jueves, 25 de diciembre de 2008

El misticismo y autosacrificio.

El criterio de la salud mental, el funcionamiento mental biológicamente adecuado, es el mísmo que se aplíca a la salud física: la supervivencia del hombre y su bienestar. Una mente será sana mientras su método de funcionamiento sea tal que proporcione al hombre el control sobre la realidad que el mantenimiento y la protección de su vida requieren.
La señal distintiva de este control es la autoestima, consecuencia, expresión y recompensa de una mente comprometida con la razón, es decir, que responde y confía exclusivamente en la razón. La razón, la facultad que identifica e integra el material provísto por los sentidos, es la herramienta de la supervivencia básica del hombre. El compromiso con la razón es el compromiso con el mantenimiento de un enfoque intelectual pleno, con la constante expansión de la comprensión y el conocimiento, con el principio de que las acciones personales deben ser coherentes con las convicciones, de que uno nunca debe intentar falsear la realidad ni situar consideración alguna por encima de ella, de que jamás debe permitirse contradicciones, ni intentar subvertir o sabotear las funciones correctas de la conciencia: percepción, obtención de conocimientos y control de las acciones.
Una conciencia no obstruida, integrada, pensante, es una conciencia sana. Una conciencia bloqueada, que se evade, que está desgarrada entre conflictos, segmentada y enfrentada consigo misma, una conciencia desintegrada por el miedo o inmovilizada por la depresión,, disociada de la realidad, es una conciencia enferma.
Para ser capaz de manejar los hechos de la realidad, para procurar y lograr los valores que requiere su vida, el hombre necesita su autoestima: necesita tener confianza en su eficacia y en su valor.
La ansiedad y el sentimiento de culpa, antítesis de la autoestima y signos inconfundibles de una mente enferma, son desintegradores del pensamiento, distorsionadores de los valores y factores paralizantes de la acción.
Cuando un hombre se estima a sí mismo elige sus valores y fijas sus metas, cuando diseña sus propósitos a largo plazo, que darán unidad y guía a sus acciones, está tendiendo un puente hacia el futuro, un puente sobre el cuál transitará su vida. Un puente que esta sostenido por la convicción de que su mente tiene la capacidad requerida para pensar, juzgar, y valorar, y que él es digno de disfrutar esos valores.
Este sentido de control sobre la realidad no es el resultado de aptitudes, habilidades o conocimientos especiales. No depende de determinados éxitos o fracasos en particular. Refleja la relación fundamental que se tiene con la realidad, la convicción de que se poseen la eficacia y el valor fundamentales. Refleja la certeza de que, en esencia y en principio, se es apto para la realidad. La autoestima es una estimación metafísica.
Este es el estado psicológico que la moralidad tradicional torna imposible, en la medida en que el hombre la acepte. Ni el misticismo ni el credo del autosacrificio son compatibles con una mente sana ni con la autoestima. Estas doctrinas son existencial y psicológicamente destructivas.
1. Para el mantenimiento de su vida y el logro de su
autoestima, el hombre necesita el ejercicio pleno de su razón; no obstante, se le enseña que la moralidad requiere la fe y descansa en ella. La fe es la entrega de la conciencia personal a creencias de las cuales no hay evidencia sensorial ni prueba racional.
Cuando el hombre rechaza la razón como su criterio de juicio, el único criterio al que puede recurrir son sus sentimientos. Un místico es un hombre que trata a sus sentimientos como herramientas de cognición. La fe es la equiparación de los sentimientos con el conocimiento.
Para practicar la “virtud” de la fe, un hombre debe estar dispuesto a abandonar su objetividad y su capacidad de juicio: a vivir con lo ininteligíble, con aquello que no se puede conceptualizar ni integrar con el resto de sus conocimientos; debe inducir una ilusion de raciocinio parecido a un estado de trance.
Debe estar dispuesto a reprimir su facultad de crítica, conciderándola una culpa, a ahogar toda pregunta que surja como protesta; debe sofocar todo resurgimiento de la razón que busque, convulsivamente, asumir la función que le corresponde como protector de su vida y de la integridad de su conocimiento.
Recuérdese que la totalidad del conocimiento humano, y todos sus conceptos, tienen una estructura jerárquica. El fundamento y el punto de partida del pensamiento son las percepciones sensoriales: sobre esa base forma el hombre sus primeros conceptos para, a partir de allí, continuar construyendo el edifício de sus conocimientos a través de la identificación e integración de nuevos conceptos, en una escala cada vez más amplia y más extensa.
