o siglos, hubiera sido distinta.
   Pregúntese a sí mismo por qué las dictaduras totalitarias necesitan verter dinero y esfuerzo en propaganda dirigida a sus propios esclavos, que se encuentran indefensos, encadenados y amordazados, carentes de todo medio de protesta o defensa. La respuesta es que aún el más humilde de los campesinos, o el más ignorante de los salvajes, se alzarí en ciega rebelión si se diese cuenta de que lo están inmolando, no en beneficio de algún incomprensible “noble propósito”, sino en favor de la simple y desnuda maldad humana.
   Obsérvese también que la neutralidad moral requiere una progrsiva simpatía por el vicio y un progresivo antagonismo hacia la virtud. Un hombre que se esfuerza por no reconocer la maldad como tal encontrará que es más peligroso reconocer el bien como tal. Para él una persona virtuosa es una amenaza que puede hacer tambalear todas sus evasiones, en particular cuando esta involucrada una cuestión de justicia que demanda una definición. Es entonces cuando expresiones tales como “Nadia tiene toda la razón o está totalmento equivocado” y “¿Quién soy yo para juzgar? Adquieren un efecto letal. El hombre que comienza por decir: “En el peor de nosotros hay algo bueno”, continuara diciendo: “Hay algo malo en el mejor de nosotros”, y por fin: “Son los mejores de nosotros los que nos hacen la vida difícil. ¿Por qué no se callan? ¿Quienes son ellos  para juzgar?”
   Y entonces, en alguna gris mañana en la mitad de su vida, ese hombre descubre repentinamente que ha traicionado todos los valores que atesoraba en su ya lejana juventud, se pregunta cómo ocurrió, y cierra de un golpe su mente a toda respuesta diciéndose apresuradamente que el miedo que sintió en sus momentos peores y más vergonzosos estaba justificado, que los valores no tiene posibilidad alguna en este mundo.
   Una sociedad irracional es una sociedad de cobardes morales, de hombres paralizados por la pérdida de sus valores, principios y metas morales. Pero dado que los hombres deben actuar mientras vivan, tal sociedad está lista para ser tomada por cualquiera que esté dispuesto a determinar su curso. La iniciativa puede venir únicamente de dos tipos de hombres: de aquel que está preparado para asumir la responsabilidad de afirmar los valores racionales, o bien del criminal a quien no le preocupan las cuestiones de responsabilidad.
   No importa cuán duro sea el esfuerzo, sólo hay una elección que un hombre racional puede hacer en vista de tal alternativa.

