La Psicología del Placer.
El placer, para el ser humano, no es un lujo sino una necesidad psicológica profunda.
El placer (en el más amplio sentido del término) es una concomitancia metafísica de la vida, la recompensa y la consecuencia de una acción exitosa, así como el dolor es signo del fracaso, de la destrucción, de la muerte.
Mediante el estado de gozo el hombre experimente el valor de la vida, la sensación de que ésta merece ser vivida y de que vales la pena esforzarse por conservarla. Para vivir, el hombre debe actuar con el fin de alcanzar los valores necesarios. El placer y el disfrute son, por lo tanto, una recompensa emocional para la acción exitosa y un incentivo para continuar actuando. Más aún, a causa del significado metafísico que el placer tiene para el hombre, ese estado de gozo le brinda una prueba directa de su propia eficacia, de que es competente para tratar con los hechos de la realidad, para alcanzar sus valores, para vivir. La dicha contiene implícitamente la convicción: “Tengo control sobre mi existencia”, y la desdicha contiene una sensación de frustración equivalente a: “Estoy indefenso”. Así como el placer implica emocionalmente una sensación de eficacia, el dolor implica emocionalmente una sensación de impotencia. Por consiguiente, al permitir que el hombre experimente en su propia persona la sensación de que la vida es un valor, y de que él es un valor, el placer sirve como propulsor emocional de la existencia.
El mecanismo “placer-dolor” en el cuerpo del hombre actúa como un barómetro de salud o enfermedad; del mismo modo, el mecanismo de “placer-dolor” de su conciencia trabaja de acuerdo con el principio, indicándole qué es favorable y qué es desfavorable para él, qué beneficia su vida y qué la daña. Pero el hombre es un ser de conciencia volitiva, no posee ideas innatas ni un conocimiento automático o infalible de aquello de lo cual depende su supervivencia.
Debe elegir los valores que han de guiar sus acciones y fijar sus metas. Su mecanismo emocional operará de acuerdo con el tipo de valores que elija. Éstos son los que determinan cuándo sentirá que algo está en favor o en su contra, y qué es lo que buscará para obtener placer.
Si un hombre comete un error al elegir sus valores, su mecanismo emocional no lo corregirá; ese mecanismo no tiene voluntad propia. Si, de acuerdo con sus valores, desea cosas que, de hecho y en realidad, lo llevan a su destrucción, su mecanismo emocional no lo salvará sino que, por el contrario, lo impulsará hacia la destrucción; habrá ajustado el mecanismo para funcionar en dirección opuesta, en contra de sí mismo y de los hechos de la realidad, en contra de su propia vida. El mecanismo emocional del hombre es como una computadora; tiene el poder de programarla, pero no el de cambiar su naturaleza; por lo tanto, si la ajusta de acuerdoo con un programa equivocado, no podrá escapar al hecho de que los deseos más autodestructivos tengan para él igual intensidad y urgencia emocional que los actos que salvarían su propia vida. Naturalmente, tiene el poder de cambiar la programación, pero sólo si cambia sus valores.
Lo valores básicos de un hombre reflejan la visión consciente o subconsciente que tiene de sí mismo y de la existencia. Son la expresión de: a) el grado y la naturaleza de su autoestima, o su falta de ella, y b) hasta qué punto considera al Universo abierto o cerrado a su conocimiento y a su acción, es decir, hasta dónde tiene una imagen benévola o malévola de la existencia. Por ende, lo que un hombre busca para obtener placer o disfrute es, desde el punto de vista psicológico, profundamente revelador: es indicativo de su carácter y de su alma. (Por “alma”, entiendo la conciencia de un hombre y los valores básicos que lo motivan).
Existen, en líneas generales, cinco áreas (interconectadas) que permiten al hombre experimentar el disfrute de la vida; el trabajo productivo, las relaciones humanas, la recreación, el arte y el sexo.