Para que el pensamiento sea válido, este proceso debe guiarse por la lógica, “el arte de la identificación sin contradicciónes”. Todo nuevo concepto que forme el hombre debe integrarse sin contradicción a la estructura jerárquica de su conocimiento. Introducir en la conciencia cualquier idea que no pueda integrarse así, una idea no derivada de la realidad ni validada por un proceso sujeto a la razón, no sometida a examen o juicio racional y, peor aun: una idea que choque con el resto de nuestros conceptos y nuestra comprensión de la realidad, es sabotear la funcion integradora de la conciencia, socavar el resto de nuestras conviccciones y eliminar nuestra capacidad de estar seguros de cosa alguna. Éste es el sentido de la declaración de John Galt en la Rebelion de Atlas cuando dice que “el pretendido atajo hacia el conocimiento, la fe, es solo una simplificación de una invención mística equivalente al deseo de aniquilar la existencia, y, como concecuencia, aniquilar la conciencia”.
No hay mayor autoengaño que el de imaginar que se puede someter a la razón aquello que pertenece a la razón, y a la fe aquello que pertenece a la fe. La fe no puede ser circunscripta ni delimitada; ceder la conciencia un solo milímetro es rendirla en su totalidad. La razón es un absoluto para la mente o no lo es, y en ese caso, cuando la razón está ausente, tampoco hay lugar donde trazar el límite, ni principio de acuerdo con el cual trazarlo, ni barrera que la fe no puedad cruzar, ni parte alguna de la vida personal que la fe no pueda invadir. Una persona es racional hasta, y a menos que, sus sentimientos decreten otra cosa. La fe es una enfermedad maligna que ningún sistema puede tolerar impunemente, y el que sucumbe a ella requerirá su ayuda precisamente en aquellas cuestiones en las que más necesita de la razón. Cuando el hombre abandona la razón y se entrega a la fe, cuando rechaza el absolutismo de la realidad, está destruyendo las bases de su propia conciencia, y su mente se convierte en un órgano en el que ya no se puede confiar. Su mente se convierte en lo que los místicos dicen que es una herramienta de distorsión.
2. La necesidad de autoestima del hombre implica la
necesidad de poseer un sentido de control sobre la realidad. Sin embargo, ningún control es posible en un Universo que, debido a las concesiones que ha hecho el mismo hombre, incluye lo sobrenatural, lo milagroso y lo carente de causa, un Universo donde se está a la merced de fantasmas y demonios, donde se debe tratar no con lo desconocido, sino con lo incognoscible. No hay control posible si el hombre propone y un fantasma dispone; no hay control posible si el Universo es una casa embrujada.
3. La vida del hombre y su autoestima requieren que el
objetivo y la preocupación de su conciencia sean la realidad y esta Tierra, pero se le enseña que la moral consiste en despreciar esta Tierra y el mundo asequible a la percepción sensorial, para contemplar, en su lugar, una realidad “diferente” y “superior”, un reino inaccesible a la razón e incommunicable en el lenguaje común, al que se puede acceder por la revelación, por procesos dialécticos especiales, por ese estado de de lucidez intelectual que el budismo Zen considera como la “Anti-mente”, o como la muerte.
Hay sólo una realidad: aquella que la razón puede conocer. Si el hombre elige no percibirla, no habrá nada que pueda percibir; si no es consciente de este mundo, no sera consciente en absoluto.
El único resultado de la proyección mística de “otra” realidad es que incapacita psicológicamente al hombre para ésta. No fue mediante la contemplación de lo transcendental, lo inefable, lo indefinible, lo inexistente, como el hombre se elevó desde las cavernas y transformó el mundo material para que la existencia humana fuese posible sobre la tierra.
Si es una virtud renunciar a la mente, y un pecado usarla; si es una virtud aproximarse al estado mental de un esquizofrénico, y un pecado estar enfocado intelectualmente; si es una virtud despreciar esta Tierra, y un pecado trabajar y actuar; si es una virtud despreciar la vida, y un pecado sostenerla y disfrutarla, entonces no se puede tener ni autestima, ni control, ni eficacia; nada es posible más que el sentimiento de culpa y el terror de un hombre degradado atrapado en un Universo de pesadilla, un Universo creado por algún metafísico sádico que lanzó al hombre a un laberinto donde la puerta marcada con la leyenda “virtud” lleva a la autodestrucción, y aquella en la que se lee “eficacia” conduce a la propia condenación.