sábado, 4 de abril de 2009

Los Constructores de Monumentos

Los Constructores de Monumentos


Lo que presuntamente fue un ideal no es ahora más que un esqueleto cubierto de andrajos cuyos huesos, al entrechocarse, resuenan por todo el mundo; sin embargo, los hombres, por falta de coraje, no se atreven a mirar y descubrir la sardónica risa de la calavera bajo los sangrientos harapos. Ese esqueleto es el socialismo.
Cincuenta años atrás, puede haber habido una excusa (aunque no una justificación) para la difundida creencia de que el socialismo es una teoría política motivada por la bondad y destinada a lograr el bienestar humano. Hoy en día esta creencia ya no puede ser defendida como un error inocente. El socialismo ha sido probado en cada continente del globo. A la luz los resultados, ya es hora de que se cuestionen los motivos que sus defensores dicen tener.
Su característica esencial es la negación del derecho a la propiedad personal; bajo el socialismo el derecho de propiedad (el de disponer de un bien y usarlo) se delega a la “sociedad en su conjunto”, es decir, a la colectividad, y es el Estado, o sea, el gobierno, el que controla su producción y distribución.
El socialismo puede establecerse por la fuerza, como en la antigua Union Sovietica, o mediante el voto, como en la Alemania nazi. El grado de socialismo puede ser total, como en Rusia soviética, o parcial, como en Ingralterra. Teóricamente, las diferencias son superficiales; en la práctica son una cuestión de tiempo. En todos los casos el principio básico es el mismo.
Las presuntas metas del socialismo eran la abolición de la pobreza, el logro de la prosperidad general, el progreso, la paz y la hermandad humana. Los resultados fueron un fracaso que aterroriza, es decir, aterroriza si el motivo que nos guía es el bienestar del hombre.
En lugar de la prosperidad el socialismo produjo la parálisis económica y/o el colapso en todos los países que lo ensayaron. El grado de socialización determinó el grado de desastre; las consecuencias variaron también en forma concomitante.
Inglaterra, que fue una vez la nación más libre y orgullosa de Europa, allá por los años sesenta, quedo reducida al nivel de una potencia de segunda categoría, y pereció lentamente por hemofília, perdiendo lo mejor de su sangre económica: la clase media y los profesionales. Miles de hombres capaces, competentes, productivos e independientes abandonaron el país, emigrando al Canadá y a los Estados Unidos en busca de libertad. Huyen del reino de la mediocridad, de ese desagradable hogar para pobres donde, después de haber vendido sus derechos a cambio de atención médica gratuita, los habitantes se lamentan ahora diciendo que prefieren ser rojos a estar muertos.
En los países más radicalmente socializados se comenzó por la hambruna, es signo característico que pronuncia la dominación socialista, como ocurrió en la Rusia soviética, em la China comunista, en Cuba, Venezuela. En esos países el socialismo redujo y reducirá a la población a esa pobreza indescriptible propia de las épocas preindustriales, literalmente a la inanición, y la ha mantenido en un estancado nivel de miseria.
No se trató, como lo decían los apologistas del socialismo, sólo de una “situación temporaria” (que se mantuvo durante medio siglo). Después de casi stenta años de planificación estata, Rusia seguía siendo incapaz de resolver el problema de alimentar a su población. En relación con una mayor productividad y ritmo de progreso económico, para cualquier persona honesta, la cuestión de toda comparación posible entre el capitalismo y el socialismo quedó resuelta, de una vez por todas, por la diferencia real que existía entre Berlín Occidental y Berlín Oriental.
En lugar de la paz, el socialismo introdujo un nuevo tipo de siniestra locura en las relaciones internacionales: la “guerra fría”, un estado de guerra crónico, con períodos de paz no declarados, entre invasiones repentinas decididas al azar, por las cuales Ruisa llegó a apoderarse de la tercera parte del glob: tribus y naciones socialistas se eliminaban entre sí, la India socialista invadía Goa y la China comunista sojuzgaba a la India socialista.
Un signo elocuente de la corrupción moral de nuestra era es la indiferente complacencia con la mayoría de los socialista y sus simpatizantes, los “liberales” norteamericanos, es decir los socialdemócratas, los “laboristas” en Inglaterra y los de centro-izquierda en Sudamérica, comtemplaron las atrocidades cometidas en los países socialistas y aceptaron la dominación por el terror como una forma de vida, mientras se erigían en defensores de la “hermandad humana”. En los años treinta protestaron contra la Alemania nazi. Aparentemente, no se trataba de una cuestión de principios, sino únicamente de la protesta de una pandeilla rival que se disputaba el mismo territorio, dado que sus voces han dejado de hacerse oír.
En nombre de la “humanidad” condonaron y aceptaron la abolición de toda libertas y derecho, la expropiación de toda propiedad, las ejecuciones sin juicio, las cámaras de tortura, los campos de trabajo para esclavos y las matanzas de millones de personas en la Rusia soviética, así como el sangriento horror en Berlín Oriental, incluyendo los cuerpos ametrallados de niños que intentaban huir.
Cuando se observan los esfuerzos desesperados de cientos de miles de personas por escapar de los países socialistas de Europa, pasando por sobre alambrados de púas y bajo las ráfagas de metralleta (una verdadera pesadilla), ya nadie puede seguir creyendo que el socialism, en cualquiera de sus formas, esté motivado por la bondad y el deseo de alcanzar el bienestar de los hombres.
Ningún hombre auténticamente bondadoso puede evadir o ignorar u horror tan inmenso en una escala tan enorme.
El socialismo no es un movimiento popular. Es un movimiento de los intelectuales, originado, dirigido y controlado por ellos desde sus torres de marfíl y llevado a cabo en sus sangrientas prácticas, donde se unen con sus aliados y ejecutores: los malhechores.
¿Cuál es, entonces, el motivo que mueve a esos intelectuales? El ansia de poder, ansia que es la manifestación de su frustración, de su odio y del deseo de lo que no han ganado.
Este deseo de lo que no han ganado tiene dos aspectos: lo inmerecido en cuanto a la materia y lo inmerecido en cuanto al espíritu. (Al decir “espíritu” me refiero a la conciencia humana.) Estos dos aspectos están necesariamente interconectados, pero el deseo de una persona puede estar enfocado predominantemente en uno u otro. El deseo de obtener lo inmerecido en cuanto al espíritu es el más destructivo y el más corrupto. Es el deseo de la grandeza inmerecida y se expresa (sin definirse) por el impreciso término “prestigio”.
Los que buscan obtener beneficios materiales inmerecidos no son sino parásitos financieros, pordioseros, saqueadores o criminales, demasiado en número y en capacidad mental para significar una amenaza mayor para la civilización, hasta que quiénes buscan la grandeza inmerecida los dejan en libertad de acción y les confieren legalidad.
La grandeza inmerecida es un concepto tan irreal y neurótico que el miserable que la ansía no puede reconocer su naturaleza ni siquiera ante sí mismo: reconocerla la haría imposible. Necesita los eslóganes irracionales e indefinibles del altruísmo y del colectivísmo para dar una forma semiplausible a esa urgencia sin nombre, y poder así afirmarla en la realidad, más para sostener su autoengaño que para engañar a sus víctimas. “El público”, “el interés público”,”el servicio del pueblo” son los medios, las herramientas, los péndulos oscilantes de la autohipnosos de los que codician el poder.
Dado que no existe una entidad tal como “el público”, dado que éste no es sino una cantidad de individuos, todo conflicto presunto o implícito entre el “interés público” y los interese privados significa que deberán sacrificarse los intereses de ciertos hombres en favor de los intereses y los deseos de otros.
Puesto que el concepto es tan convenientemente indefinible, su uso depende sólo de la habilidad de una pandilla que proclama “El público soy yo” y sostener esa aseveración con el uso de la fuerza.
Ninguna afirmación de esa índole ha podido, ni puede, sustentarse sin la ayuda de un arma, es decir, sin usar la fuerza física. Por otra parte, sin esa aseveración los criminales permanecerían en el lugar al que pertenecen: el bajo mundo, y no podrían alcanzar los estratos de los consejos de Estado para regir los destinos de las naciones.