El trabajo productivo es el área más importante: a través de su trabajo el hombre gana el sentido básico de control sobre la existencia, el sentido de eficacia, que es el fundamento necesario para obtener la capacidad de disfrutar los demás valores. Aquel cuya vida carece de dirección o propósito, que no tiene meta creativa, se sentirá indefenso y sin control, se considerará inadecuado e incapacitado para la existencia, y el que se siente incapacitado para la existencia tampoco estará capacitado para gozar de ella.
Una de las características que identifican al hombre que se estima a sí mismo, que considera al Universo abierto a sus esfuerzos, es el profundo placer que experimenta en el trabajo productivo de su mente; su alegría de vivir es alimentada por una incesante preocupación por crecer en conocimiento y habilidad, por pensar, alcanzar, avanzar, enfrentar nuevos desafíos y superarlos, por ganar el orgullo de una eficacia en continua expansión.
El hombre que disfruta dedicándose sólo a lo rutinario y a lo familiar, que se inclina a trabajar en una semi-obnubilación, que encuentra la felicidad al liberarse de todo desafío, de toda necesidad de lucha o esfuerzo, revela un tipo de alma distinta: la del hombre que carece profundamente de autoestima, a quien el Universo le parece inescrutable y vagamente amenazador, cuyo principal impulso motivador es un anhelo de seguridad, no la seguridad obtenida a través de la eficacia sino la de un mundo donde la eficacia no constituya una exigencia.
Debemos considerar además al hombre que encuentra inconcebible que se pueda disfrutar del trabajo, de cualquier forma de trabajo, que considera el esfuerzo de ganarse la vida como un mal necesario, que sueña únicamente con los placeres que comienzan al final del dia laborable: el de ahogar su mente en el alcohol, televisión, billares, mujeres, el placer de no ser consciente; este hombre revela un tipo de alma diferente: la de alguien que apenas tiene un vestigio de autoestima, que nunca esperó que el Universo fuese comprensible y que acepta el miedo letárgico que siente por ese Universo como lo dado y lo natural, cuya única forma de alivio y cuya sola noción de la alegría proceden de los breves chispazos de placer producidos por sensaciones que no demanden esfuerzo alguno.
Hay aun otro tipo de alma, la de aquel que encuentra placer no en el logro, sino en la destrucción, cuya acción no está dirigida a la obtención de la eficacia, sino a la dominación de quienes la alcanzaron: es la de un hombre que carece de manera tan abyecta de todo valor personal, y cuyo terror a la existencia es tan absoluto, que su única forma de autosatisfacción reside en desatar sus resentimientos y sus odios contra quienes no comparten su estado, contra aquellos que son capaces de vivir, como si, al destruir a quienes tienen confianza en sí mismos, a los moralmente fuertes y sanos, pudiese convertir su impotencia en eficacia.
Un hombre racional, que tiene confianza en sí mismo, está motivado por su amor a los valores y su deseo de alcanzarlos. Un neurótico está motivado por el miedo y por el deseo de huir de ellos. Esta diferencia en las motivaciones se refleja no sólo en las cosas que cada clase de hombre buscará para hallar placer, sino también en la naturaleza del placer que experimentará. Por ejemplo, la calidad emocional del placer experimentado por los cuatro tipos de hombres descriptos no es la misma. La calidad de todo placer depende de los procesos mentales que lo motivan y acompañan, y de la naturaleza de los valores involucrados. El placer de usar adecuadamente la propia conciencia y el “placer” de ser incosciente no son similares, así como tampoco lo son el placer de obtener valores reales, de alcanzae un auténtico sentido de eficiencia, y el “placer” de disminuir temporariamente la sensación personal de miedo e ineficiencia.
El hombre que posee autoestima experimenta la alegría pura, auténtica, de usar adecuadamente sus facultades y de lograr verdaderos valores en la realidad, un placer del cual los otros tres hombres no tienen la mínima noción, así como el hombre que se autoestima no puede tener noción, de ese estado turbio y confuso que ellos llaman “placer”.