4. Su vida y autoestima requieren que el hombre se
enorgullezca de su capacidad de pensar, de su capacidad de vivir; sin embargo, se le enseña que la moral sostiene que el orgullo, y específicamente el orgullo intelectual, es el más grave de los pecados. Se le enseña que la virtud comienza con la humildad, con el reconocimiento de la incapacidad, la pequeñez, la impotencia de nuestra mente.
¿Es el hombre omnisapiente?, preguntan los místicos. ¿Es
infalible? Y si no lo es, ¿cómo se atreve a desafiar la palabra de Dios, o de los representantes de Dios, y erigirse en juez de cualquier cosa?
El orgullo intelectal no es una pretension de omnisapiencia o infabilidad, como los místicos quieren implicar en forma absurda, sino todo lo contrario. Justamente porque el hombre debe luchar para obtener sus conocimientos, y dado que la búsqueda del conocimiento requiere un esfuerzo, los que asumen esa responsabilidad sienten orgullo por aquello que adquieren.
A veces coloquialmente, se interpreta que el orgullo significa pretension sobre logros que en realidad uno no ha alcanzado. Pero el fanfarron, el jactancioso, el hombre que pretende tener virtudes que no posee, no es orgulloso; meramente ha elegido la manera más humillante de revelar su humildad
El orgullo es la respuesta a la capacidad personal de alcanzar valores, el placer que se obtiene de la propia eficacia. Y es eso lo que los místicos consideran malvado.
Pero si el estado moral adecuado para el hombre es la duda, la inseguridad, el miedo, y no la confianza, la seguridad en sí mismo y la autuoestima; si su meta ha de ser el sentimiento de culpa en lugar del orgullo, entonces su ideal moral es una mente enferma y los neuróticos y psicópatas son los máximos exponentes de la moral, mientras que los que piensan y los que logran sus objetivos son los pecadores, aquellos demasiado corruptos y arrogantes para encontrar la virtud y el bienestar psicológico en la creencia de que son inadecuados para existir.
La humildad es, necesariamente, la virtud básica de una moralidad mística, la única posible para quienes han renunciado a la mente. El orgullo debe ser ganado, es la recompensa del esfuerzo y al logro. Pero para alcanzar la virtud de la humildad sólo es necesario abstenerse de pensar; no se requiere otra cosa, y uno no tardará en sentirse humilde.
5. Su vida y autoestima requieren que el hombre sea leal a
sus valores, a su mente y juicio, a su vida. Lo que se le enseña, en cambio, es que la esencia de la moralidad consiste en el autosacrificio; el sacrificio de la propia mente a una autoridad superior y el sacrificio de los valores personales a quienquiera que se sienta el derecho de reclamarlos.
No es necesario en este contexto, analizar las casi inconta
bles maldades implícitas en el autosacrificio. Su irracionalidad y destructividad han sido suficientemente expuestas en La rebelion de Atlas. Sin embargo, hay dos aspectos de la cuestión que están especialmente relacionados con el tema de la salud mental.
El primero es el hecho de que el sacrificio de sí mismo significa, y solo puede significar, el sacrificio de la mente. Tengamos presente que un sacrificio significa la renuncia de un valor superior en favor de un valor inferior o de algo sin valor. Si se entrega lo que no se valora para obtener aquello que si se valora, o si se entrega un valor menor para obtener un valor mayor, eso no es un sacrificio sino un beneficio.
Recordemos , además, que todos los valores del hombre existen dentro de un orden jerárquico; valora algunas cosas más que otras y, en la medida en que sea un ser racional, el orden jerárquico de sus valores sera racional; es decir, valorará las cosas y su bienestar. Aquello que es adverso a su vida y su bienestar, que se opone a su naturaleza y a sus necesidades como ser humano, sera considerado carente de valor.
Inversamente, la estructura distorsionada de los valores es una de las características de las enfermedades mentales; el neurótico no valora las cosas de acuerdo con su mérito objetivo en relación con su naturaleza humana y sus necesidades; con frecuencia valora aquellas que lo llevarán a su autodestrucción. Juzgado de acuerdo con criterios objetivos, vive en un proceso crónico de autosacrificio.
Pero si el sacrificio es una virtud, no es el neurótico sino el hombre racional el que tiene que ser “curado”. Debe aprender a violentar su propio juicio racional, a revertir el orden de su jerarquía de valores, a renunciar a aquello que su mente considera lo bueno, a invalidar su propia conciencia.
¿Todo lo que los místicos demandan del ser humano es que éste sacrifique su felicidad? Sacrificar la felicidad personal es sacrificar los deseos personales, sacrificar los deseos personales es sacrificar los valores personales; sacrificar los valores personales es sacrificar el juicio personal; sacrificar el juicio personal es sacrificar la propia mente, y nada menos que eso es lo que pretende y demanda el credo del autosacrificio.