Existen dos maneras de proclamar “El público soy yo”; una de ellas es la que practica ese parásito groseramente material que reclama dádivas gubernamentales en nombre de la necesidad “pública”, y así se apropia de lo que no ha ganado; la otra forma es la que prctica su líder, el parásito espiritual cuya ilisión de “grandeza”, como la del cómplice que reduce bienes robados, deriva del poder de disponer de aquello que no ha ganado y de la mística imagen de sí mismo como la encarnación de la voz del “público”.
De los dos, el parásito material es psicológicamnete más sano y se encuentra más cerca de la realidad; al menos utiliza su botín para alimentarse y vestirse. Pero la única fuente de satisfacción abierta al parásito espiritual, su único medio para ganar “prestigio” (aparte de impartir órdenes y difundir terror) es la actividad más dispendiosa, inútil y carente de sentido: la construcción de munumentos públicos.
La grandeza se logra a través del esfuerzo productivo de la mente de un hombre en la prosecución de metas racionales y claramente definidas. Pero una falsa ilusión de grandeza sólo puede ser alimentada por la cambiante e indefinible quimera de un monumento público, que se presenta como un magnífico regalo a las víctimas que tuvieron que pagar por él con su trabajo forzado o con el dinero que se les ha arrebatado por medio de la extorsión, que se dedica al servicio de todos y de nadie, que pertenece a todos y a ninguno, que todos admiran y nadie disfruta.
Èsta es la única manera que tiene el dirigente de calmar su obsesión: el “prestigio”. “Prestigio”... ¿a los ojos de quién? De cualquiera. A los ojos de las víctimas torturadas, de los mendigos que recorren las calles de su país, de su corte de aduladores, de las tríbus de extranjeros y de sus dirigentes allende sus fronteras. Para impresionar a todos esos ojos, los ojos de todos y de nadie, se ha vertido y gastado la sangre de generaciones de hombres sojuzgados.
En algunas películas de temas bílicos puede verse la imagen gráfica del significado de la construcción de monumentos públicos: la erección de pirámides.
Hordas de hombres famélicos, andrajosos y esqueléticos, que intentan extraer a sus fatigados músculos sus últimas fuerzas, en el esfuerzo inhumano de tirar de las cuerdas que arrastran grandes bloques de piedra, agotándose como torturadas bestias de carga bajo el látigo del capatáz hasta quedar postrados y sucumbir en las arenas del desierto para que el faraón muerto pueda descansar en una estructura imponente y carente de sentido, y ganar “prestigio” imperecedero ante los ojos de las generaciones futuras.
Los templos y los palacios son los únicos monumentos que quedaron de las antiguas civilizaciones humanas. Fueron creados por las mismas razones y con el mismo costo, un costo no justificado por el hecho de que los pueblos primitivos creían, indudablemente, mientras morían por inacición y agotamiento, que el “prestigio” de su tribu, sus soberanos o sus dioses era, de alguna manera, valioso para ellos.
Roma cayó, arruinada por los controles estatales y los impuestos, mientras sus emperadores construían coliseos. Luis XIV de Francia gravó a su pueblo con impuestos extorsivos, llevándolo a la indigencia, mientras construía el palacio de Versailles para que los demás monarcas de su época lo envidiasen (y los turistas modernos lo visiten).
El subterráneo de Moscú, decorado con mármol y construido por la labor “voluntaria” y no retribuida de obreros rusos, incluyendo mujeres, es un monumento público; lo mismo podría decirse del lujo zarista desplegado en las recepciones realizadas en las embajadas soviéticas, con caviar y champán, que se consideran “necesarias”, mientras el pueblo hace largas filas para obtener deficientes raciones de alimentos. Todo ellos para mantener el prestigio de la Union Soviética.
La gran distinción con los Estados Unidos de América, hasta hace pocas décadas, fue la modestia de sus monumentos públicos. Los monumentos que existían eran indiscutiblrd: no habían sido erigidos para lograr “prestigio”, sino que eran estructuras funcionales en las que habían tenido lugar hechos de gran importancia histórica. Quién haya visto la austera simplicidad del “Hall de la Independencia” habrá reconocido la diferencia entre grandeza auténtica y las pirámides de los buscadores de prestigio, “inspirados por el bien de su pueblo”.
En los Estados Unidos el esfuerzo humano y los bienes materiales no fueron expropiados para construír monumentos y proyectos públicos, sino que se usaron para el progreso individual y el bienestar privado, persona, de los ciudadanos individuales. La grandeza del país reside en el hecho de que sus monumentos no son de propiedad pública.
La ciudad de Nueva York es un monumento cuyo esplendor jamás seráigualado por ninguna pirámide ni palacio. Pero los rascacielos de los Estados Unidos no se construyeron con bienes públicos, ni para un propósito público; fueron erigidos por la energía, iniciativa y riqueza privada de los individuos, y con sus beneficios personales.
En lugar de empobrecer al pueblo, esos rascacielos, a medida que se hacían más y más elevados, mantenían floreciente el nivel de vida de la gente, incluyendo a los habitantes de los barrios bajos que viven en medio del lujo si se los compara con el antiguo esclavo egipcio o el obreo soviético-socialista.
Tal es la diferencia, tanto en la teoría como en la práctica, entr el capitalismo y el socialismo.
Es imposible calcular el sufrimiento humano, la degradación, las privaciones y el horror requeridos para levantar uno solo de los tan publicitados rascacielos de Moscú, o para construir fábricas, minas y diques soviéticos, o para cada etapa de su “industrialización”, sostenida por el saqueo y la sangre de millones de personas. Lo que sí sabemos es que 75 años es un tiempo muy largo: es el término de dos generaciones; sabemos que, en nombre de la abundancia prometida, vivieron y murieron tres generaciones de hombres en una pobreza infrahumana, y también sabemos que a pesar de todo esto, aun hoy no es posible disuadir a los defensores del socialismo.
Cualesquiera que fuesen los motivos que aseguran tener, lo que han perdido el derecho de reclamar para sí desde hace mucho tiempo es la benevolencia.
La ideología de la socialización (en su forma neofascista) flota ahora, debido a nuestra negligencia culposa, a través del vacío de nustra areclamando el "atmósfera intelectual y cultural.
Obsérvese con cuanta fracuencia se nos pide que hagamos “sacrificios” indefinidos en favor de propósitos no no especificados, y cuánto invoca el gobierno el “interés público”. Obsérvese el predominio que, en forma repentina ha adquirido la cuestión del prestigio internacional, y qué políticas grotescamente suicidas se justifican relacionándolas con cuestiones de prestigio.
Durante la crisis cubana, cuando la custión de hecho se refería a cohetes nucleares y guerra atómica, nuestros diplomáticos y comentaristas consideraban que era adecuado sopesar seriamente cosas tales como el “prestigio” y los sentimientos personales, y “permitir que los varios dirigentes socialistas involucrados puediesen salvar la cara”.
No hay diferencias entre los principios, políticas y resultados prácticos del socialismo y los de cualquier tiranía, histórica o prehistórica. El socialismo es meramente una monarquía absoluta democrática, es decir, un sistema absolutista que carece de una cabeza fija, abierto a cualquier pandilla, a cualquier oportunista, aventurero, demagogo o delincuente que logre adueñarse del poder.
Al considerar al socialism, no hay que engañarse en cuanto a su naturaleza. Es preciso recordar que no existe una dicotomía tal como “derechos humanos” contra “derechos de propiedad”. No es posible la existencia de dereshos humanos sin el derecho a la propiedad. Daod que los bienes materiales son producidos por el cerebro y el esfuerzo de los hombres individuales, y que son necesarios para sustentar sus vidas, si el productor no es dueño del resultados de sus esfuerzos tampoco sera dueño de su vida.
Negar los derechos de propiedad equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quienquiera que se arrogue el “derecho” de “redistribuir” la riqueza que otros producen está reclamando el “derecho” de tratar a los seres humanos como bienes de uso.
Cuando se considere la devastación mundial provocada por el socialismo, el mar de sangre y los millones de víctimas, recuérdese que no fueron sacrificadas por el “bien de la humanidad”, ni por un “noble ideal”, sino por la enconada vanidad de algún bruto asustado o de algún pretensioso mediocre que buscaba obtener un manto de “grandeza” inmerecida. El monumento al socialismo es una pirámide de fábricas públicas, teatros públicos y parques públicos, erigídos sobre cadáveres humanos y en cuya cima se halla la figura del dictador, que posa golpeándose el pecho y clamando “prestigio”al vacío sin estrellas que se eleva sobre él , indiferente.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Mentes colectivizadas

