viernes, 26 de diciembre de 2008

Mentes colectivizadas

         Èticas Colectivizadas


Ciertas preguntas, que se oyen con frecuencia, no son realmente cuestiones filosóficas sio confesiones psicológicas. Esto es cierto sobre todo en el terreno de la ética. Especialmente en las discusiones sobre ética deben revisarse las premisas personales (o recordarlas) y, más aun, hay que aprender a revisar las premisas del contrincante.
Por ejemplo, los objetivistas oyen muchas veces una pregunta como ésta: “¿Qué se hará por los pobres o los incapacitados en una sociedad libre?”
La premisa altruista-colectivista implícita en esa pregunta es que los hombres deben ser “protectores de sus hermanos” y que la mala fortuna de algunos es una hipoteca sobre los demás. El que hace la pregunta ignora o evade las premisas básicas de la ética objetivista e intenta torcer el curso de la conversación hacia su propio terreno colectivista. Obsérvese que no pregunta: “¿Se debería hacer algo?” sino: “¿Qué se hará?”, cual si la premisa colectivista hubiera sido aceptada tácitamente, y todo lo que quedase por discutir fuesen los medios para implementarla.
En cierta oportunidad, un estudiante preguntó a Bárbara Branden: “¿Qué pasará con los pobres en una sociedad objetivista?”, a lo cual ella contestó: “Si usted, personalmente, quiere ayudarlos, nadie se lo impedirá”.
Èsta es la esencia de toda cuestión, y un ejemplo perfecto de cómo rehusar aceptar las premisas del contrincante como base de la discusión
.Sólo en forma individual tienen los hombres el derecho de decidir cuándo desean ayudar a los demás, o si lo desean hacerlo: la sociedad, como sistema político organizado, no tiene derecho alguno en la cuestión.
En cuanto a cuándo y en qué condiciones es moralmente correcto que un individuo ayude a otros, remitiré al lector al discurso de Galt en La rebelión de Atlas. Lo que nos ocupa aquí es la premisa colectivista de considerar este asunto como algo político, como un problema o un deber de “la sociedad en su conjunto”
Dado que la naturaleza no garantiza al ser humano seguridad automática, éxito y supervivencia, sólo la presunción dictatorial y el canibalismo moral del código altruista-colectivista permiten a un hombre suponer (o fantasear) que él puede, de alguna manera, garantizar tal seguridad en favor de ciertos hombres a expensas de los demás.
Si un hombre especula sobre qué debería hacer la “sociedad” por los pobres, acepta la premisa colectivista de que la vida de los hombres pertenece a la sociedad y de que él, como miembro de ésta, tiene el derecho de disponer de ellos, fijar sus metas y planificar la “distribución” de sus logros.
Èsta es la confesión psicológica implícita en tales preguntas y en muchas similares.
En el mejor de los casos, pone de manifiesto el caos psico-epistemológico de un hombre: revela una falacia que podríamos llamar “la falacia de la abstracción congelada”, que consiste en sustituir cierto tema particular concreto por el tema general abstracto al cual pertenece. En este caso, sustituir por una ética específica (el altruismo) la abstracción general “ética”.
Así, un hombre puede rechazar la teoría del altruismo y aseverar que ha aceptado un código racional, pero al no poder integrar sus ideas cuntinúa, irreflexivamente, abordando las cuestiones éticas en los términos establecidos por el altruismo.
Con mayor frecuencia, sin embargo, esa confesión psicológica muestra un mal más hondo: pone en evidencia cuán profundamente erosiona el altruismo la capacidad de los hombres para entender el concepto de derechos o el valor de la vida de un individuo; revela una mente de la cual se ha eliminado la realidad de lo que es un ser humano.
La humildad y la presunción son siempre dos caras de la misma premisa, y comparten la tarea de llenar el espacio que dejó vacante la autoestima en una mentalidad colectivista. El hombre que está dispuesto a servir como medio para los fines de los demás considerará necesariamente a éstos como medio para sus fines.
Cuanto más neurótico sea, o cuanto más a conciencia practique el ltruismo(y estos dos aspectos de su psicología actuarán recíprocament para reforzarse uno al otro), tanto más tenderá a inventar esquemas “en favor de la humanidad”, o “de la sociedad”, o “del público”, o “de las generaciones futuras”, o de cualquier otra cosa, excepto a favor de los seres humanos reales.
De ahí la apabullante desaprensión con que los hombres proponen, discuten y aceptan proyectos “humanitarios” que habrán de ser impuestos por medios políticos, o sea, por la fuerza, sobre un número ilimitado de seres humanos. Si, de acuerdo con la caricatura colectivista, los ricos avaros se entregan al despilfarro y a los lujos materiales, de acuerdo con la premisa de “no reparar en el costo”, entonces el progreso social producido por mentalidades colectivizantes del presente consiste en planear políticas altruistas cuya puesta en práctica está basada en la premisa de que “no importa cuántas vidas cuesten”.