Este mismo principio se aplica a todas las formas de gozo. Por consiguiente, en el terreno de las relaciones humanas se experimenta una forma distinta de placer, se tiene una motivación diferente y se revela un carácter distinto: el del hombre que busca para regocijarse la compañia de seres humanos inteligentes, íntegros, que se estiman a sí mismos y que comparten sus criterios exigentes; el del que sólo consigue alegrarse con aquellos que no se rigen por criterio alguno y con los cuales, en consecuencia, se siente libre de ser él mismo; el del hombre que únicamente halla la alegría junto a personas que desprecia, y con quienes puede compararse favorablemente; o el del hombre cuya alegría sólo se manifiesta en compañia de aquellos a quienes puede engañar y manipular, y que le propocionan el más bajo sustituto neurótico para lograr un sentido de genuina eficacia: una sensación de poder.
Para el hombre racional, psicológicamente sano, por ejemplo, una fiesta. Un hombre racional disfruta de una fiesta como recompensa emocional por sus realizaciones, y sólo puede realmente gozar de ella si de hecho involucra actividades placenteras, tales como encontrarse con aquellos a los que aprecia, conocer a personas que encuentra interesantes, participar en conversaciones en las que se digan y oigan cosas que valga la pena decir u oir.
Pero un neurótico puede “disfrutar” de una fiesta por razones que nada tengan que ver con las activiades que se realizan en ella; puede odiar, o despreciar, o temer a todos los presentes, puede comportarse como un necio y sentirse, secretamente, avergonzado de ello, pero pretenderá que esto le proporciona placer porque siente que la gente esrá emitiendo vibraciones de aprobación o porque otras personas parecen estar alegres, o porque esa fiesta lo ayuda a huir, por el tiempo que dure la velada, del terror a encontrarse a solas consigo mismo.
El “placer” de la embriaguez es, obviamente, el placer de huir de la responsabilidad de ser consciente, como las reuniones sociales que se celebran con el único propósito de exteriorizar un caos histérico, donde los invitados van de un lado a otro sumidos en un sopor alcohólico, parloteando ruidosamente, sin sentido, y gozando la ilusión de un Universo donde no se esté obligado a tener un propósito, ni ajustarse a la lógica, la realidad y la conciencia.
Obsérvese, en este contexto, a los beatniks modernos, por ejemplo, su manera de bailar. Lo que se ve no son sonrisas de auténtico goce, sino ojos fijos y vacios, movimientos espasmódicos y desarticulados de lo que parecen ser cuerpos descentralizados, todos haciendo un gran esfuerzo, con una especie de histeria total, insípidos, preocupados por proyectar un aire de falta de propósito, de sinsentido y de lo irracional. Éste es el placer de la inconsciencia.
O considérese el tipo de “placer” más tranquilo que llena la vida de muchas personas: picnics familiares, reuniones de té o tertulias de café, kermeses de caridad y beneficiencia, vacaciones rutinarias, todas ellas ocaciones de tranquilo aburrimiento para los involucrados, donde el tedio es el valor. El tedio, para esta gente, significa seguridad, lo conocido, lo usual, la rutina, la ausencia de lo nuevo, lo excitante, lo no familiar, lo demandante.
¿Qué es un placer demandante? Un placer que exige el uso de nuestra mente; no en el sentido de resolver problemas, sino en el sentido de ejercitar la discriminación, el juicio y la agudeza mental.
Uno de los principales placeres de la vida se ofrece al hombre a través de las obras de arte. El arte, en su más elevado nivel potencial, como proyección de las cosas “tal como podrían y deberían ser” puede proporcionar un invalorable combustible emocional. También aquí, el tipo de obra de arte que nos atrae depende de nuestros valores y nuestras premisas más profundos.