         Èticas Colectivizadas


Ciertas preguntas, que se oyen con frecuencia, no son realmente cuestiones filosóficas sio confesiones psicológicas. Esto es cierto sobre todo en el terreno de la ética. Especialmente en las discusiones sobre ética deben revisarse las premisas personales (o recordarlas) y, más aun, hay que aprender a revisar las premisas del contrincante.
Por ejemplo, los objetivistas oyen muchas veces una pregunta como ésta: “¿Qué se hará por los pobres o los incapacitados en una sociedad libre?”
La premisa altruista-colectivista implícita en esa pregunta es que los hombres deben ser “protectores de sus hermanos” y que la mala fortuna de algunos es una hipoteca sobre los demás. El que hace la pregunta ignora o evade las premisas básicas de la ética objetivista e intenta torcer el curso de la conversación hacia su propio terreno colectivista. Obsérvese que no pregunta: “¿Se debería hacer algo?” sino: “¿Qué se hará?”, cual si la premisa colectivista hubiera sido aceptada tácitamente, y todo lo que quedase por discutir fuesen los medios para implementarla.
En cierta oportunidad, un estudiante preguntó a Bárbara Branden: “¿Qué pasará con los pobres en una sociedad objetivista?”, a lo cual ella contestó: “Si usted, personalmente, quiere ayudarlos, nadie se lo impedirá”.
Èsta es la esencia de toda cuestión, y un ejemplo perfecto de cómo rehusar aceptar las premisas del contrincante como base de la discusión
.Sólo en forma individual tienen los hombres el derecho de decidir cuándo desean ayudar a los demás, o si lo desean hacerlo: la sociedad, como sistema político organizado, no tiene derecho alguno en la cuestión.
En cuanto a cuándo y en qué condiciones es moralmente correcto que un individuo ayude a otros, remitiré al lector al discurso de Galt en La rebelión de Atlas. Lo que nos ocupa aquí es la premisa colectivista de considerar este asunto como algo político, como un problema o un deber de “la sociedad en su conjunto”
Dado que la naturaleza no garantiza al ser humano seguridad automática, éxito y supervivencia, sólo la presunción dictatorial y el canibalismo moral del código altruista-colectivista permiten a un hombre suponer (o fantasear) que él puede, de alguna manera, garantizar tal seguridad en favor de ciertos hombres a expensas de los demás.
Si un hombre especula sobre qué debería hacer la “sociedad” por los pobres, acepta la premisa colectivista de que la vida de los hombres pertenece a la sociedad y de que él, como miembro de ésta, tiene el derecho de disponer de ellos, fijar sus metas y planificar la “distribución” de sus logros.
Èsta es la confesión psicológica implícita en tales preguntas y en muchas similares.
En el mejor de los casos, pone de manifiesto el caos psico-epistemológico de un hombre: revela una falacia que podríamos llamar “la falacia de la abstracción congelada”, que consiste en sustituir cierto tema particular concreto por el tema general abstracto al cual pertenece. En este caso, sustituir por una ética específica (el altruismo) la abstracción general “ética”.
Así, un hombre puede rechazar la teoría del altruismo y aseverar que ha aceptado un código racional, pero al no poder integrar sus ideas cuntinúa, irreflexivamente, abordando las cuestiones éticas en los términos establecidos por el altruismo.
Con mayor frecuencia, sin embargo, esa confesión psicológica muestra un mal más hondo: pone en evidencia cuán profundamente erosiona el altruismo la capacidad de los hombres para entender el concepto de derechos o el valor de la vida de un individuo; revela una mente de la cual se ha eliminado la realidad de lo que es un ser humano.
La humildad y la presunción son siempre dos caras de la misma premisa, y comparten la tarea de llenar el espacio que dejó vacante la autoestima en una mentalidad colectivista. El hombre que está dispuesto a servir como medio para los fines de los demás considerará necesariamente a éstos como medio para sus fines.
Cuanto más neurótico sea, o cuanto más a conciencia practique el ltruismo(y estos dos aspectos de su psicología actuarán recíprocament para reforzarse uno al otro), tanto más tenderá a inventar esquemas “en favor de la humanidad”, o “de la sociedad”, o “del público”, o “de las generaciones futuras”, o de cualquier otra cosa, excepto a favor de los seres humanos reales.
De ahí la apabullante desaprensión con que los hombres proponen, discuten y aceptan proyectos “humanitarios” que habrán de ser impuestos por medios políticos, o sea, por la fuerza, sobre un número ilimitado de seres humanos. Si, de acuerdo con la caricatura colectivista, los ricos avaros se entregan al despilfarro y a los lujos materiales, de acuerdo con la premisa de “no reparar en el costo”, entonces el progreso social producido por mentalidades colectivizantes del presente consiste en planear políticas altruistas cuya puesta en práctica está basada en la premisa de que “no importa cuántas vidas cuesten”.
La característica distintiva de tales mentalidades es la propugnación de alguna meta pública grandiosa, sin tener en cuenta el contexto, los costos o los medios. Una meta semejante, considerada fuera de contexto, puede resultar deseable: debe der pública, porque los costos no serán ganados, sino expropiados; y una densa y asfixiante niebla debe ocultar la cuestión de los medios, porque los medios son vidas humanas.
La “atención médica gratuita” es un ejemplo de tales proyectos. “¿No es conveniente proveer a los ancianos de atención médica cuando la necesitan?”, alegan los que apoyan el proyecto. Si se lo considera fuera de contexto, la respuesta serí: Sí, es conveniente. ¿Quién tendría razón alguna para decir: “No lo es”? Y en este punto se interrumpen los procesos mentales de una mente colectivizada; el resto es confuso. Sólo queda a la vista el deseo, ¿eso es correcto, verdad? No es para mí, sino para los demás, para el público, para esas personas indefensas y enfermas. La niebla encubre hechos tales como la esclavización y, en consecuencia, el deterioro de la práctica médica, su reglamentación y desintegración, y el sacrificio de la integridad profesional, la libertad, las carreras, las ambiciones, los logros, la felicidad y la vida misma de los hombre que habrán de proveer las metas “convenientes” es decir, los médicos.
Después de siglos de civilización, la mayoría de los hombres, con excepción de los criminales, ha aprendido que la actitud mental descripta no es ni práctica ni moral en sus vidas privadas, y no puede ser aplicada para alcanzar sus metas personales. No habría controversia sobre las características morales de algún joven maleante que dijera: “¿No es deseable tener un yate, vivr en un penthouse y beber champán?”, y que se opusiera empecinadamente a considerar el hecho de que para alcanzar esa meta “deseable” ha asaltado un banco y sesinado dos guardias.
No hay diferencia moral entre estos dos ejemplos: la cantidad de beneficiarios no cambia la naturaleza de la acción: sólo aumenta la cantidad de las víctimas. De hecho, el maleante posee una leve ventaja moral: no tiene el poder de devastar a toda una nación, y sus víctimas no han sido desarmadas por medio de la ley.
La ética colectivista del altruismo ha mantenido apartada de la marcha de la civilización la visión que tienen los hombres de su existencia pública o política, y esta área ha sido conservada como un coto reservado, un santuario de vida salvaje, regido por las costumbres del primitivísmo prehistórico. Si los hombre han captado un tenue resplandor de respeto por los derechos individuales en sus tratos privados con otros hombres, ese resplandor se apaga apenas su interés se centra en cuestiones públicas; entonces aparece sobre la arena política un cavernícola que no puede entender razón alguna por la cual su tribu no tiene el derecho de aplastarle la cabeza a cualquier individuo si así lo desea.
La característica distintiva de esa mentalidad tribal es el punto de vista axiomático, casi “instintivo”, de considerar la vida humana como medio, como el combustible para poner en marcha cualquier proyecto público.
Los ejemplos de tales proyectos son unnumerables: “¿No es conveniente acabar con las villas de emergencia?” (sin tomar en consideración lo que ocurre con los que se encuentran en el siguiente nivel de ingresos);”¿No es deseable tener ciudades hermosas y planificadas, todas con un único estilo?” (sin pensar en el estilo de quién será impuesto a los que construyan allí su hogar); “¿No es conveniente tener un público educado?” (sin pensar en quién impartirá la educación qué se enseñará y qué ocurrirá con quienes no estén de acuerdo); “¿No es conveniente eximir a los artista, a los escritore, a los compositores, de la caarga de los problemas financieros, y dejarlos crear libremente?” (sin considerar preguntas tales como: Qué artistas, escritores y compositores? ¿Elegidos por quién? ¿A costa de quiénes? ¿A costa de los artistas, escritores y compositores que no tienen influencia política y cuyas entradas, sumamente precarias, serán confiscadas mediante impuestos para “eximir” a los otros, que forman una elite privilegiada?); “¿No es deseable la ciencia?” “¿No es deseable que el hombre conquiste el espacio?”
Y así llegamos a la esencia de la irrealidad, a esa irrealidad salvaje, ciega, espantosa y sangrienta que impulsa a un alma colectivizada.
En todas sus metas “deseables” existe una pregunta que no tiene respuesta y no puede tenerla: ¿Para quién? Porque los deseos y las metas presuponen beneficiarios. ¿Es deseable la ciencia? ¿Para quién? No para los esclavos ex-soviéticos que morían a causa de epidemias, suciedad, hambre, terror y cuadrillas de fusilamiento, mientras algunos jóvenes brillantes observan desde cápsulas espaciales las pocilgas humanas que son sus ciudades.
Tampoco para ese padre norteamericano que murió de un infarto producido por el exceso de trabajo mientras luchba para poder enviar a su hijo la universidad; ni para el joven que no puede cursar estudios universitarios por falta de medios; ni para la pareja muerta en un accidente de automóvil porque no pudieron comprarse un coche nuevo; ni para la madre que perdió a su hijo porque no pudo enviarlo al mejor hospital disponible; ni para ninguna de esas persona cuyo dinero, expropiado en forma de impuestos, financia nuestra ciencia subsidiada y los proyectos públicos de investigación.
La ciencia es un valor sólo porque expande, enriquece y protege la vida humana. No lo es fuera de ese contexto. Nada es un valor fuera de ese contexto. Y por “vida humana” se entiende la vida única, específica e irreemplazable de cada hombre considerado individualmente
El descubrimientos de conocimientos nuevos sólo tiene valor para los hombres cuando son libres para usar y gozar los beneficios de lo que han aprendido. Los descubrimientos nuevos son de valor potencial para todos los hombres, pero no al precio de sacrificar todos su valores reales. Un “progreso” que se extiende hacia el infinito y que no brinda beneficios a nadie es un monstruoso absurdo. Esto es lo que ocurre con la “conquista del espacio” que llevan a cabo algunos hombres, cuandose logra al costo de expropiar el trabajo de otros hombres a los que ni siquiera les quedan los medios suficientes para adquirir un par de zapatos.
El progreso puede provenir únicamente del excedente de lo que producen los hombres, es decir, del trabajo de aquellos cuya habilidad produce más que lo que necesitan para su consumo personal, de los que se hallan intelectual y financieramente capacitados para aventurarse en la búsqueda de lo nuevo. El capitalismo es el único sistema en el que tales hombres pueden funcionar libremente y donde el progreso es acompañado, no por privaciones forzadas, sino por un constante ascenso en el nivel general de prosperidad, consumo y goce de la vida.
Únicamente para la congelada irrealidad de un cerbro colectivizado las vidas son intercambiables, y sólo una mente así puede considerar que es “moral” o “deseable” sacrificar a generaciones de hombres en aras de presuntos beneficios que la ciencia pública, o la industria pública, o los conciertos públicos, traerán para los aún no nacidos.
La ex-Rusia soviética es el ejemplo más claro, pero no el único, de lo que logran las mentalidades colectivizadas. Dos generaciones de rusos han vivido, han trabajado duramente y han muerto en la miseria aguardando la abundancia prometida por sus dirigentes, quienes les pedían que tuvieran paciencia y los obligaban a ser austeros, mientras construían las “industrias” públicas y mataban esperanzas públicas en cuotas quinquenales. Primero, la gente moría de hambre esperando los generadores eléctricos y los tractores; todavía mueren de hambre mientras esperan la energía atómica y los viajes interespaciales.
Esa espera no tiene fin: los beneficiarios aún no nacidos de ese sacrificio en masa no nacerán jamás; los animales sacrificables meramente darán a luz nuevas hordas de animales sacrificables –tal como lo ha demostrado la historia de todas las tiranias-, mientras los ojos desenfocados de la mente colecti ¿vizada seguirán mirando fijamente, sin que nada logre disuadirlos, y seguirán hablando de una visión de servicio a la humanidad, intercambiando los cadáveres de ahora con los fantasmas del futuro, sin ver jamás a los hombres.
Tal es el estado de la realidad en el alma de todos los ingeuos que envidian los logros industriales mientras sueñan con los hermosos parques públicos que ellos podrían crear si sólo se les entregasen las vidas, los esfuerzos y los recursos de todos los demás.
Todos los proyectos públicos son mausoleos, no necesariamente en la forma pero sí, y siempre, en el costo.
La próxima vez que usted se encuentre con uno de esos soñadores “inspirados por el bien público”, que le espete con rencor que “ciertas metas muy deseables no pueden alcanzarse sin la participación de todos”, digales que, si no puede obtener la participación voluntaria de todos, será mejor que esa meta no se alcance, y que las vidas humanas no le pertenecen, ni tiene derecho a disponer de ellas.
Y, si lo desea, dele el siguiente ejemplo de los ideales que él apoya. Es posible para la medicina extirpar las córneas de un hombre inmediatemente después de su muerte y transplantarlas a los ojos de un hombre vivo que está ciego, devolviéndole así, en ciertos tipos de ceguera, la vista. Esto, de acuerdo con la ética colectivista, presenta un problema social: ¿Debemos esperar que un hombre muera para extirparle la córneas cuando hay otros que las necesitan? ¿Debemos considerar que los ojos de todos son propiedad pública y proyectar un “metodo de distribución justo”?
¿Estaría usted de acuerdo en que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así “igualar” a ambos? ¿No? Entonces, no continue bregando por cuestiones relacionadas con los “proyectos públicos” en una sociedad libre. Usted conoce la respuesta. El principio es el mismo.