La característica distintiva de tales mentalidades es la propugnación de alguna meta pública grandiosa, sin tener en cuenta el contexto, los costos o los medios. Una meta semejante, considerada fuera de contexto, puede resultar deseable: debe der pública, porque los costos no serán ganados, sino expropiados; y una densa y asfixiante niebla debe ocultar la cuestión de los medios, porque los medios son vidas humanas.
La “atención médica gratuita” es un ejemplo de tales proyectos. “¿No es conveniente proveer a los ancianos de atención médica cuando la necesitan?”, alegan los que apoyan el proyecto. Si se lo considera fuera de contexto, la respuesta serí: Sí, es conveniente. ¿Quién tendría razón alguna para decir: “No lo es”? Y en este punto se interrumpen los procesos mentales de una mente colectivizada; el resto es confuso. Sólo queda a la vista el deseo, ¿eso es correcto, verdad? No es para mí, sino para los demás, para el público, para esas personas indefensas y enfermas. La niebla encubre hechos tales como la esclavización y, en consecuencia, el deterioro de la práctica médica, su reglamentación y desintegración, y el sacrificio de la integridad profesional, la libertad, las carreras, las ambiciones, los logros, la felicidad y la vida misma de los hombre que habrán de proveer las metas “convenientes” es decir, los médicos.
Después de siglos de civilización, la mayoría de los hombres, con excepción de los criminales, ha aprendido que la actitud mental descripta no es ni práctica ni moral en sus vidas privadas, y no puede ser aplicada para alcanzar sus metas personales. No habría controversia sobre las características morales de algún joven maleante que dijera: “¿No es deseable tener un yate, vivr en un penthouse y beber champán?”, y que se opusiera empecinadamente a considerar el hecho de que para alcanzar esa meta “deseable” ha asaltado un banco y sesinado dos guardias.
No hay diferencia moral entre estos dos ejemplos: la cantidad de beneficiarios no cambia la naturaleza de la acción: sólo aumenta la cantidad de las víctimas. De hecho, el maleante posee una leve ventaja moral: no tiene el poder de devastar a toda una nación, y sus víctimas no han sido desarmadas por medio de la ley.
La ética colectivista del altruismo ha mantenido apartada de la marcha de la civilización la visión que tienen los hombres de su existencia pública o política, y esta área ha sido conservada como un coto reservado, un santuario de vida salvaje, regido por las costumbres del primitivísmo prehistórico. Si los hombre han captado un tenue resplandor de respeto por los derechos individuales en sus tratos privados con otros hombres, ese resplandor se apaga apenas su interés se centra en cuestiones públicas; entonces aparece sobre la arena política un cavernícola que no puede entender razón alguna por la cual su tribu no tiene el derecho de aplastarle la cabeza a cualquier individuo si así lo desea.
La característica distintiva de esa mentalidad tribal es el punto de vista axiomático, casi “instintivo”, de considerar la vida humana como medio, como el combustible para poner en marcha cualquier proyecto público.
Los ejemplos de tales proyectos son unnumerables: “¿No es conveniente acabar con las villas de emergencia?” (sin tomar en consideración lo que ocurre con los que se encuentran en el siguiente nivel de ingresos);”¿No es deseable tener ciudades hermosas y planificadas, todas con un único estilo?” (sin pensar en el estilo de quién será impuesto a los que construyan allí su hogar); “¿No es conveniente tener un público educado?” (sin pensar en quién impartirá la educación qué se enseñará y qué ocurrirá con quienes no estén de acuerdo); “¿No es conveniente eximir a los artista, a los escritore, a los compositores, de la caarga de los problemas financieros, y dejarlos crear libremente?” (sin considerar preguntas tales como: Qué artistas, escritores y compositores? ¿Elegidos por quién? ¿A costa de quiénes? ¿A costa de los artistas, escritores y compositores que no tienen influencia política y cuyas entradas, sumamente precarias, serán confiscadas mediante impuestos para “eximir” a los otros, que forman una elite privilegiada?); “¿No es deseable la ciencia?” “¿No es deseable que el hombre conquiste el espacio?”
Y así llegamos a la esencia de la irrealidad, a esa irrealidad salvaje, ciega, espantosa y sangrienta que impulsa a un alma colectivizada.
En todas sus metas “deseables” existe una pregunta que no tiene respuesta y no puede tenerla: ¿Para quién? Porque los deseos y las metas presuponen beneficiarios. ¿Es deseable la ciencia? ¿Para quién? No para los esclavos ex-soviéticos que morían a causa de epidemias, suciedad, hambre, terror y cuadrillas de fusilamiento, mientras algunos jóvenes brillantes observan desde cápsulas espaciales las pocilgas humanas que son sus ciudades.