Un hombre puede buscar en el arte la proyección de lo heroico, inteligente, eficaz o dramático, aquello que tiene un propósito, lo estilizado, ingenioso o desafiante, busca así el placer de la admiración, la obra de arte que refleja los grandes valores de la existencia. O puede buscar la satisfacción al leer revistas de chismografía o libros mediocres, aquello que nada demanda de él ni en pensamientos ni en criterios de valor; puede experimentar un placer reconfortante con proyecciones de lo conocido y lo familiar, buscando sentirse un poco menos “extraño y atemorizado en un mundo que (él) no construyó”. O bien su alma ouede vibrar afirmativamente con proyecciones de horror y degradación humana, puede sentirse gratificado con el pensamiento de que él no es tan malo como el enano drogadicto o la lisiada lesbiana sobre los cuales está leyendo; puede disfrutar de un arte que le diga que el hombre es malvado, que la realidad es incognoscible, que la existencia es insoportable, que nadie puede hacer nada para remediarlo, que su secreto terror es normal.
El arte proyecta un enfoque implícito de la existencia. Nuestro propio enfoque de la existencia es el que determina qué tipo de arte ha de atraernos. El alma del hombre cuya obra teatral favorita es Cyrano de Bergerac es radicalmente diferente del alma de de aquél cuya obra de teatro preferida es Esperando a Godot.
De los diversos placeres que el hombre puede ofrecerse a sí mismo, el más grande es el orgullo, el placer que obtiene de sus propios logros y de la creación de su propia personalidad y los logros de otro ser humano es el de la admiración. La máxima expresión de la más intensa unión de estas dos respuestas –el orgullo y la admiración- es el amor romántico, cuya celebración es el sexo.
Es sobre todo en esta esfera, en las respuestas romántico-sexuales de un hombre, donde se revela elocuentemente el concepto que tiene de sí mismo y de las existencia. Un hombre se enamora y desea sexualmente a aquella persona que refleja sus propios y más profundos valores.
Hay dos aspectos cruciales en los cuales las respuestas romántico-sexuales de un hombre son psicológicamente reveladoras: en la elección de su compañera y en el significado que tiene para él el acto sexual.
Un hombre que se estima a sí mismo, que se ama y ama la vida, siente una intensa necesidad de hallar a seres humanos a quienes pueda admirar, de encotrar un igual espiritual a quien amar. La cualidad que más lo atrae es la de la autoestima, la estima personal y un claro serntido del valor de la existencia. Para un hombre así el sexo es un acto de celebración, y su significado es un tributo a él mismo y a la mujer que eligió, la forma final de experimentar concretamente, y en su propia persona, el valor y la alegria de estar vivo.
La necesidad de un experiencia como ésta es inherente a la naturaleza humana, pero si un hombre carece de la autoestima para ganarla, intentará fingirla y elegirá (subconscientemente) a su pareja por la capacidad que ella tenga para ayudarlo en su farsa, para darle la ilusión de un valor personal que no posee y de una felicidad que no siente.
Así, si un hombre es atraído por una mujer inteligente, que tiene fortaleza moral y confianza en sí misma, si es atraído por una heroína, revelará un tipo de alma; en cambio, si es atraído por una mujer irreflexiva e irresponsable, cuya debolidad moral le permite sentirse masculino, revelará otro tipo de alma; y si quien lo atrae es una pusilámine, cuya carencia de juicio y normas le permite, por comparación, sentirse libre de reproches, revelará otro tipo de alma. El mismo principio, por supuesto, se aplíca a las elecciones romántico-sexuales de una mujer.
El acto sexual tiene un significado diferente para la persona cuyo deseo es alimentado por el orgullo y la admiración, para quien el placer compartido con la persona amada es un fin en sí mismo, y para aquella que busca en el sexo una prueba de masculinidad (o fominidad), el alivio a su desesperanza, una defensa contra su ansiedad o un escape del aburrimiento.