La moral gris

El CULTO DE LA MORAL GRIS



Uno de los síntomas más elocuentes de la quiebra moral de la cultura actual es una cierta actitud que está de moda en relación con las cuestiones morales y que se puede rsumir como; “No hay negros o blancos , sólo hay grises”.
Esto se aplica a personas, acciones, principios de conducta y a la moralidad en general. “Negro o blanco”, en este contexto, significa “bueno o malo”. (El uso invertido en la frase hecha antes citada es psicológicamente interesante).
En todos los aspectos en los que se quiera examinarlo, este concepto está lleno de contradicciones (la principal es la falacia del “concepto robado”). Si no hay “negros o blancos”, tampoco habrá grises, dado que el gris no es sino una mezcla de los dos.
Antes de poder identificar algo como “gris”, uno debe saber qué es negro y qué es blanco. En el terreno de la moral esto significa que primero es preciso identificar qué es bueno y qué es malo. Cuando un hombre ha averiguado que una alternativa es buena y la otra, mala, ya no tendrá justificación alguna para elegir una mezcla. No puede haber justificación para elegir parte alguna de aquello que se sabe que es malo. En la moralidad, lo “negro”, es, predominantemente, el resultado de intentar pretender que uno mismo es meramente “gris”.
Si un código moral (tal como el altruismo) es, de hecho, imposible de practicar, es el código lo que debe ser condenado como “negro” y no evaluar a sus víctimas como “grises”. Si un código moral prescribe contradicciones irreconciliables –de manera que, al elegir el bien respecto de una cuestión dada el hombre cae en el mal respecto de otra-, es el código el que debe ser rechazado como “negro”. Si un código moral es inaplicable a la realidad, si no ofrece guía alguna excepto órdenes y mandamientos arbitrarios, carentes de fundamento y ajenos a la naturaleza, que deben ser ceptados por fe y practicados en forma automática, como un dogma ciego, no es posible clasificar debidamente a quienes lo practican como “blancos”, “negros” o “grises”: un código moral que prohíbe y paraliza el juicio moral individual es una contradicción en sí mismo.
Si en una compleja cuestión moral un hombre se esfuerza por determinar qué es correcto, pero fracas o comete honestamente un error, no se le puede considerar “gris”; moralmente es “blanco”. Los errores de conocimiento no son violaciones de la moral; ningún código moral correcto puede reclamar infabilidad u omnisciencia.
Si para escapar a la responsabilidad de un juicio moral un hombre cierra los ojos y su mente, si evade los hechos en una cuestión dada y se esfuerza por no saber, no podrá considerárselo “gris”; desde el punto de vista moral es completamente “negro”.
Muchas formas de confusión, falta de certeza y descuido epismológico ayudan ocultar contradicciones y disfrazan el verdadero significado de la doctrina de la moralidad gris.
Algunas personas creen que no es más que una repetición de vacía cantinelas como: “Nadie es perfecto en este mundo”, es decir, que todo hombre es una mezcla de bien y mal, y, en consecuencia, moralmente “gris”. Dado que la mayoría de la gente responde a esta descripción, se la acepta como si fuera un hecho natural que no necesita consideración adicional. Olvidan que la moralidad sólo se aplica a cuestiones abiertas a la elección del hombre (o sea, a su libre albedrío) y, por ende, en esta cuestión no hay generalizaciones válidas.
Si el ser humano es “gris” por naturaleza, no se le pueden aplicar conceptos morales, incluyendo el “tono gris”, y no es posible la moral. Pero si el hombre tiene libre albedrío, el hecho de que diez hombres (o diez millones) hayan hecho la elección errada no implica que también el decimoprimero debe errar; no implica nada, ni prueba nada, en relación con un individuo dado.
Existen muchas razones por las cuales la mayoría de las personas son moralmente imperfectas, es decir, sostienen premisas y valores mezclados y contradictorios (una de ellas es la moralidad altruista), pero ésa es otra cuestión. Sin considerar las elecciones, el hecho de que la mayoría de la gente sea moralmente “gris” no invalida la necesidad moral que tiene el ser humano ni la necesidad de “blancura” moral; por el contrario, hace esta necesidad más imperiosa
No justifica el “convenio” epistemológico de desentenderse del problema al relegar a todos los hombres a una moral “gris”y, en consecuencia, negarse a reconocer o practicar la “blancura”. Tampoco sirve como una evasión de la rsponsabilidad de emitir un juicio moral: salvo que uno esté dispuesto a dejar de lado la moral y considerar que un pequeño oportunista y un asesino son moralmente equivalente, todavía debe juzgar y evaluar la enorme gama de “grises” que puede encontrarse en el carácter de un individuo (y la única manera de hacerlo es a través de un criterio claramente definido de lo que es “negro” y lo que es “blanco”).
Un concepto similar, y que involucra errores también similare, es el que sostienen algunas personas que creen que la doctrina de la moral gris es simplemente una forma distinta de decir:”Toda cuestión tiene dos caras”, proposición esta cuyo significado, tal como se lo acepta, es que nadie está nunca completamente en lo cierto o completamente errado.
Pero no es esto lo que la proposición significa o implica. Lo único que implica es que al juzgar una cuestión dada debe tomarse en cuenta, o escuchar, a las dos partes. Esto no quiere decir que las posiciones tomadas por ellas sean igualmente válidas ni que pueda haber una medida de justicia en ambas. Con mucha frecuencia la justicia estará de un lado y las presunciones injustificadas (o algo peor), del otro.
Naturalmente, existen cuestiones complejas donde ambas partes tienen razón en algún aspecto y están equivocadas en otro, y es aquí donde se justifica menos el “convenio” de declarar a ambos lados como “grises”. Èstas son las cuestiones en las que se requiere la más rigurosa precisión al emitir el juicio moral para identificar y evaluar los distintos aspectos involucrados, lo cual sólo puede hacerse desenredando los elementos de “blanco” y “negro” entrelazados.
El error básico en todas estas variadas confusiones es el mismo: consiste en olvidar que la moral trata únicamente de cuestiones sometidas a la elección humana, lo que quiere decir: olvidar la diferencia entre “incapaz” y “renuente”. Esto permite a la gente traducir la frase hecha: “No hay negros ni blancos” como: “Los hombres son incapaces de ser totalmentes buenos o totalmente malos”, lo cual se acepta con vaga resignación, sin cuestionar las contradicciones metafísicas implicadas.

   Pero pocas personas lo aceptarían si a esa frase hecha se le diera el significado verdader que se intenta introducir subrepticiamente en sus cerebros: “Los hombres son renuentes a ser totalmente buenos o totalmente malos”.
Lo primero que se diría a quien defendiese tal proposición sería: “Hable por usted mismo, no por los demás”, y eso, realmente, es lo que el hombre hace consciente o inconscientemente, en forma intencionada o inadvertida, cuando declara: “No hay negros ni blancos”, pues lo que se expresa es una confesión psicológica y lo que significa es: “No estoy dispuesto a ser totalmente bueno y, por favor, no me considere totalmente malo”.
Así como en epistemología el culto de la falta de certeza es una rebelión contra la razón, en la ética, el culto de la inmoralidad gris es una rebelión contra los valores morales. Ambos son una rebelión contra el absolutismo de la realidad.
Así como el culto de la incertidumbre no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la razón y, en consecuencia, se esfuerza por elevar la negación de la razón a una suerte de razonamiento superior, el culto de la inmoralidad gris no podría tener éxito mediante una abierta rebelión contra la mora, y se esfuerza por elevar la negación de la moral a una forma de virtud superior.
Obsérvese la forma en que no se encuentra esa doctrina: raras las veces se presenta como un acto positivo, como una teoría ética o un tema de discución: se la oye sobre todo en forma negativa, como una objeción tajante o un reproche, expresada de manera que implique que uno es culpable de violar un absoluto tan evidente que no requiere discución. En tonos que van desde la sorpresa hasta el sarcasmo, el enojo, la indignación y el odio histérico, se nos enrostra la doctrina en forma acusadora: “Seguramente no pretenderá usted pensar en térmios de negro o blanco, ¿verdad?”
Llevada por la confusión, la impotencia y el miedo que produce toda cuestión que involucre la moral, la mayoria de la gente se apresura a responder, con cierto sentimiento de culpa: “No, claro que no”, sintener una idea clara de la naturaleza de la acusación. No se detienen a tratar de comprender que lo que en realidad se les está diciendo es: “Seguramente no será usted tan injusto como para discriminar entre el bien y el mal, “verdad”,o: “Seguramente no ser usted tan malvado como para dedicarse a buscar la verdad, ¿no?”, o: “Seguramente no será usted tan inmoral como para creer en la moral, ¿verdad?”
Los motivos de esta frase hecha son tan obvios –culpabilidad moral, miedo al juicio moral y una apelación para obtener un perdón total- que un solo vistazo a la realidad sería suficiente para demostrar cuán desagradable es la confesión que están haciendo. Pero la evasión de la realidad es tanto la condición previa como la meta del culto de la moral gris.
Desde el punto de vista filosófico, ese culto es una negación de la moralidad, pero psicológicamente no es ésa la meta de quienes adhieren a él. Lo que buscan no es la amoralidad, sino algo más profundamente irracional: una amoralidad no absoluta, fluida, elástica, “a mitad de camino”.
No proclaman que están “más allá del bien y del mal”; lo que tratan de preservar son las “ventajas” de ambos. No desafia a la moral ni representan una extravagante versión medieval de cultores del mal.
Lo que les da un sabor peculiarmente moderno es que no abogan por vender su alma al diablo; quieren venderla al menudeo, poco a poco, acualquier revendedor que quiera comprarla.
No contituyen una corriente filosófica de penssamiento; son un típico producto de la falta de una filosofía, de la bancarrota intelectual que ha producido el irracionalismo en la epistemología, un vacío moral en la ética y una economía mixta en política.
Una economía mixta es una guerra amoral de grupos de presión carentes de principios, de valores o de toda referencia con la justicia, una guerra cuya arma final es el poder de la fuerza bruta, pero cuya forma extrema es un juego de transacciones. El culto de la moral gris es un moralidad acomodaticia que hizo posible ese juego de transacciones: y los hombres se aferran ahora a ela en un desesperado intento de justificarlas.
Obsérvese que el aspecto dominante de esta posición no es una búsqueda de lo “blanco” sino el terror obsesivo a ser catalogado como “negro” (y con buenas razones)”. Obsérvese que abogan por una moralidad que sostenga la transacción como criterio de valor y que, en consecuencia, haga posible medir la virtud por la cantidad de valores que uno esté dispuesto a traicionar.
Las consecuencias y los “intereses creados” de esa doctrina pueden observarse por todas partes en nuestro alrededor.
Obsérvese, en política, el término extremismo se ha convertido en sinónimo de “maldad”, sin tener en cuenta el contenido de la cuestión (la maldad no reside en qué se defiende en forma “extremista”, sino en el hecho de ser “extremista”, es decir, coherente). Obsérvese el fenómeno de los llamados neutralistas en las Naciones Unidas: los “neutralistas” son algo peor meramente neutrales en el conflicto entre los Estados Unidos y la ex-Rusia Soviética, se han comprometido, como principio. a no reconocer diferencia alguna entre ambos lados, a no considerar los méritos de una cuestión y a buscar siempre una transacción, cualquiera que sea, en cualquier conflicto, como, por ejemplo, entre el país agresor y el país agredido.
Obsérvese, en literatura, el surgimiento de algo llamado el antihéroe, que se distingue por no tener nada que lo distinga, ni virtudes, ni valores, ni metas, ni carácter, ni entidad, y que sin embargo, ocupa, en obras teatrales y novelas, la posición que antes ocupaba el héroe, con el argumento centrado en sus acciones, aun cuando él no hace ni llega a nada. Obsérvese que el término “los buenos y los malos” se usa en forma despreciativa y, sobre todo en la televisión, obsérvese la rebelión contra los “finales felices”, la demanda de que a los “malos” se les den las mismas oportunidades y se les adjudique la misma cantidad de victorias.
Al igual que una economía mixta, los hombres de premisas mixtas pueden ser llamados “grises”, pero, en ambos casos, la mezcla no permanece “gris” por mucho tiempo. “Gris”, en este contexto, es meramente un preludio para “negro”. Podrá haber hombres “grises” pero no puede haber principios morales “grises”. La moral es un código de negro y blanco. Si (y cuando) los hombres intentan una transacción, es obvio cuál de las partes necesariamente perderá y cuál necesariamente ganará.
Tales son las razones por las cuales cuando auno le preguntan: “Seguramente no estará usted pensando en términos de negro o blanco, ¿verdad?”, la respuesta correcta (en esencia, si no en forma) deberá ser:” ¡Por supuesto, puede estar seguro de que esoy pensando precisamente en esos términos!”