Tampoco para ese padre norteamericano que murió de un infarto producido por el exceso de trabajo mientras luchba para poder enviar a su hijo la universidad; ni para el joven que no puede cursar estudios universitarios por falta de medios; ni para la pareja muerta en un accidente de automóvil porque no pudieron comprarse un coche nuevo; ni para la madre que perdió a su hijo porque no pudo enviarlo al mejor hospital disponible; ni para ninguna de esas persona cuyo dinero, expropiado en forma de impuestos, financia nuestra ciencia subsidiada y los proyectos públicos de investigación.
La ciencia es un valor sólo porque expande, enriquece y protege la vida humana. No lo es fuera de ese contexto. Nada es un valor fuera de ese contexto. Y por “vida humana” se entiende la vida única, específica e irreemplazable de cada hombre considerado individualmente
El descubrimientos de conocimientos nuevos sólo tiene valor para los hombres cuando son libres para usar y gozar los beneficios de lo que han aprendido. Los descubrimientos nuevos son de valor potencial para todos los hombres, pero no al precio de sacrificar todos su valores reales. Un “progreso” que se extiende hacia el infinito y que no brinda beneficios a nadie es un monstruoso absurdo. Esto es lo que ocurre con la “conquista del espacio” que llevan a cabo algunos hombres, cuandose logra al costo de expropiar el trabajo de otros hombres a los que ni siquiera les quedan los medios suficientes para adquirir un par de zapatos.
El progreso puede provenir únicamente del excedente de lo que producen los hombres, es decir, del trabajo de aquellos cuya habilidad produce más que lo que necesitan para su consumo personal, de los que se hallan intelectual y financieramente capacitados para aventurarse en la búsqueda de lo nuevo. El capitalismo es el único sistema en el que tales hombres pueden funcionar libremente y donde el progreso es acompañado, no por privaciones forzadas, sino por un constante ascenso en el nivel general de prosperidad, consumo y goce de la vida.
Únicamente para la congelada irrealidad de un cerbro colectivizado las vidas son intercambiables, y sólo una mente así puede considerar que es “moral” o “deseable” sacrificar a generaciones de hombres en aras de presuntos beneficios que la ciencia pública, o la industria pública, o los conciertos públicos, traerán para los aún no nacidos.
La ex-Rusia soviética es el ejemplo más claro, pero no el único, de lo que logran las mentalidades colectivizadas. Dos generaciones de rusos han vivido, han trabajado duramente y han muerto en la miseria aguardando la abundancia prometida por sus dirigentes, quienes les pedían que tuvieran paciencia y los obligaban a ser austeros, mientras construían las “industrias” públicas y mataban esperanzas públicas en cuotas quinquenales. Primero, la gente moría de hambre esperando los generadores eléctricos y los tractores; todavía mueren de hambre mientras esperan la energía atómica y los viajes interespaciales.
Esa espera no tiene fin: los beneficiarios aún no nacidos de ese sacrificio en masa no nacerán jamás; los animales sacrificables meramente darán a luz nuevas hordas de animales sacrificables –tal como lo ha demostrado la historia de todas las tiranias-, mientras los ojos desenfocados de la mente colecti ¿vizada seguirán mirando fijamente, sin que nada logre disuadirlos, y seguirán hablando de una visión de servicio a la humanidad, intercambiando los cadáveres de ahora con los fantasmas del futuro, sin ver jamás a los hombres.
Tal es el estado de la realidad en el alma de todos los ingeuos que envidian los logros industriales mientras sueñan con los hermosos parques públicos que ellos podrían crear si sólo se les entregasen las vidas, los esfuerzos y los recursos de todos los demás.
Todos los proyectos públicos son mausoleos, no necesariamente en la forma pero sí, y siempre, en el costo.
La próxima vez que usted se encuentre con uno de esos soñadores “inspirados por el bien público”, que le espete con rencor que “ciertas metas muy deseables no pueden alcanzarse sin la participación de todos”, digales que, si no puede obtener la participación voluntaria de todos, será mejor que esa meta no se alcance, y que las vidas humanas no le pertenecen, ni tiene derecho a disponer de ellas.
Y, si lo desea, dele el siguiente ejemplo de los ideales que él apoya. Es posible para la medicina extirpar las córneas de un hombre inmediatemente después de su muerte y transplantarlas a los ojos de un hombre vivo que está ciego, devolviéndole así, en ciertos tipos de ceguera, la vista. Esto, de acuerdo con la ética colectivista, presenta un problema social: ¿Debemos esperar que un hombre muera para extirparle la córneas cuando hay otros que las necesitan? ¿Debemos considerar que los ojos de todos son propiedad pública y proyectar un “metodo de distribución justo”?
¿Estaría usted de acuerdo en que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así “igualar” a ambos? ¿No? Entonces, no continue bregando por cuestiones relacionadas con los “proyectos públicos” en una sociedad libre. Usted conoce la respuesta. El principio es el mismo.

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