La raiz del egoísmo (o sea, el interés personal) es el derecho, y la necesidad, que tiene el hombre de acuerdo con su propio juicio. Si su juicio ha de ser objeto de sacrificio, ¿qué clase de eficacia, control, ausencia de conflictos o serenidad de espiritu le sera posible al hombre?
El segundo aspecto que importa en este contexto involucra no solo al credo del autosacrificio, sino a la totalidad de los dogmas de la moralidad tradicional.
Una moralidad irracional, una moralidad que se opone a la naturaleza humana, a los hechos de la realidad y a los requerimientos de la supervivencia del hombre, necesariamente lo fuerza a aceptar la creencia de que existe un choque inevitable entre lo moral y lo práctico, que hay que elegir entre ser virtuoso o ser feliz, idealista o exitoso, pero que no se puede ser las dos cosas a la vez. Esta visión establece un conflicto desastroso al nivel más íntimo del ser humano, una dicotomía letal que lo hace trizas; lo obliga a elegir entre capacitarse para vivir o ser digno de vivir. Empero, su autoestima y salud mental exigen que alcance ambas metas.
Si el hombre sostiene que el bien es su vida sobre la Tierra, si juzga sus valores de acuerdo con el criterio de aquello que es adecuado para la existencia de un ser racional, entonces no existe choque alguno entre los requerimientos de su supervivencia y la moral, entre capacitarse para vivir o hacerse digno de vivir; logra lo segundo al alcanzar lo primero. Pero se produce un conflicto si el hombre considera que el bien reside en renunciar a esta Tierra, renunciar a la vida, a la mente, a la felicidad, al yo. Bajo una moralidad que se opone a la vida, el hombre se hace digno de vivir hasta donde se obliga a hacerse inconpetente para vivir, y hasta donde se oblige a ser capaz de vivir, se hace indigno de ello.
La respuesta que dan muchos defensores de la moralidad tradicional es: “Bueno, pero la gente no tiene qué llegar a los extremos”, con lo cual quieren significar: “No esperamos que las personas sean totalmente morales. Aceptamos que tengan de contrabando algún interés personal en sus vidas. Después de todo, reconocemos que la gente tiene que vivir”.
La defensa de este código moral reside, por consiguiente, en que pocos estarán dispuestos a adoptar la actitud suicida de intentar parcticarlos consistentemente. La hipocresía ha de ser, pues, la que proteja al hombre contra las convicciones morales que dice profesar. ¿Qué efecto tiene esto sobre su autoestima?
¿Y qué sucede con las víctimas que no son lo suficientemente hipócritas?
¿Qué ocurrirá con el niño que se refugia, atrrorizado, en un Universo autista porque no logra captar las afirmaciones disparatadas de sus padres, que le dicen que él es culpable por naturaleza, que su cuerpo es impuro, que pensar es pecaminoso, que es blasfemo hacer preguntas, que es depravado dudar, y que debe obedecer las órdenes de un fantasma sobrenatural pues, si no lo hace, arderá eternamente en el infierno?
¿Qué le sucederá a la hija que se consume debido a un sentimiento de culpa producido por el pecado de no querer dedicar su vida a cuidar de su padre enfermo, que no le ha dado otro motivo que no fueras el sentir odio hacia él?
¿O al adolescente que se refugia en la homosexualidad porque le han enseñado que el sexo es malvado y que las mujeres deben ser idolatradas pero no deseadas?
¿O al hombre de negocios que sufre ataques de ansiedad porque tras años de sentirse obligado a ser ahorrativo y laborioso, cometió finalmente el pecado de tener éxito, y se le dice ahora que un camello pasará por el ojo de una aguja antes de que un hombre rico entre al reino de los cielos?
¿O al neurótico que, en irremediable desesperanza, abandona el intento de resolver sus problemas porque siempre ha oído predicar que esta Tierra es un reino de miserias, futilidad y destrucción, donde la felicidad o el logro son imposibles para el hombre?
Quienes defienden estas doctrinas tienen una grave responsabilidad moral, aunque existe un grupo cuya responsabilidad es quizás aun mayor: los psicólogos y psiquiatras, que ven los despojos humanos producidos por estas doctrinas y callan. No protestan y declaran que las cuestiones filosóficas y morales no les atañen, que la ciencia no puede emitir juicios de valor. Se desentienden de sus obligaciones profesionales aseverando que un código de moral racional es imposible y, con su silencio, convalidan el asesinato espiritual.