Transar

¿LA VIDA NO REQUIERE TRANSACCIONES?


Una transacción es un ajuste de reclamos conflictivos por medio de concesiones mutuas. Esto significa que las dos partes poseen algún valor que pueden ofrecerse recíprocamente. Y esto significa que ambas partes están de acuerdo con respecto a algún principio fundamental que sirve como base para su trato.
Sólo se puede llegar a una transacción en relación con los hechos concretos o los detalles, y a partir de un principio básico mutuamente aceptado. Por ejemplo, se puede negociar con un comprador el precio que uno desea recibir por su mercadería y acordar un importe intermedio entre lo que uno desea obtener y lo que él ofrece.
El principio básico mutuamente aceptado en este caso es el principio del comercio, es decir que el comprador debe pagar al vendedor por el producto que quiere adquirir. Ahora bien, si uno deseara que se le pagase pero el presunto comprador quisiera obtener gratis el producto dado, no sería posible ninguna transacción, acuerdo o debate, sino sólo la rendición total del uno o del otro.
No puede haber una transacción entre el dueño de una propiedad y un ladrón; ofrecer la ladrón una cuchara de un juego de cubiertos no equivaldría a un arreglo, sino a la rendición total, al reconocimiento de su derecho sobre la propiedad ajena. ¿Qué valor o concesión ofrece el malhechor a cambio?
Una vez que el principio de las concesiones unilaterales se acepte como la base de la relación entre ambas partes, sólo será cuestión de tiempo antes de que el ladrón se apodere del resto. Como un ejemplo de este proceso, obsérvese la actual política exterior de los Estados Unidos.
No puede haber transacción alguna sobre los principios básicos o cuestiones fundamentales. ¿Qué entendería usted como “transacción entre la vida y la muerte? ¿O entre la verdad y la mentira? ¿O entre la razón y la irracionalidad?
Hoy en día sin embargo, cuando la gente habla de “transacción” no entiende por ello una concesión mutua legítima o un intercambio, sino la traición de sus principios personales: la rendición unilateral ante cualquier reclamo irracional, carente de fundamento.
La raíz de esta doctrina es el subjetivismo ético, que considera que un deseo o un capricho es una base moral irreductible, que todo hombre tiene dercho a cualquier deseo que quiera hacer valer, que todos los deseos poseen la misma validez moral y que la única forma en la cual los hombres pueden convivir es cediendo ante todo y “llegando a transacciones” con cualquiera cada vez que sea necesario. No es difícil ver quién perderá con tal doctrina.
La inmoralidad de esta doctrina, y la razón por la cua el término “transacción” implica, en el uso general que se hace de él, un acto de traición moral, reside en hecho de que requiere que los hombres acepten la ética subjetivista como el principio básico que reemplaza a todos los principios de las relaciones humanas, y que lo sacrifiquen todo como una concesión a los mutuos caprichos.
Los que suelen formular la pregunta “¿La vida no requiere transacciones?” son aquellos que no logran diferenciar entre un principio básico y algún deseo concreto, específico. Aceptar un trabajo menos importante que el que uno pretendía no es una transacción. Acatar órdenes del empleador sobre cómo hacer la tarea para la cual uno ha sido empleado no es una transacción. No tener la torta después de haberla comido no es una transacción. La integridad no consiste en ser leal a los caprichos personales subjetivos, sino en la lealtad a los principios racionales. Una transacción (en el sentido inmoral del término) no consiste en abandonar la comodidad personal, sino en abandonar las covicciones personales. No consiste en hacer algo que a uno le disgusta, sino en hacer algo que uno considera incorrecto. Acompañar al marido o a la esposa a un concierto cuando uno no le da importancia a la música no es una transacción, pero sí lo es capitular ante sus demandas irracionales bde acatar las normas sociales, fingiendo observar la religión porque a los demás “les parece bien”, de ser generoso con parientes políticos que no lo merecen. Trabajar para un empleador que no está de acuerdo con nuestras ideas no es una tansacció; sí lo es fingir que se comparten laas suyas. Aceptar las sugerencias de un editor de efectuar cambios en un manuscrito cuando se ve la validez racional de sus sugerencias no es una transacción; efectuar tales cambios para complacerlo o para complacer “al público” en contra de los propios juicios y normas, sí lo es.
La excusa que se da siempre en tales casos es que la transacción es sólo temporaria y que se reconquistará la integridad personal en algún futuro no determinado. Pero no se puede corregir la irracionalidad de un marido o de una esposa aceptándola y propiciando su crecimiento. No se puede alcanzar la victoria de las propias ideas ayudando a propagar las opuestas.. No se puede ofrecer una obra maestra de la literatura, cuando uno se ha hecho “rico y famoso”, a un círculo de lectores cuya adhesión se obtuvo escribiendo basura. Si resultó difícil mantenerse leal a las propias convicciones al principio, una sucesión de traiciones –que ayudaron a aumentar el poder del mal que uno no tuvo el coraje de atacar- no hará que la tarea sea más fácil en el futuro; por el contrario, la hará virtualmente imposible. Es decir: No puede haber transacción alguna en relación con los principios morales. “En toda transacción entre alimento y veneno, sólo la muerte puede ganar. En toda transacción entre el bien y el mal, sólo el mal obtendrá ventajas”.
La próxima vez que sienta la tentación de preguntar: ¿La vida no requiere transascciones?, traduzca esa pregunta a su significado real: “¿requier la vida que renunciemos a lo que es verdadero y bueno en favor de lo que es falso y malvado?” La respuesta es que precisamente eso es lo que prohíbe la vida, si se desea obtener algo que no sea una sucesión de años de frustración y desilusión, que sólo conduzcan a la progresiva destrucción de nuestra individualidad.

El placer

La Psicología del Placer.

