martes, 3 de julio de 2012

Como se puede tener una vida racional en una sociedad irracional?


Limitaré mi respuesta a un único y fundamental aspecto de esta pregunta. Mencionaré un solo principio, opuesto a la idea tan prevaleciente hoy en día, y que es la responsable de que el mal se haya propagado por el mundo. Este principio es: uno nunca debe dejar de pronunciar su juicio moral.
   Nada puede corromper y desintegrar tanto una cultura o el carácter de un hombre como el precepto del agnosticismo moral, la idea de que nunca debe formularse un juicio moral sobre los demás, que uno debe ser moralmente tolerante con respecto a todo, que el bien consiste en no diferenciar entre el bien y el mal.
   Es obvio quién gana y quién pierde con tal precepto. Cuando uno se abstiene por igual de alabar las virtudes de los hombres y condenar sus vicios, no se les hace justicia ni se les concede un tratamiento equitativo. Cuando la imparcialidad de su actitud declara, en efecto, que ni el bien ni el mal pueden esperar nada de usted, ¿a quién traiciona y a quién alienta?
   Pero pronunciar un juicio moral es una enorme responsabilidad. Para ser juez es preciso poseer un carácter irreprochable; no es necesario ser omnisapiente ni infalible, tampoco estar exento de errores de conocimiento. S requiere una integridad inquebrantable, es decir: no ser indulgente en absoluto con la maldad consciente o intencionada. Así como el juez de un tribunal puede cometer un error cuando la evidencia no es concluyente, pero no puede eludir la evidencia disponible, ni aceptar soborno, ni permitir que ningún sentimiento, emoción, deseo o temor personal obstruya su mente al formar juicio sobre los hechos de la realidad, así toda persona racional debe mantener una integridad igualmente estricta y solemne en el tribunal de su mente, donde la responsabilidad es más aterradora que en un tribunal público porque él, el juez, es el único que sabe cuándo él mismo ha sido incriminado.
   Sin embargo, existe una corte de apelaciones para nuestros propios juicios: la realidad objetiva. Un juez se somete a sí mismo a juicio cada vez que emite una sentencia. Únicamente hoy, cuando prevalecen el cinismo amoral, el subjetivismo y el gangsterismo, los hombres pueden creerse en libertad de pronunciar cualquier tipo de juicio irracional sin tener que sufrir las concecuencias.
   De hecho, un hombre debe ser juzgado de acuerdo con los juicios que pronuncie. Las cosas que condena o elogia existen en la realidad objetivas y están abiertas a la consideración independiente de los demás. Cuando acusa o elogia, lo que revela son sus propios criterios y su carácter moral. Si condena a los Estados Unidos y alaba a los comunistas, si ataca a los hombres de negocio y defiende a los delincuentes juveniles, si desprecia una gran obra de arte y aplaude aquello que carece de todo valor artístico, está confesando la naturaleza de su propia alma.
   El miedo a esa responsabilidad es lo que lleva a la mayoría de las personas a adoptar una actitud de indiscriminada neutralidad moral. Este temor se expresa mejor a través del precepto “No juzgues y no serás juzgado”. Pero ese precepto, de hecho, es una abdicación de la responsabilidad moral; es un cheque en blanco moral que uno entrega a los demás a cambio de un cheque en blanco moral que uno espera para sí mismo.
   No hay manera de rehuir el hecho de que los hombres deben efectuar elecciones; mientras tengan que hacerlo no existe posibilidad de escapar de los valores morales: en tanto éstos estén en juego, no existe neutralidad moral posible. Abstenerese de condenar a un torturador es convertirse en un cómplice de la tortura y del asesinato de sus víctimas.
   El principio moral a adoptar en esta cuestión es: “Juzga y prepárate para ser juzgado”.
   Lo opuesto a la neutralidad moral no es una condenación ciega, arbitraria y petulante de cualquier idea, acción o persona que no se ajuste al humor o gusto personal, a eslóganes memorizados o al juicio repentino de un momento. La tolerancia indiscriminada y la condena indiscriminada no son dos posiciones opuestas, sino dos variantes de la misma forma de evasión.
   Declarar que “todos son blancos”o “todos son negros” o “nadie es blanco o negro, sino gris” no es expresar un juicio moral, sino eludir la responsabilidad de hacerlo.
   Juzgar significa evaluar un hecho concreto refiriéndolo a un principio o norma abstracta. No es una tarea fácil, ni que pueda ejecutarse en forma automática por medio de los sentimientos, los instintos o las “corazonadas” personales. Es una tarea que requiere aplicar el proceso de pensamiento más preciso, más severo y más implacablemente objetivo y racional. Es bastante fácil entender los principios morales abstractos, pero puede resultar muy difícil aplicarlos a una situación dada, en particular cuando está involucrado el carácter moral de otra persona. Toda vez que se pronuncie un juicio moral, sea una alabanza o una acusación, se debe estar preparado para responder a la pregunta “¿Por qué?”, y para fundamentar tal juicio, ante uno mismo y ante quien efectúe racionalmente la pregunta.