Los resultados psicológicos del altruismo pueden observarse en el hechos de que muchas personas plantean la cuestión de la ética con preguntas tales como: “¿Debería arriesgarse la propia vida para ayudar a un hombre que está: a) ahogándose, b) atrapado por el fuego, c) arrojándose delante de un tren en marcha, d) suspendido con sus últimas fuerzas sobre un abismo?”
Considérense las implicancias de tal enfoque. Si un hombre acepta la moral del altruismo, sufrirá las siguientes concecuencias (en proporción a su grado de aceptación de esa ética):
1. Falta de autoestima, puesto que su primera preocupación, en el terreno de los valores, no es como habrá de vivir su vida sino como habrá de sacrificarla.
2. Ausencia de respeto por los demás, dado que considera a la humanidad como una caterva de mendigos condenados que claman por ayuda.
3. Una visión de la vida semejante a una pesadilla, ya que cree que los hombres están atrapados en un “Universo malévolo”, donde los desastres son la preocupación constante y primordial de sus vidas.
4. Y, de hecho, una letárgica indiferencia hacia la ética, una amoralidad cínica y sin esperanzas, porque sus preguntas involucran situaciones en las que probablemente no se encontrará nunca, que no tienen relación alguna con los problemas propios de su existencia y que, por consiguiente, lo dejan sin principios morales aplicables a su vida habitual.
Al plantear el tema de la ayuda a los demás como la cuestión central y primordial de la ética, el altruismo ha destruido el concepto de toda auténtica caridad o buena voluntad entre los hombres. Los ha adoctrinado con la idea de que valorar a otro ser humano per se es un acto de desinterés, implicando así que una persona no puede tener interés personal en los demás; que valorar a otro significa sacrificarse uno mismo; que todo amor, respeto o admiración que un hombre pueda sentir por otros no es ni puede ser una fuente de alegría personal, sino que constituye una amenaza para su propia existencia, una promesa de autosacrificio firmada a favor de sus seres queridos.
Los hombres que aceptan esta dicotomía pero eligen estar en el lado opuesto, los productos finales de la deshumanizante influencia del altruismo, son los psicópatas que no desafían la premisa básica del altruismo pero proclaman su rebelion contra el sacrificio personal afirmando que son totalmente indiferentes a todo ser viviente, que no levantarían un dedo para ayudar a un hombre o a un perro atropellado por un conductor irresponsable, que huye después del accidente (y que por lo general pertenece a la misma clase que ellos).
La mayoría de los hombres no acepta ni practica ninguna de las dos fases de la viciosamente falsa dicotomía del altruismo, pero la concecuencia es un absoluto caos intelectual con respecto a la relación correcta entre las personas y a cuestiones tales como la naturaleza, propósito o alcance de la ayuda que puede darles a los demás. Hoy en día, muchos hombres razonables y bienintencionados no saben cómo identificar o conceptualizar los principios morales que motivan su amor, afecto o buena voluntad, y no pueden encontrar guía alguna en el terreno de la ética, dominado por los trillados tópicos del altruismo
Sobre la cuestión de por qué el hombre no es un animal sacrificable, y por qué no tiene el deber moral de ayudar a los demás, remito a ustedes a mi obra La rebelion de Atlas. En este análisis nos ocuparemos de los principios por los cuales se identifican y evaluan las instancias que involucran ayuda al prójimo sin que ellos implique el autosacrificio.
El “sacrificio” es la entrega de un valor superior en beneficio de un valos menor, o de algo carente de valor. Así el altruismo mide la virtud de un hombre según el grado de su disposición a capitular, a renunciar o traicionar sus valores (dado que ayudar a un desconocido, o a un enemigo, se considera más virtuoso, más noble y menos egoísta que ayudar a un ser querido). Una conducta basada en pricipios racionaleses exactamente la opuesta: la persona actúa siempre de acuerdo con la jerarquía de sus valores y jamás sacrifice un valor superior en beneficio de uno inferior. Esto se aplica a todas las elecciones, incluyendo los actos personales en relación con otras personas. Requiere que uno posea una jerarquía definida de valores racionales (valores elegidos y validados de acuerdo con un criterio racional). Si no existe tal jerarquía, no son posibles ni una conducta racional, ni juicios razonados de valor, ni elecciones morales.