El placer, para el ser humano, no es un lujo sino una necesidad psicológica profunda.
El placer (en el más amplio sentido del término) es una concomitancia metafísica de la vida, la recompensa y la consecuencia de una acción exitosa, así como el dolor es signo del fracaso, de la destrucción, de la muerte.
Mediante el estado de gozo el hombre experimente el valor de la vida, la sensación de que ésta merece ser vivida y de que vales la pena esforzarse por conservarla. Para vivir, el hombre debe actuar con el fin de alcanzar los valores necesarios. El placer y el disfrute son, por lo tanto, una recompensa emocional para la acción exitosa y un incentivo para continuar actuando. Más aún, a causa del significado metafísico que el placer tiene para el hombre, ese estado de gozo le brinda una prueba directa de su propia eficacia, de que es competente para tratar con los hechos de la realidad, para alcanzar sus valores, para vivir. La dicha contiene implícitamente la convicción: “Tengo control sobre mi existencia”, y la desdicha contiene una sensación de frustración equivalente a: “Estoy indefenso”. Así como el placer implica emocionalmente una sensación de eficacia, el dolor implica emocionalmente una sensación de impotencia. Por consiguiente, al permitir que el hombre experimente en su propia persona la sensación de que la vida es un valor, y de que él es un valor, el placer sirve como propulsor emocional de la existencia.
El mecanismo “placer-dolor” en el cuerpo del hombre actúa como un barómetro de salud o enfermedad; del mismo modo, el mecanismo de “placer-dolor” de su conciencia trabaja de acuerdo con el principio, indicándole qué es favorable y qué es desfavorable para él, qué beneficia su vida y qué la daña. Pero el hombre es un ser de conciencia volitiva, no posee ideas innatas ni un conocimiento automático o infalible de aquello de lo cual depende su supervivencia.
Debe elegir los valores que han de guiar sus acciones y fijar sus metas. Su mecanismo emocional operará de acuerdo con el tipo de valores que elija. Éstos son los que determinan cuándo sentirá que algo está en favor o en su contra, y qué es lo que buscará para obtener placer.
Si un hombre comete un error al elegir sus valores, su mecanismo emocional no lo corregirá; ese mecanismo no tiene voluntad propia. Si, de acuerdo con sus valores, desea cosas que, de hecho y en realidad, lo llevan a su destrucción, su mecanismo emocional no lo salvará sino que, por el contrario, lo impulsará hacia la destrucción; habrá ajustado el mecanismo para funcionar en dirección opuesta, en contra de sí mismo y de los hechos de la realidad, en contra de su propia vida. El mecanismo emocional del hombre es como una computadora; tiene el poder de programarla, pero no el de cambiar su naturaleza; por lo tanto, si la ajusta de acuerdoo con un programa equivocado, no podrá escapar al hecho de que los deseos más autodestructivos tengan para él igual intensidad y urgencia emocional que los actos que salvarían su propia vida. Naturalmente, tiene el poder de cambiar la programación, pero sólo si cambia sus valores.
Lo valores básicos de un hombre reflejan la visión consciente o subconsciente que tiene de sí mismo y de la existencia. Son la expresión de: a) el grado y la naturaleza de su autoestima, o su falta de ella, y b) hasta qué punto considera al Universo abierto o cerrado a su conocimiento y a su acción, es decir, hasta dónde tiene una imagen benévola o malévola de la existencia. Por ende, lo que un hombre busca para obtener placer o disfrute es, desde el punto de vista psicológico, profundamente revelador: es indicativo de su carácter y de su alma. (Por “alma”, entiendo la conciencia de un hombre y los valores básicos que lo motivan).
Existen, en líneas generales, cinco áreas (interconectadas) que permiten al hombre experimentar el disfrute de la vida; el trabajo productivo, las relaciones humanas, la recreación, el arte y el sexo.
El trabajo productivo es el área más importante: a través de su trabajo el hombre gana el sentido básico de control sobre la existencia, el sentido de eficacia, que es el fundamento necesario para obtener la capacidad de disfrutar los demás valores. Aquel cuya vida carece de dirección o propósito, que no tiene meta creativa, se sentirá indefenso y sin control, se considerará inadecuado e incapacitado para la existencia, y el que se siente incapacitado para la existencia tampoco estará capacitado para gozar de ella.
Una de las características que identifican al hombre que se estima a sí mismo, que considera al Universo abierto a sus esfuerzos, es el profundo placer que experimenta en el trabajo productivo de su mente; su alegría de vivir es alimentada por una incesante preocupación por crecer en conocimiento y habilidad, por pensar, alcanzar, avanzar, enfrentar nuevos desafíos y superarlos, por ganar el orgullo de una eficacia en continua expansión.
El hombre que disfruta dedicándose sólo a lo rutinario y a lo familiar, que se inclina a trabajar en una semi-obnubilación, que encuentra la felicidad al liberarse de todo desafío, de toda necesidad de lucha o esfuerzo, revela un tipo de alma distinta: la del hombre que carece profundamente de autoestima, a quien el Universo le parece inescrutable y vagamente amenazador, cuyo principal impulso motivador es un anhelo de seguridad, no la seguridad obtenida a través de la eficacia sino la de un mundo donde la eficacia no constituya una exigencia.
Debemos considerar además al hombre que encuentra inconcebible que se pueda disfrutar del trabajo, de cualquier forma de trabajo, que considera el esfuerzo de ganarse la vida como un mal necesario, que sueña únicamente con los placeres que comienzan al final del dia laborable: el de ahogar su mente en el alcohol, televisión, billares, mujeres, el placer de no ser consciente; este hombre revela un tipo de alma diferente: la de alguien que apenas tiene un vestigio de autoestima, que nunca esperó que el Universo fuese comprensible y que acepta el miedo letárgico que siente por ese Universo como lo dado y lo natural, cuya única forma de alivio y cuya sola noción de la alegría proceden de los breves chispazos de placer producidos por sensaciones que no demanden esfuerzo alguno.
Hay aun otro tipo de alma, la de aquel que encuentra placer no en el logro, sino en la destrucción, cuya acción no está dirigida a la obtención de la eficacia, sino a la dominación de quienes la alcanzaron: es la de un hombre que carece de manera tan abyecta de todo valor personal, y cuyo terror a la existencia es tan absoluto, que su única forma de autosatisfacción reside en desatar sus resentimientos y sus odios contra quienes no comparten su estado, contra aquellos que son capaces de vivir, como si, al destruir a quienes tienen confianza en sí mismos, a los moralmente fuertes y sanos, pudiese convertir su impotencia en eficacia.
Un hombre racional, que tiene confianza en sí mismo, está motivado por su amor a los valores y su deseo de alcanzarlos. Un neurótico está motivado por el miedo y por el deseo de huir de ellos. Esta diferencia en las motivaciones se refleja no sólo en las cosas que cada clase de hombre buscará para hallar placer, sino también en la naturaleza del placer que experimentará. Por ejemplo, la calidad emocional del placer experimentado por los cuatro tipos de hombres descriptos no es la misma. La calidad de todo placer depende de los procesos mentales que lo motivan y acompañan, y de la naturaleza de los valores involucrados. El placer de usar adecuadamente la propia conciencia y el “placer” de ser incosciente no son similares, así como tampoco lo son el placer de obtener valores reales, de alcanzae un auténtico sentido de eficiencia, y el “placer” de disminuir temporariamente la sensación personal de miedo e ineficiencia.
El hombre que posee autoestima experimenta la alegría pura, auténtica, de usar adecuadamente sus facultades y de lograr verdaderos valores en la realidad, un placer del cual los otros tres hombres no tienen la mínima noción, así como el hombre que se autoestima no puede tener noción, de ese estado turbio y confuso que ellos llaman “placer”.
Este mismo principio se aplica a todas las formas de gozo. Por consiguiente, en el terreno de las relaciones humanas se experimenta una forma distinta de placer, se tiene una motivación diferente y se revela un carácter distinto: el del hombre que busca para regocijarse la compañia de seres humanos inteligentes, íntegros, que se estiman a sí mismos y que comparten sus criterios exigentes; el del que sólo consigue alegrarse con aquellos que no se rigen por criterio alguno y con los cuales, en consecuencia, se siente libre de ser él mismo; el del hombre que únicamente halla la alegría junto a personas que desprecia, y con quienes puede compararse favorablemente; o el del hombre cuya alegría sólo se manifiesta en compañia de aquellos a quienes puede engañar y manipular, y que le propocionan el más bajo sustituto neurótico para lograr un sentido de genuina eficacia: una sensación de poder.