Paradójicamente, son los llamados “perseguidores del placer”, los hombres que aparentemente viven sólo para gozar la sensación del momensto, que se preocupan únicamente por “pasarla bien”, aquellos psicológicamente incapaces de disfrutar del placer “como un fin en sí mismo”.
El neurótico buscador de placeres imagina que, efectuado el ceremonial de una celebración, logrará engañarse a sí mismo y crear la percepción de que que realmente tiene algo que celebrar
Uno de los rasgos que caracterizan al hombre que carece de autoestima, y el verdadero castigo por su negligente fracaso moral y psicológico, reside en el hecho de que todos sus placeres son placeres por evasión, con los cuales pretende huir de dos perseguidores a los que ha traicionado y de los cuales no hay huida posible, la realidad y su propia mente.
Dado que la función del placer es la de proporcionarle al hombre un sentido de su propia eficacia, el neurótico se encuentra atrapado en un conflicto mortal: por su naturaleza humana, se ve impulsado a sentir una deseperad necesidad de placer, como confirmación y expresión de su control sobre la realidad, aunque únicamente halla placer al huir de la realidad. Èsta es la razón por la cual sua placeres no funcionan y le proporcionan, en lugar de un sentimiento de orgullo, realización e inspiración, una sensación de culpa, frusración, desesperanza y vergüenza. El efecto que produce el placer en un hombre que siente estima por sí mismo equivale a un premio y una reafirmación.
El efecto que produce el palcer en un hombre que carece de autoestima es el de una amenaza, la maenaza de la ansiedad, la sacudida de los precarios fundamentos de su falso valor personal, la agudización de un permanente miedo a que la estructura se desplome y deba enfrentarse cara a cara con una realidad dura, absoluta, desconocida e inclemente.
Una de las quejas más comunes de los pacientes que buscan ayuda psicoterapéutica es la de que nada pueda brindarles placer. Que la auténtica alegría parece estarles vedada. Èste es el inevitable callejón si salida de una filosofía de vida basada en el placer por evasión.
Preservar una clara capacidad para el disfrute de la vida es un logro moral y psicológico inusual. Contrariamente a la creencia popular, es la pregorrativa, no de la irresponsabilidad o la irreflexión, sino de una devoción irrenunciable al acto de percibir la realidad y de una escrupulosa integridad intelectual. Es la recompensa de la autoestima.
2 comentarios:
Buenísimo, estaba por transcribir este mismo artículo para postearlo en mi tumblr, y lo googleé a ver si ya estaba en algún lado.
Me ahorraste unos buenos minutos
mi nombre es fajar. Vivo en Bedono en Java Central. Estaba en un problema financiero muy crónico y una situación de salud terminal hace unas semanas. Después de que toda mi búsqueda de ayuda de amigos y vecinos resultó fallida, siento que no hay nadie a quien realmente le importe. Me cansé mucho debido a la falta de fondos para expandir mi negocio y mis 2 hijos de 5 y 8 años tampoco eran guapos debido a la falta de atención adecuada como resultado de las finanzas. Una mañana fiel vi a un viejo amigo de mi difunto esposo y le conté todo lo que había estado pasando y él dijo que la única forma en que podía ayudarme era dirigirme a un buen oficial de préstamos en EE. UU. que también lo ayudó, explicó. para mí sobre cómo estaba financieramente deprimido y cómo fue impulsado por este oficial de préstamos (el Sr.Pedro, quien le otorgó un préstamo de 7,000,000.00 USD a una tasa asequible de 2) .Me aseguró además que eran la única firma de préstamos legítima que encontró en línea. me dio su correo electrónico y así fue como solicité y también me concedieron un préstamo y mi vida cambió para siempre.contacte al único prestamista genuino, el señor pedro, por correo electrónico: pedroloanss@gmail.com para resolver su problema financiero.
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