El amor y la amistad son valores profundamente personales y egoístas; el amor es una expresion y una afirmación de la autoestima, una respuesta a los propios valores en la persona del otro. La sola existencia de la persona a la que se ama procura una alegría profundamente personal y egoísta. Es la felicidad personal y egoísta la que uno busca, gana y obtiene del amor.
Un amor “caritativo”, “desinteresado”, es una contradicción en termino; significa que uno es indeferente a lo que valora.
Preocuparse por el bienestar de los seres queridos es una parte racional de los egoístas intereses personales. Si un hombre que ama apasionadamente a su esposa gasta una fortuna para curarla de una peligrosa enfermedad, sería absurdo aseverar que se “sacrifica” en beneficio de ella y no se sí mismo, y que no hay diferencia alguna para él, en forma personal y egoísta, en que ella viva o muera
Ninguna acción que un hombre realice en beneficio de quienes ama es un sacrificio si dentro de su jerarquía de valores, y en el contexto total de las elecciones que puede ahcer, logra aquello que tiene mayor importancia personal (y racional) para él. En el ejemplo anterior, la supervivencia de su esposa es de mayor valor para ese hombre que cualquier otra cosa que pudiera comprar con su dinero; tiene importancia maxima para su felicidad personal y, en concecuencia, su acción no es un sacrificio.
Pero supongamos que, tal como lo indicaría la ética del altruismo, la dejara morir para poder gastar su dinero en salvar la vida otras diez mujeres, ninguna de las cuales significa nada para él. Eso sí sería un sacrificio. Aquí se puede apreciar la diferencia entre el objetivísmo y el altruismo con extrema claridad: si el; sacrificio debe ser el principio moral de la acción, entonces ese esposo debería sacrificar a su mujer en beneficio de esas otras diez mujeres. ¿Qué diferencia a su mujer de las otras diez? Nada que no sea el valor que ella representa para el hombre que debe hacer la elección, nada excepto el hecho de que su felicidad requiere que ella sobreviva.
La ética objetivista le diría: tu más elevado propósito moral es la obtención de tu propia felicidad: tu dinero es tuyo, úsalo para salvar a tu esposa; ese es tu derecho moral, y tu elección moral y racional.
Considere el alma del moralista altruista que le dijera a ese hombre lo contrario (y pregúntese luego si es la benevolencia lo que motiva al altruismo).
El metodo correcto para juzgar si uno debería ayudar a otra persona, y cuando, es referirse al interés personal y a la propia jerarquía de valores: el tiempo, el dinero o el esfuerzo que se entregue, o el riesgo que se corra, deberá ser proporcional al valor de esa persona en relación con la propia felicidad.
Ilustremos esto con el ejemplo favorito de los altruistas: la cuestión de salvar a una persona que se está ahogando. Si esa persona es un deconocido, sólo es moralmente correcto salvarlo si el peligro personal que se corre es mínimo; si el peligro es grande, sería inmoral intentarlo; solo la carencia de autoestima permitiría valorar la propia vida menos que la de cualquier desconocido. (Y en el caso contrario, si el que se ahoga es uno mismo, no debe esperarse que un desconocido arriesgue su vida en favor de uno, ya que nuestra vida no puede ser tan valiosa para él como la suya).
Si la persona que habría que salvar no es un desconocido, entonces el riesgo que uno debe estar dispuesto a correr será tanto más grande cuanto mayor sea el valor que esa persona tenga para uno. Si se trata del hombre o de la mujer que se ama, entonces podemos estar dispuestos a dar hasta nuestra propia vida para salvarlo, por la razón egoísta de que la vida sin esa persona podría ser insoportable.
Por el contrario, supongamos que un hombre sabe nadar y puede salvar a su mujer, que se está ahogando, pero cede a un miedo irracional e injustificado y deja que se ahogue, para consumir luego su vida en soledad y miseria; a este hombre no se le debe calificar como “egoísta”; se le condenará moralmente por haberse traicionado a sí mismo y a sus propios valores, es decir, por su incapacidad de luchar por la conservación de un valor crucial para su felicidad.
Recuerde que los valores son aquello por lo cual uno actúa, para obtener y/o conserver la propia felicidad, felicidad que debe lograrse por el propio esfuerzo. Dado que la felicidad personal es el propósito moral de la vida del hombre, quien fracasa en alanzarla a causa de su propia desidia, de su incapacidad de luchar por ella, es moralmente culpable.
La virtud involucrada en ayudar a quienes se ama no es ni “falta de egoísmo” ni “sacrificio”, sino integridad. La integridad es la lealtad hacia las convicciones y valores personales, la decision dde actuar de acuerdo con esos valores, de expresarlos, sostenerls y traducirlos a la realidad práctica. Si un hombre profesa amor a una mujer pero sus acciones son indiferentes, hostiles o dañinas para ella, es su falta de integridad lo que lo hace inmoral.