Para el hombre racional, psicológicamente sano, por ejemplo, una fiesta. Un hombre racional disfruta de una fiesta como recompensa emocional por sus realizaciones, y sólo puede realmente gozar de ella si de hecho involucra actividades placenteras, tales como encontrarse con aquellos a los que aprecia, conocer a personas que encuentra interesantes, participar en conversaciones en las que se digan y oigan cosas que valga la pena decir u oir.
Pero un neurótico puede “disfrutar” de una fiesta por razones que nada tengan que ver con las activiades que se realizan en ella; puede odiar, o despreciar, o temer a todos los presentes, puede comportarse como un necio y sentirse, secretamente, avergonzado de ello, pero pretenderá que esto le proporciona placer porque siente que la gente esrá emitiendo vibraciones de aprobación o porque otras personas parecen estar alegres, o porque esa fiesta lo ayuda a huir, por el tiempo que dure la velada, del terror a encontrarse a solas consigo mismo.
El “placer” de la embriaguez es, obviamente, el placer de huir de la responsabilidad de ser consciente, como las reuniones sociales que se celebran con el único propósito de exteriorizar un caos histérico, donde los invitados van de un lado a otro sumidos en un sopor alcohólico, parloteando ruidosamente, sin sentido, y gozando la ilusión de un Universo donde no se esté obligado a tener un propósito, ni ajustarse a la lógica, la realidad y la conciencia.
Obsérvese, en este contexto, a los beatniks modernos, por ejemplo, su manera de bailar. Lo que se ve no son sonrisas de auténtico goce, sino ojos fijos y vacios, movimientos espasmódicos y desarticulados de lo que parecen ser cuerpos descentralizados, todos haciendo un gran esfuerzo, con una especie de histeria total, insípidos, preocupados por proyectar un aire de falta de propósito, de sinsentido y de lo irracional. Éste es el placer de la inconsciencia.
O considérese el tipo de “placer” más tranquilo que llena la vida de muchas personas: picnics familiares, reuniones de té o tertulias de café, kermeses de caridad y beneficiencia, vacaciones rutinarias, todas ellas ocaciones de tranquilo aburrimiento para los involucrados, donde el tedio es el valor. El tedio, para esta gente, significa seguridad, lo conocido, lo usual, la rutina, la ausencia de lo nuevo, lo excitante, lo no familiar, lo demandante.
¿Qué es un placer demandante? Un placer que exige el uso de nuestra mente; no en el sentido de resolver problemas, sino en el sentido de ejercitar la discriminación, el juicio y la agudeza mental.
Uno de los principales placeres de la vida se ofrece al hombre a través de las obras de arte. El arte, en su más elevado nivel potencial, como proyección de las cosas “tal como podrían y deberían ser” puede proporcionar un invalorable combustible emocional. También aquí, el tipo de obra de arte que nos atrae depende de nuestros valores y nuestras premisas más profundos.
Un hombre puede buscar en el arte la proyección de lo heroico, inteligente, eficaz o dramático, aquello que tiene un propósito, lo estilizado, ingenioso o desafiante, busca así el placer de la admiración, la obra de arte que refleja los grandes valores de la existencia. O puede buscar la satisfacción al leer revistas de chismografía o libros mediocres, aquello que nada demanda de él ni en pensamientos ni en criterios de valor; puede experimentar un placer reconfortante con proyecciones de lo conocido y lo familiar, buscando sentirse un poco menos “extraño y atemorizado en un mundo que (él) no construyó”. O bien su alma ouede vibrar afirmativamente con proyecciones de horror y degradación humana, puede sentirse gratificado con el pensamiento de que él no es tan malo como el enano drogadicto o la lisiada lesbiana sobre los cuales está leyendo; puede disfrutar de un arte que le diga que el hombre es malvado, que la realidad es incognoscible, que la existencia es insoportable, que nadie puede hacer nada para remediarlo, que su secreto terror es normal.
El arte proyecta un enfoque implícito de la existencia. Nuestro propio enfoque de la existencia es el que determina qué tipo de arte ha de atraernos. El alma del hombre cuya obra teatral favorita es Cyrano de Bergerac es radicalmente diferente del alma de de aquél cuya obra de teatro preferida es Esperando a Godot.
De los diversos placeres que el hombre puede ofrecerse a sí mismo, el más grande es el orgullo, el placer que obtiene de sus propios logros y de la creación de su propia personalidad y los logros de otro ser humano es el de la admiración. La máxima expresión de la más intensa unión de estas dos respuestas –el orgullo y la admiración- es el amor romántico, cuya celebración es el sexo.
Es sobre todo en esta esfera, en las respuestas romántico-sexuales de un hombre, donde se revela elocuentemente el concepto que tiene de sí mismo y de las existencia. Un hombre se enamora y desea sexualmente a aquella persona que refleja sus propios y más profundos valores.
Hay dos aspectos cruciales en los cuales las respuestas romántico-sexuales de un hombre son psicológicamente reveladoras: en la elección de su compañera y en el significado que tiene para él el acto sexual.
Un hombre que se estima a sí mismo, que se ama y ama la vida, siente una intensa necesidad de hallar a seres humanos a quienes pueda admirar, de encotrar un igual espiritual a quien amar. La cualidad que más lo atrae es la de la autoestima, la estima personal y un claro serntido del valor de la existencia. Para un hombre así el sexo es un acto de celebración, y su significado es un tributo a él mismo y a la mujer que eligió, la forma final de experimentar concretamente, y en su propia persona, el valor y la alegria de estar vivo.
La necesidad de un experiencia como ésta es inherente a la naturaleza humana, pero si un hombre carece de la autoestima para ganarla, intentará fingirla y elegirá (subconscientemente) a su pareja por la capacidad que ella tenga para ayudarlo en su farsa, para darle la ilusión de un valor personal que no posee y de una felicidad que no siente.
Así, si un hombre es atraído por una mujer inteligente, que tiene fortaleza moral y confianza en sí misma, si es atraído por una heroína, revelará un tipo de alma; en cambio, si es atraído por una mujer irreflexiva e irresponsable, cuya debolidad moral le permite sentirse masculino, revelará otro tipo de alma; y si quien lo atrae es una pusilámine, cuya carencia de juicio y normas le permite, por comparación, sentirse libre de reproches, revelará otro tipo de alma. El mismo principio, por supuesto, se aplíca a las elecciones romántico-sexuales de una mujer.
El acto sexual tiene un significado diferente para la persona cuyo deseo es alimentado por el orgullo y la admiración, para quien el placer compartido con la persona amada es un fin en sí mismo, y para aquella que busca en el sexo una prueba de masculinidad (o fominidad), el alivio a su desesperanza, una defensa contra su ansiedad o un escape del aburrimiento.
Paradójicamente, son los llamados “perseguidores del placer”, los hombres que aparentemente viven sólo para gozar la sensación del momensto, que se preocupan únicamente por “pasarla bien”, aquellos psicológicamente incapaces de disfrutar del placer “como un fin en sí mismo”.
El neurótico buscador de placeres imagina que, efectuado el ceremonial de una celebración, logrará engañarse a sí mismo y crear la percepción de que que realmente tiene algo que celebrar
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre que carece de autoestima, y el verdadero castigo por su negligente fracaso moral y psicológico, reside en el hecho de que todos sus placeres son placeres por evasión, con los cuales pretende huir de dos perseguidores a los que ha traicionado y de los cuales no hay huida posible, la realidad y su propia mente.
Dado que la función del placer es la de proporcionarle al hombre un sentido de su propia eficacia, el neurótico se encuentra atrapado en un conflicto mortal: por su naturaleza humana, se ve impulsado a sentir una deseperad necesidad de placer, como confirmación y expresión de su control sobre la realidad, aunque únicamente halla placer al huir de la realidad. Èsta es la razón por la cual sua placeres no funcionan y le proporcionan, en lugar de un sentimiento de orgullo, realización e inspiración, una sensación de culpa, frusración, desesperanza y vergüenza. El efecto que produce el placer en un hombre que siente estima por sí mismo equivale a un premio y una reafirmación.
El efecto que produce el palcer en un hombre que carece de autoestima es el de una amenaza, la maenaza de la ansiedad, la sacudida de los precarios fundamentos de su falso valor personal, la agudización de un permanente miedo a que la estructura se desplome y deba enfrentarse cara a cara con una realidad dura, absoluta, desconocida e inclemente.
Una de las quejas más comunes de los pacientes que buscan ayuda psicoterapéutica es la de que nada pueda brindarles placer. Que la auténtica alegría parece estarles vedada. Èste es el inevitable callejón si salida de una filosofía de vida basada en el placer por evasión.
Preservar una clara capacidad para el disfrute de la vida es un logro moral y psicológico inusual. Contrariamente a la creencia popular, es la pregorrativa, no de la irresponsabilidad o la irreflexión, sino de una devoción irrenunciable al acto de percibir la realidad y de una escrupulosa integridad intelectual. Es la recompensa de la autoestima.