   La política de pronunciar siempre un juicio moral no significa que uno deba considerarse a sí mismo como un misionero cargado con la responsabilidad de “salvar las almas de los demás”, ni que se deban ofrecer evaluaciones morales no solicitadas a todos aquellos con los que uno se encuentre. Significa: a) que uno debe tener en forma clara, completa y verbalmente identificable su propia evaluación moral de cada persona, cuestión o hecho con que se enfrente y estar dispuesto a actuar en consecuencia; b) que uno debe hacer conocer a los demás su evaluación moral personal cuando es racionalmente apropiado hacerlo. Esto último no implica que hay que lanzarse a realizar denuncias e iniciar debates morales innecesarios, pero sí que uno debe pronunciarse en aquellas situaciones en las cuales el silencio puede interpretarse objetivamente como un tácito acuerdo o aprobacion de la maldad.
  Cuando uno trata con personas irracionales, con los cuales todo argumento es inútil. Es suficiente decir: “Yo no estoy de acuerdo con usted” para negar cualquier implicancias de aprobación moral. Cuando se trata con personas que poseen cierta capacidad, puede ser moralmente conveniente una exposición completa del propio punto de vista. Pero en ningun caso ni situación se debe guardar silencio cuando los valores que uno sustenta son atacados o denunciados.
   Los valores morales son la fuerza motriz de las acciones humanas. Al pronunciar un juicio moral, uno protege la claridad de su percepción personal y la racionalidad del curso de acción que ha elegido seguir. Existe una diferencia entre pensar que uno esta ante errores de conocimiento humanos o ante la maldad humana.
   Obsérvese cuántas personas se evaden, racionalizan y dirigen su mente hacia un estado de ciego estupor por el temor de descubrir que aquellos con quienes tratan –sus seres queridos, sus amigos o asociados comerciales, o dirigentes políticos- no estan simplemente errados, sino malvados. Obsérvese que este temor los lleva a consentir, ayudar y expandir implícitamente la misma maldad cuya existencia temen reconocer.
  Si la gente no cayera en abyectas evasiones, como declarar que un despreciable mentiroso tiene “buenas intenciones”, que un pordiosero “no tiene la culpa del estado en que está”, que un delincuente juvenil “necesita amor”, que un criminal lo es “porque no sabe cómo comportarse mejor”, y que un político ávido de poder está motivado por una patriótica preocupación “por el bienestar público”, que los comunistas son solamente “reformadores agrarios”, la historia de las últimas décadas, o siglos, hubiera sido distinta.
   Pregúntese a sí mismo por qué las dictaduras totalitarias necesitan verter dinero y esfuerzo en propaganda dirigida a sus propios esclavos, que se encuentran indefensos, encadenados y amordazados, carentes de todo medio de protesta o defensa. La respuesta es que aún el más humilde de los campesinos, o el más ignorante de los salvajes, se alzarí en ciega rebelión si se diese cuenta de que lo están inmolando, no en beneficio de algún incomprensible “noble propósito”, sino en favor de la simple y desnuda maldad humana.
   Obsérvese también que la neutralidad moral requiere una progrsiva simpatía por el vicio y un progresivo antagonismo hacia la virtud. Un hombre que se esfuerza por no reconocer la maldad como tal encontrará que es más peligroso reconocer el bien como tal. Para él una persona virtuosa es una amenaza que puede hacer tambalear todas sus evasiones, en particular cuando esta involucrada una cuestión de justicia que demanda una definición. Es entonces cuando expresiones tales como “Nadia tiene toda la razón o está totalmento equivocado” y “¿Quién soy yo para juzgar? Adquieren un efecto letal. El hombre que comienza por decir: “En el peor de nosotros hay algo bueno”, continuara diciendo: “Hay algo malo en el mejor de nosotros”, y por fin: “Son los mejores de nosotros los que nos hacen la vida difícil. ¿Por qué no se callan? ¿Quienes son ellos  para juzgar?”
   Y entonces, en alguna gris mañana en la mitad de su vida, ese hombre descubre repentinamente que ha traicionado todos los valores que atesoraba en su ya lejana juventud, se pregunta cómo ocurrió, y cierra de un golpe su mente a toda respuesta diciéndose apresuradamente que el miedo que sintió en sus momentos peores y más vergonzosos estaba justificado, que los valores no tiene posibilidad alguna en este mundo.
   Una sociedad irracional es una sociedad de cobardes morales, de hombres paralizados por la pérdida de sus valores, principios y metas morales. Pero dado que los hombres deben actuar mientras vivan, tal sociedad está lista para ser tomada por cualquiera que esté dispuesto a determinar su curso. La iniciativa puede venir únicamente de dos tipos de hombres: de aquel que está preparado para asumir la responsabilidad de afirmar los valores racionales, o bien del criminal a quien no le preocupan las cuestiones de responsabilidad.
   No importa cuán duro sea el esfuerzo, sólo hay una elección que un hombre racional puede hacer en vista de tal alternativa.