El mismo principio se aplica a las relaciones entre amigos. Si un amigo tiene problemas, se debe actuar para ayudarlo por todos los medios que sean apropiados y que no impliquen sacrificarse. Por ejemplo, si un amigo pasa hambre no es un sacrificio sino un acto de integridad darle dinero para que compre comida en lugar de adquirir algún objeto intrascencendente para uno, ya que su bienestar es importante en la escala de nuestros valores personales. Pero si el objeto nos interesa más que su sufrimiento, no tenemos derecho a pretender que sentimos verdadera amistad por él
La implementación práctica de la amistad, el afecto y el amor consiste en incorporar el bienestar (el bienestar racional) de la persona involucrada en la propia jerarquía de valores, y luego actuar de acuerdo con ello.
Pero ésta es una recompensa que los hombres deben ganarse por medio de sus virtudes y que no se les puede dar a meros conocidos o desconocidos.
¿Qué es, entonces, lo que se puede entregar apropiadamente a los desconocidos? El respeto y la buena voluntad que se deben en general a todo ser humano en nombre del valor potencial que representa, hasta tanto y en la medida en que lo merezca. Un hombre racional no olvida que la vida es la fuente de todos los valores y, como tal, un vínculo común entre los seres vivientes (en oposición a la materia inanimada), que otros hombres son potencialmente capaces de lograr las mismas virtudes que él. Esto no significa que considere a las otras vidas humanas intercambiables con la suya.
Reconoce el hecho de que su vida es no sólo la fuente de todos sus valores, sino de su capacidad para valorar. Por lo tanto, el valor que concede a los demás es únicamente una consecuencia, una extension, una proyección secundaria del valor primario, que es él mismo.
“El respeto y la buena voluntad que los hombres que se estiman a sí mismos experimentan hacia otros seres humanos es profundamente egoísta; de hecho sienten que: ‘Los demás hombres tienen valor, pues pertenecen a la misma especie que yo’. Al reverenciar a las entidades vivas, reverencian a su propia vida. Ésta es la base psicológica de toda simpatía y de todo sentimiento de ‘solidaridad con la especie’.”
Dado que los hombres nacen siendo páginas en blanco, tanto en lo que se refiere al conocimiento como a la moral, el hombre racional considera a los desconocidos como inocentes hasta que se pruebe que son culpables, y les concede esa buena voluntad inicial en nombre de su potencial humano, Después de eso, los juzga de acuerdo con el character moral que manifiesten. Si descubre que son culpables de grandes maldades, su buena voluntad sera reemplazada por el desprecio y la condena moral. (Si uno valora la vida humana, no se puede valorar a quienes la destruyen.) Si son virtuosos, les concederá valor individual y aprecio personal, en proporción con los valores que posean.
Es sobre la base de esa buena voluntad y de ese respeto generalizados por el valor de la vida humana, que uno ayuda a los desconocidos en una emergencia, y solamente en una emergencia.
Es importante diferenciar entre las reglas de conducta en una situación de emergencia y las que se observan en las condiciones normales de la existencia humana. Esto no significa que exista un doble criterio de moralidad; los principios básicos y las pautas siguen siendo los mismos, pero su aplicación en uno y otro caso requiere definiciones precisas.
Una emergencia es un evento no elegido ni esperado, limitado en el tiempo, que crea condiciones en las cuales la supervivencia humana es imposible, por ejemplo, una inundación, un terremoto, un incendio, un naufragio. En una situación de emergencia la meta primaria del hombre es combater el desastre, huir del peligro y restaurar las condiciones normales (alcanzar la tierra firme, apagar el incendio,etc.).
Por condiciones “normales” entiendo metafísicamente normales, es decir, normales dentro de la naturaleza de las cosas y apropiadas para el desarrollo de la existencia humana. El ser humano puede vivir en la tierra, pero no en el agua ni en medio del fuego. Dado que los hombres no son omnipotentes, es metafísicamente factible que los alcancen desastres imprevisibles; en esos casos su única preocupación debe ser la de retornar a aquellas condiciones en las cuales la vida pueda seguir. Por su misma naturaleza, una situación de emergencia es temporaria; si perdurase , la vida humana se extinguiría.
Sólo en situaciones de emergencia uno debería ofrecerse a ayudar a desconocidos, si esto está dentro de sus posibilidades. Por ejemplo, un hombre que valora la vida humana y se encuentra en medio de un naufragio debería ayudar a los otros pasajeros a salvarse (aunque no a costa de su propia vida). Pero eso no significa que, una vez todos hayan alcanzado tierra firme, deba dedicar sus esfuerzos a salvar a sus compañeros de viaje de la pobreza, la ignorancia, la neurosis o cualquier otro problema que tengan. Tampoco significa que deba pasar su vida navegando por todos los mares en búsqueda de náufragos a quienes salvar.
O, para tomar un ejemplo que puede ocurrir en la vida diaria; supongamos que uno se entera de que su vecino está enfermo y carece de dinero. Ni la enfermedad ni la pobreza son emergencias metafísicas, sino parte de los riesgos normales de la existencia; sin embargo, como el hombre se halla temporalmente indefenso, se le podrán proporcionar alimentos y medicinas, siempre y cuando uno esté en condiciones de hacerlo (como acto de buena voluntad, no como un deber), o también puede realizarse una colecta entre los vecinos, para ayudarlo a superar el mal trance. Pero esto no significa que, de allí en adelante, haya que mantenerlo, ni que se deba pasar la vida buscando hombres que tienen hambre para ayudarlos.
En las condiciones normales de la existencia el hombre tiene que elegir sus metas, proyectarlas en el tiempo, perseguirlas y alcanzarlas a través de su propio esfuerzo. No puede hacerlo si sus metas están libradas al azar y deben ser sacrificadas ante cualquier suceso infortunado que les ocurra a los demás. No puede vivir su vida dejándose guiar por reglas que solo son aplicables a condiciones en las cuales en las cuales la supervivencia humana es imposible.
El principio de que se debe ayudar a aquellos que se encuentran en una emergencia no puede extenderse al punto de considerar que todos los sufrimientos humanos constituyen una emergencia y convertir el infortunio de algunos en una hipoteca sobre la vida de los demás.
L pobreza, la ignorancia, las enfermedades y otros problemas similares no son emergencias metafísicas. A causa de la naturaleza metafísica del hombre y de la existencia, el hombre debe mantener su vida por su propio esfuerzo; los valores que necesita, como la riqueza y el conocimiento, no le son dados automáticamente, cual un regalo de la naturaleza, sino que deben ser descubiertos y logrados a través de su razonamiento y trabajo.
En este aspecto, la única obligación que se tiene para con los demás es la de sostener un sistema social que deje a los hombres en libertad para alcanzar, obtener y conservar sus valores.
Todo código ético se basa en una teoría metafísica y deriva de ella: una teoría sbre la naturaleza fundamental del Universo en el cual el hombre vive y actúa. La ética altruista se basa en la metafísica de “Un Universo malvado”, en la teoría de que el hombre, por su propia naturaleza, está indefenso y se halla condenado, de que el éxito, la felicidad y los logros son imposibles para él, de que las emergencias, los desastres y las catastrofes son la norma de su vida y su meta primaria es combatirlos.
Como la más simple refutación empírica de la falacia de esta metafísica, como evidencia el hecho de que el Universo material es hostil para el hombre y de que las catástrofes son una excepción, y no la regla de su existencia, obsérvense las fortunas que ganan las compañias de seguros al no materializarse los riesgos presumidos.
Obsérvese también que los defensores del altruismo son incapaces de basar su ética sobre hechos relacionados con la existencia normal de las personas, y que siempre ofrecen ejemplos de situaciones límite como la del “bote salvavidas”, a partir de los cuales se derivan las reglas de conducta moral. (“¿Que haría si usted y otro hombre se encontraran en un bote salvavidas que puede llevar solamente a una persona?”, etc..)
El hecho es que los hombres no viven en botes salvavidas y que un bote salvavidas no es el lugar en el cual basar nuestras teorías metafísicas.
El propósito moral de la vida de un hombre es el logro de su felicidad. Esto no significa que sea indiferente hacia todos los hombres, que la vida humana carezca de valor para él y que no tenga motivos para ayudar a los otros en una emergencia. Pero sí significa que no debe subordinar su vida a la obtención del bienestar de los demás, ni sacrificarse por las necesidades de ellos, que el alivio de los sufrimientos ajenos no es su preocupación primordial, que toda ayuda que dé es una excepción y no una regla, un acto de generosidad y no un deber moral, que esa ayuda es marginal e incidental, así como los desastre son marginales e incidentales en el curso de una existencia humana, y que los valores, no las catástrofes, son su meta, su preocupación primordial y la potencia motriz de su vida.

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